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Viernes, 22 de marzo de 2002 - 16:32 GMT
"Cuéntele al mundo"...
![]() Los indígenas sufrieron por la política de tierras quemadas del Ejército guatemalteco.
James Painter, del servicio latinoamericano de la BBC, era en 1984 coordinador nacional de la Comisión de Derechos Humanos de Guatemala.
Se aferraba a su hijita, mientras sus dedos jugaban con un chal, y no perdía de vista la puerta. Aparentaba unos 30 años, pero sólo tenía 18, y se hacía llamar Juana.
Las atrocidades que describió a continuación son difícilmente comprensibles: niños asesinados con machetes, mujeres embarazadas que fueron violadas y hombres torturados hasta la muerte. La única palabra que describe el contenido de su relato es barbarie. Juana fue una de las pocas que escapó de ella. Sucedió en 1984. Juana sobrevivió una de las matanzas llevadas a cabo por el Ejército en una campaña de eliminación de aldeas indígenas, que perseguía acabar con cualquier tipo de apoyo del movimiento izquierdista Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca. Muchos habían apoyado a las guerrillas y muchos otros, no; pero todos estaban aterrorizados. La sombra del temor Recuerdo mi viaje por un altiplano, que estaba virtualmente tomado por el Ejército. El temor y la sospecha se sentían en todas partes. Jóvenes indígenas, recién reclutados, esgrimían armas, que apenas sabían como sostener. Entonces, yo todavía no sabía que cientos de aldeas habían sido destruidas, muchas de ellas entre marzo de 1982, cuando el general Ríos Montt se hizo con el poder, y agosto de 1983.
Hoy, varias organizaciones de derechos humanos trabajan abiertamente en Guatemala, aunque si bien es verdad, reciben amenazas constantemente. Una realidad que ha llevado a Amnistía Internacional a describir la situación de los trabajadores por los derechos humanos en Guatemala en su informe de este año como la de quien vive 'en permanente estado de sitio'.
Pero lo que sigue sin haber cambiado es la impunidad de los generales. Unos de los principales arquitectos de la insurrección de 1982, el general Ríos Montt, no sólo continúa libre, sino que comanda el Congreso Nacional. Los representantes de once comunidades indígenas presentaron una querella contra él por genocidio y crímenes contra la humanidad. Ellos afirman que más de mil aldeanos murieron en las matanzas perpetradas contra hombres, mujeres y niños. Sin precedentes Amnistía Internacional indica que se trata de la primera vez que una querella criminal contra un antiguo responsable de gobierno se presenta en el propio país en que ocurrieron los hechos. El juicio contra el ex dirigente de Yugoslavia, Slobodan Milosevic, que se celebra en La Haya, y al que se acusa de crímenes similares a los que se alegan contra Ríos Montt, trae a la memoria los relatos de Juana y de otros indios mayas sobrevivientes.
Más de 200.000 personas murieron o desaparecieron en este país desde el principio de la guerra civil a principios de la década de los sesenta. Muchos observadores opinan que la limpieza étnica -que provocó el desplazamiento de un millón de guatemaltecos, en su mayoría indios- ocurrida allí fue tan terrible como la de Bosnia Herzegovina.
Todo esto me lleva de nuevo a Juana. Y recuerdo que cuando le pregunté, aquel día de 1984, por qué arriesgaba su vida contando a los extranjeros su historia, ella, encogiéndose de hombros, me respondió: "simplemente cuéntele al mundo lo que ocurrió aquí".
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