Fiesta del Inti Raymi en la comunidad de Pijal.
Al menos un 15% de la población ecuatoriana es indígena, según indican los últimos censos. Las propias organizaciones indígenas reconocen en la actualidad a 14 nacionalidades y 18 pueblos -que corresponden a culturas diferentes con lenguas diferentes.
En los años 90 el movimiento indígena cobró una vitalidad y fuerza sin precedentes, conquistando muchos de los derechos que ahora gozan los indígenas. Sin embargo, los líderes reconocen que estos logros en la arena política no se trasladaron al plano económico.
Con esto en mente viajé a Ecuador, para descubrir qué está pasando con el movimiento indígena, cuánto poder realmente tienen sus líderes y en qué ha cambiado la vida en las comunidades, tras tantos años de batallas ganadas y perdidas.
De cerca
Durante mi visita hablé con líderes indígenas históricos, con voces más nuevas, con otras más críticas dentro del mismo movimiento, conversé con ministros, funcionarios, antropólogos. Pero sobre todo -y es lo que me tocó más de cerca en este viaje- conviví durante dos semanas con dos familias, en dos comunidades diferentes.
La región que visité se encuentra aproximadamente a dos, tres horas de Quito.
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Vivir con cada familia me permitió ver la situación de un modo diferente, más próximo. Durante los días que estuve allí los acompañé a cosechar maíz, a trabajar en el taller donde hacían ponchos, a jugar al fútbol en un torneo intercomunitario, a las reuniones para preparar a la candidata a reina para el aniversario de la parroquia.
También me tocó trabajar, ya que la cosmovisión indígena se apoya fuertemente en el concepto de la solidaridad y reciprocidad y no todo es cuestión de recibir (casa y comida por ejemplo), sino también de dar.
Tuve la oportunidad de asistir a una asamblea comunal, donde los líderes de todas las comunidades de la región discutían cómo resolver el problema del agua y si había o no que convocar una minga (trabajo comunitario).
Y además pasé muchas horas caminando, visitando a los vecinos, a la curandera, a la partera, a las bordadoras, a los enfermos, en fin... a todos los comuneros que encontré en el camino, todos dispuestos a contarme su historia, aunque nos costara entendernos, hablando a veces una media lengua entre el quechua (o kichwa como dicen en Ecuador), el español y el siempre útil lenguaje de los gestos y de las manos.
Las notas y las fotos a continuación buscan reflejar lo que descubrí en este viaje.