El Grand Hotel Heiligendamm está pintado de un blanco deslumbrante y su conjunto de seis villas se recorta orgulloso, opulento, solitario, sobre el fondo azul-grisáceo del Mar Báltico. La directora del hotel nos hace circular por salas, bibliotecas, salones de baile, restaurantes y otros indescifrables y opulentos espacios.
El Grand Hotel Heiligendamm es la perla de la aldea costera.
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El hotel no tiene el habitual y a veces algo vulgar lujo de sus compañeros de muchas estrellas: es de una exquisita elegancia de otra época. El Gran Duque de Mecklemburgo lo hizo construir a fines del siglo XIX y desde entonces fue el lugar de descanso de la gran nobleza europea, zares rusos incluídos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el hotel se destinó a una escuela de artes aplicadas de la República Democrática Alemana, pero su deficiente salud inmobiliaria siguió empeorando hasta que en el año 2003 una empresa privada lo reconstruyó y reabrió bajo su viejo esplendor.
La opulencia es un poco intimidante y uno se alegra de haber sido invitado a una visita al hotel y no tener que consultar desesperanzadamente la billetera: la pequeña e inocente botella de agua mineral que se nos ofrece está castigada en la carta con un precio de 12 dólares; la noche que cuesta una suite, ni hablar: mil dólares.
Me siento algo despreocupadamente sobre la cama de una suite mientras que nuestra guía comenta los muchos detalles del refinamiento de la habitación y la fotógrafa local busca las señales aprobatorias en los periodistas invitados.
"En esta suite dormirá previsiblemente George W. Bush" nos dice. La fotógrafa apunta y mientras sonríe, me dice "¡A la cama con Bush!".
Un Día D en el Báltico
El cerco ya está vendido pero se desconoce la identidad del comprador.
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Heiligendamm es una aldea de 280 habitantes a orillas del Mar Báltico que recibirá desde este miércoles a los 8 presidentes del G8 y los 2.000 miembros de sus delegaciones rodeados por 16.000 policías, 1.200 soldados, 9 patrullas de la marina y 2 barcos de guerra estadounidenses, casi un "Día D" en el Báltico.
Todo el pueblo está completamente rodeado por un cerco de 12 kilómetros de largo y 2,5 metros de alto que atraviesa, indiferente, campos, caminos y bosques del lugar y que costó US$15 millones. "Ya lo tenemos vendido" nos dice el alcalde, como disculpándose, pero se abstiene de nombrar el insólito comprador (¿quien querrá algo así?) y el precio.
Los habitantes de Heiligendamm y los lugares adelaños están más fastidiados que de costumbre por la invasiva cumbre (los alemanes del Este tiene merecida fama de quejumbrosos) pero saben que el resultado afectará en buena manera el futuro del turismo, del que todos dependen.
Sólo un 40% de la capacidad del Grand Hotel está habitualmente ocupada, demasiado poco. No me extraña: el Mar Báltico no huele a mar, corre siempre un fastidioso viento, las temperaturas no suelen querer el verano y mucho de lo que rodea a este lugar tiene todavía esa opacidad y esa tristeza de las ciudades de la ex Alemania comunista.
Cuando uno abandona el lujo del hotel, "se topa con edificios del encanto de una fábrica de clavos".
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Apenas uno sale del Grand Hotel se topa con edificios del encanto de una fábrica de clavos.
Detrás del pueblo de Heiligendamm está todo su estado federal con el extenso nombre de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, una región de glorioso pasado e incierto presente que ahora estará, por algunas horas, en el centro de las noticias del mundo.
Cinco mil colegas periodistas de todo el planeta están acreditados para el G8. El estado federal hace todo lo posible para sacarlos un poco de sus pantallas de computadores y sus fugaces encuentros con los poderosos de este mundo y animarlos a que lleven sus trajes de baño.
Quién sabe, quizás después de esta cumbre tengamos algo que celebrar.
La aldea será por unos días el centro del mundo, pero será un centro cercado.