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Martes, 13 de enero de 2009 - 18:59 GMT
"Ahora Hamas nos tiene en la mirilla"
Jana Beris
Jana Beris
BBC Mundo, Beer Sheva

Alumnas en el refugio
Alumnas en el refugio de Beer Sheba

Ya están entrenados. Apenas oyen el ulular que sube y baja de la sirena indicando que hay un misil recorriendo los 40 kilómetros que separan Gaza de Beer Sheba todos saben qué hacer.

Los habitantes de la cuarta ciudad de Israel, con 210.000 habitantes, que hace sólo dos semanas entraron finalmente en la lista de localidades israelíes al alcance de los cohetes Grad lanzados desde la Franja de Gaza, entienden que ahora ya están expuestos.

Rubik Danilovich, alcalde de Beer Sheva
La mejor decisión era anunciar que por ahora los estudios no se reanudaban (...) eso salvó a muchos alumnos cuando al día siguiente cayó otro misil
Rubik Danilovich, alcalde de Beer Sheva

"Pienso que en Sderot y los alrededores viven esta angustia desde hace ocho años y me parece increíble", dice a la BBC Graciela Safranchik, tutora y asesora pedagógica en la escuela secundaria Mekif Alef de la ciudad, que recientemente sufrió el impacto directo de un misil.

Los pobladores llevan dos semanas en estado de alerta máxima preguntándose dónde caerá el misil la próxima vez.

Decenas de veces ha sonado la alarma en esta ciudad conocida como "la capital del Neguev". Unos 35 misiles aterrizaron desde el 30 de diciembre en la ciudad. Algunos más "pegaron cerca", en zonas descampadas aledañas.

A punto

Han sido ya varios los casos en los que la población local habla del "casi" que no llegó a ser, de la tragedia evitada a tiempo, de los destrozos en el lugar del impacto, que habrían podido ser letales.

Como en el jardín de infantes que fue blanco directo de un Grad disparado desde Gaza y quedó destruido. Pero los niños no estaban en el momento del ataque. Por eso el resumen fue "sólo" de daños materiales.

Esa misma noche, el alcalde de Beer Sheva, Rubik Danilovich, tuvo que decidir. Al día siguiente los alumnos del sur del país, al igual que los de todo Israel, debían retornar a clases tras una semana de vacaciones por la festividad judía de "Janucá", pero él optó por dejar los colegios cerrados.

Graciela Safranchik
Safranchik asegura que todos saben dónde está el refugio más cercano.
"No fue fácil, ya que nadie quiere que lo tilden de miedoso, de cobarde, pero yo sentí que debía analizar el tema con cautela y responsabilidad y que la mejor decisión era anunciar que por ahora los estudios no se reanudaban", cuenta a BBC Mundo.

"Y sin duda, eso salvó a muchos alumnos cuando al día siguiente cayó otro misil, esta vez en una escuela secundaria".

Temprano en la mañana, a una hora en la que generalmente los chicos están en clase, un misil lanzado desde Gaza hizo blanco directo en un aula. El daño material fue grande (todavía están arreglando la sala y todos los destrozos causados por las esquirlas en los alrededores) pero no hubo muertos que lamentar porque no se había vuelto a las aulas.

"Sinceramente, prefiero ni pensar qué podría haber pasado, cuántos alumnos habrían muerto o resultado heridos", dice a la BBC Graciela Safranchik. "Me cuesta hasta imaginarlo, porque si hubiesen estado en el aula, habría sucedido lo peor".

En la mirilla

Cuando Graciela recibe a esta cronista en la sala de maestros del colegio, aclara de inmediato que "si suena la alarma, corre junto con todos, porque aquí cada uno sabe dónde está el refugio más cercano".

En el refugio
Los destrozos podrían habrían podido ser letales.
En efecto, en cada uno de los edificios del lugar, un cartel indica claramente dónde está la protección más segura.

"Uno de los problemas es que cuando termine esta vuelta, ya nadie nos sacará la sensación de que estamos en la mirilla de Hamas, de que ya saben cómo llegar acá con sus misiles", confiesa -preocupada- Graciela.

Recién este domingo se permitió volver a las clases pero únicamente a los alumnos de los dos últimos años de secundaria, dado que en pocos días tienen exámenes finales.

Se les recibe con gran calidez y junto al plantel de docentes, hay presencia permanente de soldados de la Defensa Civil, entre ellos no pocos oficiales, que conversan con los jóvenes y les recuerdan cómo proceder cuando suena la alarma.

Alarma

Minutos después de la charla, cuando el corredor pulula de gente, entre alumnos, maestros y el propio viceministro de Defensa, Matan Vilnai, quien llega acompañado del alcalde, guardias y asesores, comienza a sonar la alarma.

Dos alumnas a la entrada del refugio
Sólo a algunos alumnos se les permitió volver a las clases.
Primero, una señal interna con una voz que dice: "Color rojo, color rojo..." y luego, ese ulular que sube y baja y corta el aire, y capta en toda la ciudad.

"¡Abajo, al refugio, rápido!", grita alguien desde la sala de docentes. "¡Hasta abajo, bien adentro!", agrega uno de los guardias, consciente de que en caso de un impacto en el patio, cerca de la puerta del refugio, también unas pocas esquirlas pueden ser mortales.

Ya adentro, algunas alumnas se sorprenden al ver al viceministro de Defensa en persona. Él trata de distender la tensión y bromea con las jovencitas, preguntando si las mejillas rojas se deben a la preocupación por la alarma o a los exámenes que se acercan.

"No, es por haber corrido", dice la directora con una sonrisa.

"Cada vez que hay alarma, mis hijos están solos en casa", comenta una maestra a una compañera. Otras reciben llamados de sus familiares preguntando si están bien. Todos esperan oír el impacto del cohete para saber si pueden salir del refugio.... hasta la próxima vez.



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