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Jueves, 26 de abril de 2007 - 14:57 GMT
Putin, los extranjeros y su "Guerra Fría"
Javier Farje
Javier Farje
BBC Mundo

Vladimir Putin, presidente de Rusia
Putin ha mantenido varias de las políticas de Yeltsin, pero con su propio estilo.

Cuando Vladimir Putin fue nombrado primer ministro en agosto de 1999 por el hoy fallecido Boris Yeltsin, la idea era continuar con las reformas políticas y de mercado que este había comenzado de forma traumática a partir del desmoronamiento de la Unión Soviética.

Putin, sin embargo, imprimió en su gestión un estilo propio que se parece muy poco al de su predecesor.

Por un lado, este antiguo agente de la temida KGB soviética ha mantenido la estructura económica creada por Yeltsin, pero ha impuesto un método y una retórica que parecen salidos de la época de la Guerra Fría.

El discurso de Putin ante el parlamento de su país, el último que pronuncia como jefe de estado, refleja esa dicotomía.

La Rusia del nuevo milenio es un país que se jacta de ser hoy la décima economía del mundo, con un estricto control de la prensa y la represión a una oposición que es pequeña pero que puede ser germinal, si es que logra atraer aquellos sectores sociales y políticos que no se atreven a levantar la voz.

Millonarios díscolos

Roman Abramovich, millonario ruso
La Rusia post soviética ha tenido problemas económicos, pero también ha dado millonarios como Roman Abramovich.

Algunos de los miembros de esa "nueva oligarquía" que se apoderó de los recursos del estado cuando estos fueron rematados al mejor postor, están en la cárcel o el exilio, simplemente por no conformarse con hacerse ricos y decidir que no les gustaba el estilo autoritario de gobierno de Putin.

Por otro lado, el asesinato de periodistas o activistas críticos ha hecho que esa misma oposición vea la mano negra del Kremlin, algo que el gobierno niega de forma rotunda.

Cuando las reformas económicas de Yeltsin dieron como resultado el surgimiento de la corrupción y el crimen organizado y, por consiguiente, el resurgimiento de un partido comunista relativamente saludable, parecía que los seguidores del viejo régimen serían, como ha ocurrido en otros países de la antigua órbita soviética, una fuerza política con posibilidades de gobierno.

Este no es el caso en la Rusia de Putin, y esa oposición duramente reprimida en las últimas semanas, incluyendo el arresto de su dirigente más visible, el campeón de ajedrez Gary Kasparov, no tiene a Marx y Lenin como abanderados ideológicos, sino que exigen las mismas libertades por las que Boris Yeltsin se trepó a un tanque en ese lejano agosto de 1991.

Es cierto que el fallecido presidente usó esos mismos blindados para deshacerse de la oposición parlamentaria años después, pero nadie niega que la gestión de ese presidente dejó cierta estabilidad en Rusia.

Germen callejero

Vladimir Putin (izq.), el día en que recibió la presidencia de Rusia de manos de Yeltsin
A pesar de su cercanía Yeltsin no se abstuvo de criticar el estilo de Putin.
El apoyo a Putin es amplio. Cuatro de cada cinco rusos siguen creyendo que la mano dura nacionalista de Putin es la correcta.

Es cierto también que, a pesar de los altos índices de pobreza que aún persisten como una resaca maligna de las apuradas reformas económicas de Yeltsin, esta se ha reducido.

¿A qué atribuir entonces la dureza de la represión a las manifestaciones de Moscú, dónde los efectivos de policía parecían superar en número a los que protestaban?

El portavoz de la policía moscovita, el coronel Valeri Gribakin dice que se trata de elementos importados de otras regiones y hasta de otros países. "Tenemos pruebas" dice Gribakín.

De alguna manera, las declaraciones del coronel se ven reflejadas en la retórica más bien macro política de Vladimir Putin. En su discurso ante la Duma, el presidente habló "un creciente flujo de dinero extranjero que es usado para interferir directamente en nuestros asuntos internos".

Parece ser una forma de neutralizar a la creciente oposición, insinuando que se trata de un instrumento de Occidente, con el fin de apelar a los sentimientos fuertemente nacionalistas del ruso de a pie.

La durísima represión a las manifestaciones de las últimas semanas ha causado un cierto nivel de estupor no solo en algunas capitales occidentales, sino la misma Rusia.

Para la analista política Maria Lipman, del Centro Carnegie de Moscú, "se trata de un gobierno que cree, antes que nada, en el control y no va a tomar esto a la ligera.

Sobre todo después de la Revolución Naranja en Ucrania, por ejemplo, hay la sensación de que el activismo callejero se puede volver impredecible".

Misiles

Condoleezza Rice, secretaria de Estado de EE.UU.
Condoleezza Rice dijo que las preocupaciones rusas por el escudo antimisiles de EE.UU. eran "ridículas"
En alguna ocasión, Boris Yeltsin criticó a Putin de usar métodos con tufo soviético para sostenerse en el poder.

Para algunos esto puede parecer exagerado, pero lo que sí es cierto es que la desconfianza militar y política entre la OTAN y Rusia ha hecho que se desempolven viejos resquemores que recuerdan a la Guerra Fría.

En su discurso ante el parlamento, Putin advirtió que su país no está dispuesto a poner en práctica un acuerdo de defensa con las potencias occidentales, en el marco de Tratado de Fuerzas Convencionales en Europa (CFE por sus siglas en inglés), inaugurado en los estertores del imperio soviético.

Como en los años de la Guerra Fría, Rusia se opone ahora a la instalación de un escudo de misiles y un sistema de intercepción en aquellos países que alguna vez fueron parte del hoy olvidado Pacto de Varsovia: Polonia y la República Checa.

"Cesaremos nuestros compromisos con el CFE" si es que no hay provecho en las negociaciones entre la Alianza Atlántica y Rusia, advierte Putin, ante los pedidos de calma de Condoleezza Rice, que califica los temores de Moscú de "ridículos".

Esta posición y las advertencias sobre la presunta interferencia extranjera (las organizaciones no gubernamentales, por ejemplo, tienen que registrarse e informar sobre su financiamiento y actividades, sobre todo si tienen origen extranjero) parecen ser parte del estilo de gobernar de Putin.

Plantear las críticas como una conspiración occidental funciona. Aunque ya no hay un muro que divida a Berlín ni dos alianzas militares que se cuidan las espaldas la una de la otra, la verdad es que la desconfianza sigue siendo, en el caso del actual mandatario, componente de la política del estado.

Y si esa oposición, liderada por un ajedrecista, se plantea como objetivo un jaque al rey, entonces Vladimir Putin tiene razones para preocuparse, y eso puede ser muy peligroso.



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