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Martes, 4 de noviembre de 2008 - 11:49 GMT
Tres momentos inolvidables
Justin Webb
BBC

La más fascinante, la más extenuante y la más costosa campaña presidencial en Estados Unidos por generaciones, terminó.

John McCain
McCain tiene un gran respaldo de los veteranos de guerra.

Hubo tres momentos inolvidables...

El primero fue con el candidato republicano, John McCain, en un auditorio mediano en algún lugar de Nueva Hampshire.

McCain estaba a pocos pasos de mí cuando uno de sus camaradas veteranos de guerra -que llevaba una gorra con los honores de las batallas cuidadosamente cosidos en un costado- se acercó y lo abrazó.

Los dos hombres mayores, cansados y con cara de sueño, con cuerpos que conocieron tiempos mejores, se abrazaron por un momento con amor genuino.

Amor por quienes son y lo que representan: generaciones de estadounidenses que han luchado por la que ellos creen que es la nación más honorable del mundo, una nación esencialmente decente.

Ellos fueron la espada del país y no fue nada fácil. Por eso, el vínculo entre McCain y los veteranos de guerra es intenso.

Este vínculo supera con creces el amor de los estudiantes universitarios por Obama o el de las mujeres trabajadoras por Hillary Clinton.

Ellos fueron la espada del país y no fue nada fácil. Por eso, el vínculo entre McCain y los veteranos de guerra es intenso

John McCain puede parecer anquilosado y fuera de lugar cuando abraza a su compañera de fórmula, Sarah Palin.

"¡Caramba!, ¿y todo esto que significa", parece decir.

Incluso puede lucir un poco distante con su esposa, pero con los ex combatientes McCain se funde y es un espectáculo conmovedor.

Es, para utilizar una de las palabras de moda en la campaña, auténtico.

Despedida

El segundo momento que se quedará conmigo para siempre fue la llegada de la precandidata demócrata Hillary Clinton al abarrotado centro de convenciones en Denver para declarar formalmente el fin de su campaña y su respaldo a Barack Obama.

Hillary Clinton, Bill Clinton y su hija Chelsea
Hillary Clinton les pidió a sus seguidores que apoyaran a Obama.
Dramático sería una palabra débil, fue un momento sísmico, físico.

Hillary Clinton llegó con el mismo ímpetu que los esclavos y los animales habrían tenido al entrar de sopetón a la vista pública en un anfiteatro romano.

No había espacio para respirar y el ruido era ensordecedor.

Tuvieron que propulsarla hasta el micrófono y no porque no quisiera acercarse a él (bueno, al menos no abiertamente) sino debido a tanta aglomeración.

Humanidad: gente sudando tratando de obtener más control, soberanía y dominación.

Tenía que ver con el poder. Tenía que ver con tenerlo y perderlo. Y mientras ella se alejaba del auditorio, él lo tenía y ella lo había perdido.

Revolución verdadera

El tercer momento también fue en Denver, pero sucedió a las afueras del auditorio mientras yo deambulaba perdido, en busca de la oficina móvil que prácticamente se había convertido en nuestra casa.

Sasha, Barack, Malia  y Michelle Obama
¿Llegará la familia de Obama a la Casa Blanca?

De repente, frente a mí veo actividad. Hombres en trajes grises se arremangan las camisas. Aceleran inmensos y elegantes automóviles y las motocicletas se colocan en formación.

No es Barack Obama, es su familia.

Al tiempo que los vehículos todoterreno pasan -entre ellos varios con las puertas y ventanas traseras abiertas, con hombres con largas armas automáticas y miradas fulminantes - alcanzo a ver las niñas: Malia, de diez años, y Sasha, de siete. Creo que su madre estaba sentada entre ellas.

Ésta es la verdadera revolución.

Después de todo, ha habido prominentes políticos negros desde hace décadas, hombres y mujeres que han gozado de toda la protección y el respeto que la nación puede mostrar.

Pero al ver a estas niñitas negras bajo los brazos del servicio secreto, rodeadas de personas que preferirían morir que verlas perder sus vidas, uno es testigo de algo que debe hacer retorcer en sus tumbas a los racistas del pasado de Estados Unidos.

Al ver a estas niñitas negras bajo los brazos del servicio secreto, rodeadas de personas que preferirían morir que verlas perder sus vidas, uno es testigo de algo que debe hacer retorcer en sus tumbas a los racistas del pasado de Estados Unidos

No creo que Barack Obama ganará o perderá por su color de piel, pero si obtiene la victoria el verdadero momento en que sabremos que Estados Unidos ha cambiado no es cuando preste juramento sino cuando veamos fotos de estas niñas en los corredores de la Casa Blanca: una Familia Presidencial negra representando a Estados Unidos y a su modo de vida.

Es cierto que los estadounidenses se cansan de sus presidentes pero durante sus primeros años tienen una enorme influencia y establecen el estilo, la pauta.

Los estadounidenses se mirarán en el espejo, metafóricamente hablando, y verán reflejados rostros negros.

Me pregunto si las hijas de Obama han dicho alguna vez: "¿Estamos a punto de llegar?"

La respuesta, por fin, es: "Sí, estamos a punto".

Esperando la decisión

Éste ha sido un viaje extraordinario y vale la pena recordarlo antes de estar demasiado seguros de los resultados del martes, ya que los baches en el camino han lanzado a vehículos macizos fuera de la vía, algunos con las ruedas hacia arriba, en la cuneta al final de la carrera.

Por ello, aunque los más sabios republicanos esperan perder y la mayoría de los demócratas espera ganar, ambos lados se quedarán sin respiración en las próximas horas mientras les dejan la última palabra a millones de electores que todavía no han tomado una decisión final e irrevocable.

Durante una cena con algunos influyentes demócratas hace unos días, un comensal angustiado le dijo a otro: "No veo la hora en que se acabe esto".

La tensión durante el conteo de los votos se sentirá en todo el mundo.

A pesar de todas las conversaciones sobre la decadencia de la influencia estadounidense, esta campaña es, una vez más, el principal show político del mundo.

Y haberlo presenciado ha sido un honor.

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