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Jueves, 15 de mayo de 2008 - 10:35 GMT
Edwards: influencia en la sombra
Kevin Connolly
BBC, Estados Unidos

John Edwards y Barack Obama, en Michigan, 14 de mayo
El respaldo de Edwards podría llevar a otros superdelegados a seguir esa ruta.
Como candidato, John Edwards nunca tuvo realmente oportunidades grandes de ganar la nominación demócrata, mucho menos la presidencia estadounidense.

Tiene la energía y una buena apariencia para competir por la Casa Blanca, pero siempre iba a provocar menos entusiasmo en las filas de su partido que la perspectiva de escoger entre el primer presidente negro de la nación o la primera mujer al frente de la Casa Blanca.

Pero curiosamente, desde el momento en que dejó la contienda a fines de enero, ha ejercido más influencia sobre el proceso de nominación que cuando era parte de éste.

Aún antes de que decidiera jugar la carta del "kingmaker" (algo así como "hacedor de reyes", alguien que puede tener un papel definitivo en una nominación), en Michigan, Edwards planeó el territorio político en el cual se peleó gran parte de la competencia entre Obama y Clinton.

Después de todo, fue Edwards quien hizo de las "clases lastimadas" el campo de batalla clave para el Partido Demócrata. Son los trabajadores, gente sin preparación, que nunca fue al colegio y que está temerosa de la recesión y del aumento de los precios de la gasolina y los alimentos.

John Edwards se autonombró el campeón de esta clase. En los recorridos de campaña habló de manera incesante de casos en los que las familias habían sufrido porque no podían pagar seguros médicos adecuados.

Dondequiera que lo veía, se hallaba en el estrado rodeado de voluntarios de campaña que provenían del movimiento sindical, quienes lo respaldaron durante toda su campaña.

Campo de batalla crucial

No es coincidencia, seguramente, que el campo de Obama haya decidido hacer público el respaldo de Edwards un día después de que Hillary Clinton le diera una paliza a su candidato en West Virginia, uno de los estados dominados por la clase de votantes a los que se dirigía y de los que Edwards hablaba.

El veredicto de la historia podría ser que terminó escribiendo el guión que sus dos rivales han seguido, pero de alguna forma nunca fue el mensajero correcto
Obama batalló enormemente con esa demografía y no sólo en West Virginia. Ése fue un factor importante al perder otros estados cruciales como Ohio y Pensilvania.

Tener a Edwards de su lado es una manera de llegar a esa circunscripción de clase trabajadora (y blanca) que será campo de batalla crucial en noviembre.

Hay también otras consecuencias prácticas que son posibles.

Edwards, por sí mismo, sólo ganó un puñado de delegados, y, de cualquier manera, éstos no tienen por qué obedecer a sus deseos sobre cómo votar en la conferencia de verano.

Pero este respaldo largamente pospuesto podría llevar a otros superdelegados a empezar a declararse también a favor de Obama.

Si hay un goteo que lleve a una avalancha, incluso la formidable Hillary Clinton podría ser forzada a admitir que hasta ahí llegó todo.

Titulares desafortunados

John Edwards
Se le ve con pasión, pero sin la chispa de optimismo que buscan los estadounidenses en sus líderes.
¿Qué decir del mismo Edwards? Bueno, el veredicto de la historia podría ser que terminó escribiendo el guión que sus dos rivales han seguido, pero de alguna forma nunca fue el mensajero correcto.

Tenía toda la energía -en Iowa hizo 36 horas en autobús en un recorrido salpicado de encuentros para hablar- pero es posible que su mensaje sobre la pobreza, desigualdad y cuidados de salud inadecuados careció del brillo de optimismo que los estadounidenses buscan en sus líderes.

Y hubo una serie de desafortunados titulares. Él era el campeón de los pobres famoso por un corte de pelo de US$400 y una casa de 27.000 metros cuadrados.

Pero tiene pasión, y es escuchado por parte del electorado del Partido Demócrata... Pronto descubrirá cuán influyente sigue siendo si acuerda realizar algunos de los pesados avances de Obama en los pueblos acereros y mineros de EE.UU. en octubre.



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