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Jueves, 10 de mayo de 2007 - 16:42 GMT
Diario desde Washington: nervios reales
Por Matt Frei
Corresponsal en Washington

Bush y la reina Isabel II
La soberana fue recibida en la Casa Blanca con salvas y pajaritas.

He visto a George W. Bush buscar a tientas la expresión gramática correcta, morirse de vergüenza frente a las cámaras y desestimar insultos de líderes mundiales.

Lo he visto también luchar en verdaderas justas con sus rivales y desarmar a sus oponentes con una mirada helada.

Pero nunca, nunca había visto al comandante en jefe del ejército de la nación más poderosa del mundo totalmente aterrorizado.

Esta semana, una dama ya anciana, al menos una cabeza más baja que el presidente de EE.UU. -que por lo que se sabe jamás ha hecho daño ni a una mosca- logró, sin querer, lo que Osama bin Laden, Saddam Hussein, y Nancy Pelosi han intentado sin éxito.

Redujo a George W. Bush a una masa temblorosa; hizo que su labio superior colgara y -lo juro, lo vi con mis propios ojos- logró ponerlo rojo desde la punta de sus botas tejanas hasta las orejas.

Sí, el cuadragésimo tercer presidente de Estados Unidos fue duramente golpeado por su majestad británica, la reina Isabel II.

Un gaffe memorable

Lo enternecedor de George W. Bush es que tanto su lenguaje corporal como verbal traicionan a cada rato sus verdaderas emociones.

Bush y la reina Isabel II
Redujo a George W. Bush a una masa temblorosa; hizo que su labio superior colgara y -lo juro, lo vi con mis propios ojos- logró ponerlo rojo desde la punta de sus botas tejanas hasta las orejas

En la cena de Estado del lunes por la noche -el primer evento digno de pajarita blanca en la Casa Blanca de Bush hijo-, pudo verse a un par de zapatos negros laqueados que casi bailaban tap de nervios en la alfombra roja, talón a talón con el calzado real.

Luego llegó el ambiguo "¿debería sentarme o debería ponerme de pie?" del brindis presidencial, que dejó a la reina sola, de pie, sorbiendo su Riesling.

El gaffe más memorable de todos había sido el de más temprano ese mismo día, cuando Bush estuvo a punto de insinuar que la reina tenía 200 años más de los que verdaderamente tiene.

Le agradeció por haber acompañado a los estadounidenses en 1776, con ocasión del bicentenario de la independencia.

Se corrigió casi enseguida, y luego hizo lo que suele hacer en situaciones embarazosas. Guiñó, sonrió, y arremetió con el resto del discurso.

Pero ya se había escuchado a la reina murmurar: "¡Año incorrecto!".

El presidente respondió con esa honestidad que desarma. La reina le dio "una de esas miradas que sólo las madres pueden dar a los hijos", dijo a sus invitados bajo el sol de mayo.

Llámenme maleducado, pero creo que fue una escapada airosa del Protocolo Real del Armagedón.

Hasta donde sé, a ninguna reina le habían guiñado el ojo antes.

La primera Isabel hubiera ordenado que le hicieran ligas con las víceras de Bush.

Ésta ni se inmutó. A su real majestad no le hizo gracia.

Ni siquiera esbozó una media sonrisa. El labio superior de la Casa de Windsor permaneció rígido en la tierra de los libres.

Antepasados comunes

Bush y su madre, Barbara Bush
Nadie discute con la matriarca del clan Bush.

Si me permiten usurpar el cargo de psicólogo presidencial por un rato, déjenme decir que hay tres razones principales por las que Bush tiembla ante la soberana.

No es la realeza en sí la que pone nervioso al presidente. Es la realeza británica.

A pesar del espanto que les provocan los casacas rojas, un rey Jorge loco, y el dominio colonial inglés en general, a EE.UU. le pega fuerte el síndrome de Estocolmo hacia sus antepasados.

Hasta un niño abusado dado en adopción siente una especie de fascinación por su madre biológica.

En segundo lugar, la reina probablemente le recuerda a su propia mami, la formidable Barbara, matriarca del clan Bush, quien aparentemente crió a su hijo mayor con una patriótica mezcla de cariño y disciplina.

Puede que el actual presidente de EE.UU. discuta con su padre sobre Irak y la diplomacia. Pero según me dicen, es a mami a quien Bush no se atreve a contradecir.

La tercera razón, más general, hace referencia al rol de la historia británica en Estados Unidos.

Los estadounidenses cuidan sus pequeñas raíces históricas casi como un jardinero se enorgullece de sus brotes y capullos.

En Virginia, donde la rica tierra todavía masca las memorias de la guerra civil, la guerra de la independencia y las vidas de los padres fundadores, cada ladrillo de más de 100 años es destacado con una placa.

Bush y la reina Isabel II
Algunas fibras hablan de un pasado común.

La historia es una divisa muy preciada, porque es escasa en una nación tan joven.

En comparación, Gran Bretaña es respecto a la historia lo que Arabia Saudita es al crudo.

Para los estadounidenses, la reina y toda su pompa encarnan una realidad exótica, y algunas de sus fibras pertenecen a un pasado común.

Es una cuestión de afecto, mezclado con curiosidad y, a veces, incomprensión.

Es casi la misma actitud que tienen los grandes de Washington cuando mastican sándwich de pepino en los jardines del embajador británico y no se atreven a preguntar a dónde fue a parar la corteza del pan.



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