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Viernes, 08 de febrero de 2002 - 20:40 GMT
Un catalizador llamado Soto
![]() El jueves en la noche, muchos pedían a Soto como nuevo Presidente de Venezuela.
Escribe para BBC Mundo Phil Gunson, corresponsal del semanario británico The Economist en Venezuela.
Antes del jueves 7 de febrero, casi nadie que no perteneciera a la Fuerza Aérea venezolana había oído hablar del coronel Pedro Vicente Soto. Al finalizar el mismo día, el nuevo héroe de la oposición venezolana encabezaba una marcha espontánea a la Casona, la residencia presidencial, en la que los manifestantes gritaban: "¡Presidente Soto!".
El gobierno expidió rápidamente una serie de declaraciones en las que se describía la insubordinación del coronel como un acto aislado de un oficial resentido por no haber recibido una promoción. El ministro de la Presidencia restó importancia a los miles de manifestantes calificándolos de "oligarcas" y el ministro de Defensa aseguró a la nación que no existía riesgo alguno de un golpe de Estado. "Poder popular" La respuesta del gobierno a la marcha del jueves erró la puntería por un margen considerable.
Cierto que el coronel Soto no es el primer militar en funciones que pide la renuncia de Chávez. Pero esta vez, cuando el gobierno, con cierta falta de sutileza, envió a la policía militar a interceptar el auto de Soto y arrestarlo, ésta se vio rodeada de automovilistas que circulaban por el lugar y finalmente se vio obligada a retirarse. Al ver el incidente por televisión, o escucharlo por la radio, habitantes comunes y corrientes, primero en la capital y después en otras ciudades, recurrieron al "cacerolazo" o se echaron a las calles en sus autos, tocando las bocinas y las luces de emergencia de sus coches encendidas. Se empezó a juntar una gran cantidad de gente en un barrio de clase media y cuando llegó Soto, ya estaban en su sitio todos los ingredientes necesarios para una escena de "poder popular". Elecciones en 2006 Chávez no tendrá que enfrentar elecciones antes de fines del 2006, gracias a una secuencia de hechos políticos y legislativos.
Bajo ella, se relegitimizaron todos los poderes, con lo cual Chávez resultó reelegido por un nuevo período de seis años. Eso, unido al hecho de que, según la nueva Constitución, los períodos presidenciales empiezan en enero, significa que ya lleva tres años en el poder, pero aún le quedan otros cuatro. Hugo Chávez llegó a la Presidencia en una ola de euforia, impulsado por un electorado desesperado por deshacerse de un sistema bipartidista desacreditado. Ha desperdiciado la enorme popularidad de la que disfrutó durante los primeros dos años de gobierno. Las encuestas muestran que el actual mandatario, que se convirtió en foco de atención por primera vez cuando encabezó un fallido golpe de Estado en 1992, ha perdido 20 puntos en popularidad en los últimos meses. Su base de apoyo sólido se calcula ahora bien por debajo del 20% de la población. Quizás más importante aún, inspira una hostilidad tan profunda entre amplios sectores de la población que sus frecuentes y prolongadas apariciones de televisión se ven invariablemente acompañadas por manifestaciones con cacerolazos. Promesas cruciales No se trata solamente de que no ha cumplido con algunas promesas cruciales, como las de poner fin a la corrupción y a la pobreza. Tampoco de que la delincuencia siga a niveles sin precedentes.
Chávez se ha enemistado con casi todos los sectores organizados de la sociedad -la iglesia, los empresarios, el sector sindical, los medios de comunicación- por identificar el más mínimo indicio de disensión como traición y la oposición abierta como traición a la Patria. Su uso del lenguaje -recientemente, por ejemplo, describió a la Iglesia Católica como "un tumor"- ha provocado a una oposición otrora desorientada y apática a reaccionar con cada vez más fuerza. En diciembre, una huelga combinada de empresarios y sindicatos paralizó al país durante un día. El 23 de enero, una marcha de la oposición reunió a más de 100.000 personas en Caracas. Consolidar la revolución El presidente no ha acusado recibo del mensaje enviado por estos sectores. Por el contrario, se dispuso a "consolidar la revolución" y a prepararse para implementar una serie de decretos que han indignado tanto al sector financiero, al privado (especialmente el agrícola-ganadero), y al sindical. Su operador político clave, el octogenario ministro del Interior, Luis Miquilena, renunció el mes pasado y fue reemplazado por un ex oficial naval con antecedentes en los servicios de inteligencia, lo cual ha contribuido a acentuar la sensación de que se vigila cada vez más de cerca a los opositores del gobierno. Por su parte, la oposición permanece sin dirigentes y carente de un verdadero plan para resolver lo que se está convirtiendo rápidamente en una crisis de gobernabilidad. Pero, tal como lo han mostrado los recientes acontecimientos en Argentina, eso no necesariamente salva a un gobierno que ha perdido contacto con su electorado. El coronel Soto fue un mero catalizador. |
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