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Brasil es, después de Venezuela, el país con los mayores índices mundiales de muertes causadas por armas de fuego
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La sorpresa ha sido general: a pesar de ser uno de los países más violentos del mundo, en Brasil cayeron los niveles de muertes por armas de fuego en un 8,2% en 2004.
Según un estudio del Ministerio de Salud divulgado el viernes, el índice de fallecidos pasó de 39.325 en 2003 a 36.091 el año pasado, en todo el territorio nacional.
De acuerdo a la versión oficial, se trata de la primera vez en 13 años que se reduce el nivel de muertes por armas de fuego en el país; ello se debería a la exitosa campaña de retiro de circulación de armas que comenzó el Ejecutivo en julio de 2004.
En esa fecha también comenzó a penalizarse con más dureza la tenencia ilegal entre civiles.
Brasil de segundo
Brasil es, después de Venezuela, el país con los mayores índices mundiales de muertes causadas por armas de fuego.
De 1979 a 2003 fallecieron en Brasil más de 500.000 personas por esa causa.
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Según un estudio de la Unesco, de 1979 a 2003 fallecieron en Brasil más de 500.000 personas por esa causa, es decir, más fallecidos que los que arrojó el inagotable conflicto bélico entre israelíes y palestinos en el mismo período.
Por eso, reconocidos investigadores del fenómeno de la violencia como el jefe de investigaciones de Unesco en Brasil, Julio Jacobo Waiselfisz, han relativizado las cifras oficiales.
"En nuestros últimos estudios la cantidad de muertes por armas de fuego venía creciendo de un 7% a un 8% por año hasta 2003, es decir, que si oficialmente se habla de un 8,2% menos de fallecidos, la caída real sería aún mayor, de un 16%, lo cual me asombra muchísimo", admitió Waiselfisz.
Compra de armas
Aún así, el investigador reconoce que la compra de armas a civiles y la penalización de la tenencia ilegal deben tener una influencia importante en la disminución de las muertes.
"Es el único elemento novedoso que ha surgido en medio de un terrible panorama", aseguró.
Pero el gobierno asegura que la baja en la mortalidad se debió a su masiva campaña de compra de armas a la población civil, que permitió sacar de circulación casi 500.000 armas a cambio de compensaciones monetarias que oscilan entre los US$100 y 300.
El programa de entrega voluntaria -iniciado en julio del año pasado- superó las expectativas oficiales y se extenderá hasta octubre de 2005.
Referendo
El 23 de octubre será precisamente cuando los brasileños votarán en un plebiscito inédito en el mundo: deberán decidir si quieren o no prohibir la venta de armas a civiles en el país.
El próximo mes se realizará un referendo en Brasil sobre la venta de armas a civiles.
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La consulta electoral, sumada a recientes leyes que penalizan con mayor dureza la tenencia ilegal de armas, tienen lógicamente movilizados a los sectores que defienden o se oponen al comercio de armamento.
Organizaciones no gubernamentales, cadenas de ropa juvenil y Unesco de Brasil, entre otras, están entre los organismos que tomaron una actitud muy activa a favor de la prohibición, lo que coincide con la posición del gobierno del presidente Inacio Lula da Silva.
"Manipulación"
Los fabricantes brasileños de armas, en cambio, insisten en lo contrario.
"La prohibición del comercio no reducirá la criminalidad, porque lo que hay que controlar son las armas ilegales en manos de delincuentes, en vez de prohibirle a los ciudadanos honestos y registrados el derecho a su legítima defensa", aseguró Carlos Murgel, presidente de Taurus, la mayor fabricante de pistolas de calibre corto de América latina, que exporta 70% de su producción hacia Estados Unidos.
Otros fabricantes y lobbistas sugieren -lejos del grabador- que el gobierno podría estar manipulando los datos de muertes para que la población vote por la prohibición de la venta de armas.
"En este momento ambos lados están en campaña, y cualquier información debe ser tomada con mucho cuidado", advierte un diputado favorable al comercio de armamentos.
Habrá que ver si en el plesbiscito de octubre -como revelan algunos sondeos- los brasileños optarán por el veto a las armas como una salida válida para detener el baño de sangre que cada año acaba con la vida de 32.000 brasileños, la mayoría de ellos jóvenes de 15 a 25 años de edad.