Un año después de la caída de Jean-Bertrand Aristide, la pequeña nación caribeña de Haití parece estar en un atasco.
Las bandas que lucharon contra de Aristide siguen armadas.
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Las bandas armadas, ex soldados y grupos políticos que se unieron brevemente tras su expulsión del país el 29 de febrero de 2004 aseguraban tener una agenda para el cambio.
Prometieron una salida a las disputadas elecciones, a la violenta represión política y al estancamiento económico que dominaron el gobierno del mandatario depuesto.
Pero observadores de todas las tendencias coinciden en que un año más tarde ha habido muy pocas mejorías.
De hecho, "la situación -política, económica y en términos de seguridad- se ha deteriorado drásticamente", opina Colin Granderson, jefe de la misión civil de Naciones Unidas (ONU) en Haití desde 1993 a 2000 y actual miembro de la CARICOM, la organización de Estados del Caribe.
Muchas sombras
En el corazón de los problemas, está el tema de la seguridad. A pesar de una fuerza de paz de la ONU de más de 7.000 soldados y policías civiles, el gobierno interino tiene dificultades para controlar el país.
Remanentes del ejército que Aristide disolvió en 1995 vagan por el campo y se han convertido en las autoridades de facto en numerosos pueblos.
Por otra parte, grupos que apoyan el regreso del mandatario derrocado dominan muchos de los barrios pobres de la capital, Puerto Príncipe.
Además, están las bandas criminales que explotan la posición de la isla como puerto intermediario para el contrabando de cocaína entre América del Sur y Estados Unidos.
"Si te adentras en las barriadas, te expones a un gran peligro", explicó a la BBC Guyler Delva, presidente de la Asociación Haitiana de Periodismo.
"Puedes ser alcanzado por una bala en cualquier momento", advierte.
Los problemas de seguridad también han desalentado a los donantes internacionales, que meses atrás habían pedido más de US$1,3 mil millones en ayuda para Haití y que, hasta el momento, han desembolsado una mínima parte de lo prometido.
Sin esos fondos -dicen los analistas- no hay manera de financiar los programas sociales necesarios para reactivar la economía.
Haití es el país más pobre del hemisferio occidental: según cifras oficiales, el desempleo bordea el 70% y tres cuartos de los haitianos sobreviven con menos de US$2 por día.
El fantasma de Aristide
En tanto, la legitimidad del gobierno interino -cuestionada desde el comienzo por la brusca salida de Aristide- sigue en la mira.
Supuestamente, el gobierno interino actuaría como un cuerpo no partisano que guiaría al país hacia unos comicios transparentes.
En realidad, no ha hecho nada para superar las profundas divisiones, indican analistas. Aristide puede estar lejos, pero su figura sigue tan presente como siempre, aseguran.
"Todos en ese país aman o detestan a Aristide", señala Charles Arthur, director del Grupo de Apoyo a Haití, con sede en Reino Unido.
"El país no puede progresar. Quienes odian al ex mandatario parecen tener una necesidad psicológica de seguir con su presencia y no lo dejan ir", añade Arthur.
Mientras los líderes del partido de Aristide -Lavalas- languidecen en la cárcel sin que se les hayan presentado cargos, bandas opositoras a su mandato "matan, queman casas y cometen crímenes horribles" con aparente impunidad, asegura Guyler Delva, de la Asociación Haitiana de Periodistas.
Este castigo minucioso de los seguidores de Aristide -que todavía tienen un número considerable de seguidores- ha imposibilitado cualquier proceso de reconciliación nacional, dice Delva.
Desafío electoral
Y precisamente lo que más se necesita antes de los comicios planificados para octubre o noviembre es la reconciliación nacional, opinan los analistas.
Aristide sigue teniendo numerosos seguidores.
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"Los haitianos votaron en 1995, 1997 y 2000, pero cada elección sólo ha agravado la situación política", afirma Colin Granderson, miembro de CARICOM.
Una de las principales razones para esto -señala- es que las elecciones no son vistas como un proceso transparente y creíble.
Es crucial que ahora que se inicia un diálogo nacional se establezcan objetivos comunes claros y reglas sobre cómo se desarrollarán los comicios, antes de que comiencen las campañas, agrega.
Si los seguidores del partido Lavalas se siguen sintiendo excluidos es muy probable que no acudan a las urnas.
"Un gobierno elegido con un 10% o 20% de la población electoral será un fracaso de la transición", advirtió en su informe de febrero el Grupo Crisis Internacional.
Problema de raíz
Clarke Arthur, del Grupo de Apoyo a Haití, va incluso más allá y anticipa que no es del todo claro que las elecciones resuelvan completamente los problemas de la nación caribeña.
Haití es el país más pobre del hemisferio occidental.
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"Se requiere mucho más del proceso político que la realización de comicios, que al parecer es todo lo que a la comunidad internacional le interesa", indica.
"La clave de las elecciones es encontrar un partido con un programa que sea capaz de sacar al país del estado en que se encuentra", dice.
Según él, el Lavalas puede estar desacreditado por sus años en el poder, pero hay muy poca evidencia de que las alternativas -los partidos políticos tradicionales y el Grupo 184, una nueva coalición de grupos de empresarios y otros civiles- puedan ofrecer un programa adecuado.
"Puesto en simple, la raíz de los problemas de Haití es que la mayoría de los haitianos no tienen nada, ni siquiera potencial para mejorar. Mientras los políticos y la comunidad internacional no enfrenten esto, los problemas de Haití se repetirán una y otra vez", concluye.