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Jueves, 15 de mayo de 2008 - 21:36 GMT
Huyendo del escuadrón especial birmano
Paul Danahar en Birmania
Paul Danahar
BBC

Me desperté temprano, tiré todos mis contactos y tarjetas de visita falsas por el inodoro y me quedé sentado en mi cama, esperado el escuadrón especial.

Las autoridades birmanas prohibieron la entrada de ayuda humanitaria al país
El primer ministro birmano Thein Sein, visita unos damnificados del ciclón en Hlaing Thayar, a las afueras de la capital Rangún (10/05/2008).

Este escuadrón y el servicio de inteligencia militar birmana hace casi una semana que están detrás de mí. Me convertí, brevemente, en el hombre más buscado de Birmania.

Mi foto aparentemente estuvo circulando en cada uno de los controles militares. Mi nombre fue rastreado entre todos los expedientes de los extranjeros que viajaban por el país.

Mi crimen, tal y como lo vieron las autoridades, fue el de informar ilegalmente sobre el ciclón que devastó el delta de Irrawaddy y acabó con la vida de miles de personas.

Había un grupo de periodistas que también habían entrado a Birmania como turistas pero todos trabajaban anónimamente.

Sin embargo, yo hice algo que los corresponsales extranjeros normalmente no hacen en Birmania. Poner mi nombre y mi cara ante una cámara de televisión mientras todavía me encontraba en el país.

Jóvenes sobrevivientes del ciclón Nargis esperan debajo de la lluvia recibir ayuda en la población de Kyaiklat, suroeste de Birmania (12/05/2008)
No tenían ni comida, ni agua potable, ni donde refugiarse y debían estar perdiendo la esperanza.

Obviamente el gobierno estaba furioso. Así que me convertí en el enemigo número uno del Estado.

Sospechaban que me ocultaba en el hotel porque horas antes habían deportado a otros dos integrantes de mi equipo, la productora Annie Phrommayon y el camarógrafo, Arito Go.

La primera pregunta que las autoridades hicieron a mis colegas cuando comenzaron el interrogatorio fue: "¿Dónde se encuentra Paul Allan Danahar?"

Nos habían localizado porque los tres nos alojamos juntos en el mismo hotel en la primera noche, antes de que comenzara a informar.

Desde ese momento estuve infiltrándome en diferentes lugares, me quedé en habitaciones de otros sin registrarme. Así que las autoridades comenzaron a buscar a Annie y a Arito con la esperanza de que darían conmigo.

A pesar de varias horas de interrogatorio, mis compañeros insistieron que me habían conocido por casualidad. Las autoridades no podían demostrar lo contrario. No quisieron arriesgarse y los expulsaron del país.

Esperanza perdidas

Mientras se tomaba todo este esfuerzo en tratar de rastrear a un solo periodista, un millón de personas estaban incomunicadas en el delta, separadas del mundo exterior porque los caminos estaban bloqueados y los puentes destruidos.

Una madre y su hijo miran el pueblo de Kawhmu en el suroeste de Irrawaddy (13.05.2008)
Naciones Unidas dice que 1.5 millón de personas necesita ayuda urgente.

El ciclón arrasó a comunidades enteras que vivían a lo largo de los ríos y las costas.

Maridos y esposas, madres y niños fueron separados en un instante. Los que sobrevivieron vivían entre miles y miles de cadáveres en estado de descomposición.

No tenían ni comida, ni agua potable, ni donde refugiarse y debían estar perdiendo la esperanza.

Las enfermedades comenzaron a establecerse. La disentería atacaba a los jóvenes y a los enfermos.

Pero a pesar de ésto, el régimen militar bloqueaba el acceso al país de las organizaciones de ayuda internacionales, gente que podía no sólo entregar la ayuda sino también reconstruir la infraestructura para mantener viva a la gente.

 Temen una catástrofe

La tragedia de este desastre es que la gente moría, a pesar de que había medios para poder ayudarla.

Los militares que gobiernan este país han evitado el mundo exterior durante años. Su opción ahora era abrir el país a la influencia occidental y salvar a vidas o intentar actuar independientemente y arriesgar la vida de las personas.

Se decidieron por la segunda opción, la ayuda exterior era bienvenida pero no los expertos que podían distribuirla.

Un diplomático me había advertido que las autoridades me harían pasar un "mal rato", antes de ser deportado.

Mientras conducíamos por el delta, vimos pruebas de que se había hecho un esfuerzo por ayudar, pero también era visible la escala del problema. Y las autoridades no estaban a la altura de éste.

En la antigua capital Rangún, dañada también por el ciclón, un hombre nos resumió las frustraciones de toda una nación.

"Cuando tuvimos manifestaciones el año pasado habían soldados por todas partes, ¿dónde están ahora?".

Conduciendo a través de las comunidades que habían quedado devastadas, y que cinco días después del desastre todavía no habían recibido ninguna ayuda, las acciones de los militares estaban probablemente arruinados moralmente.

En el momento en que detuvieron a Annie y Arito nos dimos cuenta que probablemente también estaban arruinados físicamente.

La inteligencia militar, o IM, les hico pagar el precio de taxi de su propia deportación.

Poco antes que los dejaran en el avión uno de los oficiales de ese cuerpo de investigaciones comenzó a quejarse de su trabajo, pero es duro sentir pena por un hombre que trabaja por uno de los regímenes más represivos del planeta cuando te dice que tiene que trabajar largas jornadas.

La escapada

Sonó el teléfono de mi habitación. Sabía que era uno de los hombres del MI que estaba en el hotel y me decía que bajase. Agarré mi bolsa y me dirigí hacia la escalera trasera del hotel.

Durante todo el tiempo me estuvo dando vueltas por la cabeza mi coartada para no tratar de implicar a un segundo equipo de la BBC que había acabado de llegar para reforzar nuestro trabajo.

Paquetes de agua son descargadas de un avión estadounidense en el aeropuerto internacional de Rangún (12/05/2008)
Se decidieron (las autoridades) por la segunda opción, la ayuda exterior era bienvenida pero no los expertos que podían distribuirla.

Otro oficial del IM había bloqueado la salida trasera. Salté cinco escalones y miré por el balcón del hotel.

Estaba de suerte, el hombre del IM que cubría la entrada delantera fue a pedir fuego a un taxista para encenderse un cigarrillo y se encontraba en el lado izquierdo de la acera que conducía a la salida.

Bajé las escaleras principales hacia el vestíbulo. Estaba vacío. Contuve mi respiración y tranquilamente me dirigí a la puerta principal, di la vuelta a la derecha y esperé al oficial de inteligencia que acabara de fumarse el cigarrillo y regresara adentro.

Después de 15 minutos crucé el aparcamiento y me dirigí hacia la salida.

¿Sabe cuando camina en un país extranjero que vaya por donde vaya siempre está plagado de taxis? Pues no sucede lo mismo cuando la policía va detrás de uno.

Mi objetivo era el aeropuerto. No quería que me detuvieran y me llevaran a una comisaría de policía. Un diplomático me había advertido que las autoridades me harían pasar un "mal rato", antes de ser deportado.

Pensé que si conseguía llegar pronto al aeropuerto, dándoles un día entero para que pudieran interrogarme, tendría más posibilidades de no tener que pasarme una noche en una celda.

De hecho, conseguí llegar hasta mi asiento en el avión, vi a un hombre con un intercomunicador pegado a su oído que se dirigía hacia al final del pasillo.

Me hizo salir del avión, al tiempo que seis militares casi sin aliento caminaban por el pasillo.

Un hombre me arrebató el pasaporte, otro comenzó a tomar mi foto. Pero nadie intentó alejarme del lugar.

El embajador británico en Birmania le dijo a mi editor, Jon Williams, que si era afortunado, las autoridades cansadas de mí, me expulsarían del país. Y eso es lo que pasó.

El hombre que tomó mi pasaporte simplemente lo timbró con un sello que decía "deportado", después me lo devolvió y gruñendo me dijo: "vete".



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