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Escribe: Eugenia Mitchelstein
  América Latina
Viernes, 27 de junio de 2003 - 22:47 GMT
Argentina: refugiarse en los libros
Biblioteca de la Nación
La sala de lectura abierta al público las 24 horas se inauguró hace 13 años.
Escribe Eugenia Mitchelstein, desde Buenos Aires, para BBC Mundo

Buenos Aires fue una de las ciudades más prósperas de América Latina. Sin embargo, en los últimos tiempos, la pobreza y la indigencia aumentaron y, según un censo del gobierno municipal, más de 1.100 personas no tienen un lugar donde dormir.

La Biblioteca del Congreso de la Nación, abierta durante toda la noche, se convirtió en un refugio para hombres y mujeres sin hogar.

En pleno centro y a apenas dos cuadras del Parlamento, su población nocturna es una muestra de lo que pasó en la Argentina en los últimos dos años.

Cárlos Cáceres, 72 años
"Afuera hace frío y la calle está muy peligrosa, prefiero estar acá", dice Cáceres.
"Vengo a dormir acá porque no tengo otro lugar adonde ir", cuenta Carlos Cáceres, acodado sobre su mesa de lectura, y agrega: "Fui operador cinematográfico, pintaba paredes y vendía diarios. Ahora, hace tres años que no tengo trabajo".

"Afuera hace frío y la calle está muy peligrosa. Entonces prefiero estar acá, descansando o leyendo algún libro", explica Cáceres, que tiene 72 años y no tiene familia.

Lleva consigo todas sus pertenencias: varias capas de ropa, dos radios portátiles y algunos recortes de diarios viejos.

La sala de lectura abierta al público las 24 horas se inauguró hace 13 años. En un principio, el servicio estaba pensado para los estudiantes que no tenían otro lugar para leer, pero con la crisis, cambió el perfil de los usuarios.


Vengo a dormir acá porque no tengo otro lugar adonde ir. Fui operador cinematográfico, pintaba paredes y vendía diarios. Ahora, hace tres años que no tengo trabajo

Carlos Cáceres, desempleado
"Hace un año y medio, nos dimos cuenta de que había gente que pasaba todas las noches aquí", dice Silvana Castro, bibliotecaria.

Según una encuesta realizada por los empleados, aproximadamente el 40% de la población nocturna está compuesta por gente sin techo, aunque no todos ellos lo reconocen.

Silencio y tranquilidad

Como afirma Castro, "es muy difícil, para cualquiera, aceptar que no tiene un lugar de residencia".

"Es cierto que la ciudad está colapsada por los indigentes, pero los que vienen a la Biblioteca son especiales: saben leer y escribir, tienen documento (un requisito para entrar) y el ambiente de silencio y tranquilidad les resulta amable", explica Castro.

Los sin techo llegan tarde a la noche, piden un libro o una revista, leen un rato o dormitan, y se van a la mañana siguiente. Muchos investigan un tema en particular, otros sólo hojean diarios viejos.

Orlando Esturión, estudiante de Administración de Empresas
Los usuarios son una mezcla de estudiantes y gente sin casa.
"Ahora estoy viendo revistas de cuando Boca salió campeón en el 81", cuenta Alfredo Gauna.

Al principio le daba mucha vergüenza pasar la noche en al Biblioteca, pero ahora admite que está más tranquilo que en la calle.

Gauna tiene 47 años y hace seis meses que está sin trabajo. "Empecé a venir acá porque tenía problemas económicos. Estoy separado, y en mi casa viven mi ex esposa y mi hija, Natalia Isabel".

Natalia Isabel no sabe que su padre pasa las noches en la Biblioteca: "Es un secreto, no quiero que sepa. Yo la llamo todos los días para ver si está bien, pero la veo sólo los fines de semana".

Gauna está cansado y se le nota. Extraña el trabajo y la vida de familia, "llegar a casa del laburo y que estuviera la comida caliente", como lo describe él.


Empecé a venir acá porque tenía problemas económicos. Estoy separado, y en mi casa viven mi ex esposa y mi hija, Natalia Isabel

Alfredo Gauna, desempleado
A Graciela Gallegos también le gustaría trabajar, y dice, "cuidé ancianos y enfermos, e hice reemplazos de porteras, pero ahora resulta muy difícil conseguir empleo".

Graciela tiene los ojos y las uñas maquillados y está muy prolija, porque cree que "lo peor que puede hacer una mujer es abandonarse". Está estudiando para terminar el secundario, y sostiene que "a los 45 años", todavía está "a tiempo".

Círculo solidario

Los sin techo saben que pueden ir a dormir a refugios del gobierno o de la Iglesia, pero igual prefieren la Biblioteca. Según Gauna, en los hogares "te controlan mucho, te quitan la libertad", y además hay problemas con las personas que toman drogas o alcohol..."

Todas las madrugadas, personas sin techo y universitarios desvelados comparten las salas de lectura en respetuoso silencio. Bajo la luz de los tubos fluorescentes, unos luchan por memorizar fechas o ecuaciones y otros se recuestan y dormitan sobre las mesas de fórmica.

Sala de lectura de la Biblioteca
A las dos de la mañana se sirve un refrigerio.
"A veces alguien ronca o hace ruido, y eso molesta, pero no se puede prohibir el acceso a esta gente, no se puede negar la realidad", afirma Orlando Centurión, que está estudiando Administración de Empresas y rinde un examen al día siguiente.

El silencio sólo se rompe cuando un bibliotecario anuncia el refrigerio: un vaso de mate cocido o café con unas rodajas de budín que se les sirve a todos los lectores alrededor de las dos de la madrugada, y que para muchos es la única comida segura del día.

El refrigerio se empezó a servir hace un año y medio, cuando los empleados se dieron cuenta de la cantidad de gente que pasa la noche en la Biblioteca. Los budines son preparados por una escuela de chicos discapacitados en las afueras de Buenos Aires.

Graciela Gallegos, estudiante
Graciela está estudiando para terminar el Secundario.
De esta manera, "se cierra un círculo de solidaridad", como explica Castro.

Los lectores hacen fila de manera ordenada y después se quedan charlando en grupos. Gauna toma despacio su mate cocido y dice: "En la Biblioteca te haces amigos, te sentís protegido. Si uno no está bien en un lugar no vuelve, y acá volvemos todos."


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