Pakistán se encuentra en estos momentos en una encrucijada legal y política.
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El presidente de Pakistán, general Pervez Musharraf, logrará sin duda en unas pocas horas que el Parlamento lo confirme como jefe del ejecutivo para una nueva legislatura.
Sin embargo, ni se anunciará el resultado definitivo, ni tomará posesión oficial hasta dentro al menos diez días ya que depende de una decisión del Tribunal Supremo sobre la legalidad de su candidatura.
También puede que no tome posesión nunca. O que decrete la Ley Marcial y se perpetúe en el poder como líder militar ignorando el proceso electoral.
Tal es la encrucijada legal y política en la que Pakistán se encuentra en estos momentos y a la que se ha llegado después de meses de complicadas alianzas políticas y pulsos de poder entre las principales instancias de autoridad del país.
Ahora, el futuro depende de la interpretación que nueve jueces de la Corte Suprema hagan de varios artículos de la Constitución paquistaní y de algunas enmiendas introducidas en años recientes.
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La opinión más generalizada dentro de Pakistán es que los hilos de lo que está ocurriendo en este país se están moviendo a muchos miles de kilómetros de aquí
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Pervez Musharraf llegó al poder en un golpe de Estado en 1999.
Después logró mantenerse no sólo como jefe del Ejército sino como presidente gracias a una enmienda legal ratificada por el Parlamento que le permitía asumir los dos cargos hasta el 15 de noviembre de 2007.
La enmienda fue sometida a referendo popular en 2002.
¿Con o sin uniforme?
Varias veces Musharraf prometió quitarse el uniforme, pero aún lo viste y las críticas arrecian.
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Musharraf había prometido, sin embargo, en 2003 que "se quitaría el uniforme", es decir, renunciaría a su cargo como jefe del ejército un año después pero el tiempo pasó y la promesa no se materializó.
A principios de este año, el general anunció que el momento de quitarse el uniforme se estaba aproximando, al tiempo que expresó su deseo de seguir como presidente otros cinco años mas "para garantizar el restablecimiento de la democracia y de un gobierno civil en el país".
Esta vez asumiría el cargo como un civil y se sometería a votación en el parlamento. Sin embargo, desde el primer momento, quedó claro que la maniobra del presidente era algo oblicua.
No se iba a quitar el uniforme antes de que se le confirmara como presidente por cinco años más y no iba a esperar a que se celebraran elecciones legislativas -que deben ocurrir en los dos próximos meses- para ser ratificado por el nuevo parlamento emergente de esos comicios.
Un juego "inaceptable"
Cuando la jugada de Musharraf se hizo pública la oposición denunció sus maniobras de inaceptables.
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Musharraf no quería correr riesgos. Sus aliados de gobierno tienen la mayoría en este parlamento pero podrían no tenerla en el próximo.
Cuando la jugada real del general se dio a conocer, la oposición -que ahora le había crecido a Musharraf, al haberse unido a ella algunos de los grupos religiosos que lo habían apoyado durante años- denunció su juego como inaceptable, ilegal y antidemocrático.
¿Cómo podía el presidente pretender ser elegido por una asamblea que tiene los días contados y cuya legitimidad es cuestionable?, ¿cómo podía pretender presentarse a presidente civil un general, jefe de las fuerzas armadas?, clamaron los miembros de la oposición.
Ataque a la jurisprudencia
En medio de la polémica, Musharraf cometió lo que muchos creen que fue un error táctico enorme.
Muy probablemente Musharraf tendrá su nueva legislatura y una nueva compañera de viaje.
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Ordenó la destitución del presidente del Tribunal Supremo de Pakistán.
El poder judicial se echó a la calle y tras semanas de protestas, muertes y disputas políticas, el juez fue restituido en su cargo y Musharraf se encontró con un enemigo en la instancia de poder que más daño le podía hacer a sus pretensiones presidenciales.
Un grupo formado ahora por la oposición y miembros del poder judicial está detrás del intento de veto de la actual candidatura de Musharraf. Están dispuestos a llevar su batalla hasta el final, pero, ¿a qué final?
Estas son las incógnitas con las que se vive hoy en Pakistán.
¿Aceptará Musharraf un veredicto en su contra y dejará el poder el 15 de noviembre convocando elecciones legislativas para restaurar un gobierno civil en el país?
¿Aceptarán los miembros de la oposición a Musharraf en uniforme -aunque ha prometido que se lo quitará antes de tomar posesión- como presidente por otros cinco años en el caso de que la Corte Suprema lo considere candidato legítimo?
Otros con más poder...
La respuesta a esas preguntas está abierta a la especulación.
Sin embargo, la opinión más generalizada dentro de Pakistán es que los hilos de lo que está ocurriendo en este país se están moviendo a muchos miles de kilómetros de aquí y, por lo tanto, Musharraf -el favorito de Occidente- tendrá su nueva legislatura y muy probablemente a una nueva compañera de viaje, la ex primer ministro Benazir Bhutto, que regresará del exilio el 18 de octubre.
Diálogos secretos entre Bhutto y Musharraf se han venido desarrollando durante los últimos doce meses bajo los auspicios de representantes de la administración estadounidense que ven en ellos a la mejor alternativa a los partidos religiosos y a la creciente islamización de algunas provincias de Pakistán.
Estos diálogos culminaron este viernes con el anuncio oficial de un Acuerdo de Reconciliación Nacional entre ambos.