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Martes, 24 de abril de 2007 - 14:29 GMT
Yeltsin y su papel en la transición
Javier Farje
Javier Farje
BBC Mundo

Boris Yeltsin
Yeltsin deja un legado de controversia y admiración.

El nombre de Boris Nikolayevich Yeltsin estará siempre ligado al primer gobierno elegido por la vía democrática en la historia de Rusia.

Pero como todo proceso de cambio que implica el reemplazo de un sistema centralista y controlado por uno abierto y sin regulaciones, aquel tuvo que tener un efecto traumático en la población.

Yeltsin, miembro de una familia de campesinos de los Montes Urales, fue invitado en 1985 por el entonces secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, a que limpiara Moscú de la corrupción, como parte de un programa de reformas tendientes a salvar al partido.

Desde el primer momento, Yeltsin quiso diferenciarse de la acartonada burocracia partidaria con un estilo más bien callejero, algo que enfureció a la guardia vieja, acostumbrada a lo vertical de su propia autoridad.

Se trató no sólo de una diferencia de estilo sino también de contenido, por lo que, en 1988, frustrado por la falta de progreso, Yeltsin dejó el politburó y luego renunció al partido.

Reformas

El ostracismo al que fue sometido por la "gerontocracia" del partido no afectó su popularidad, que utilizaría de forma efectiva en 1991, cuando fue elegido presidente de Rusia, entonces la principal república de la Unión Soviética.

Yeltsin en 1991
En 1991, tras el intento de golpe de Estado, prohibió el Partido Comunista.
El intento de golpe de estado contra Gorbachov ese mismo año y su papel en abortarlo, ayudaron a precipitar el desmoronamiento de la Unión Soviética, que a finales de 1991 había dejado de existir.

Boris Yeltsin no quiso perder tiempo y apenas tuvo las manos libres de cualquier rezago de llamado "centralismo democrático", aplicado por sus predecesores comunistas, las reformas de mercado llegaron como un tsunami financiero.

Las empresas del estado fueron vendidas, en muchos casos a precio de ganga a una nueva clase política, la llamada "nueva oligarquía", que se enriqueció de la noche a la mañana.

Mientras que esto ocurría, el desmonte de las regulaciones monetarias sometió al rublo a una flotación que fue la delicia de los especuladores, desatando además un proceso inflacionario que lanzó a las calles a muchos pobres, a quienes sus escasos ingresos apenas les alcanzaba para comprar productos de primera necesidad.

Trauma

El efecto psicológico en una sociedad acostumbrada a una tutela estatal, que oprimía y protegía al mismo tiempo, minó la popularidad de Yeltsin.

Personas sin techo en San Petersburgo.
Para muchos rusos, Yeltsin destruyó la seguridad social que ofrecía el sistema soviético.
A pesar de que se abrieron nuevos mercados para productos de consumo básico a precios asequibles para la mayoría de la población, muchos consideraron que Yeltsin estaba en el bolsillo de una clase política nacida del saqueo de los recursos del estado.

Sin embargo, hay quienes opinan que el trauma del cambio fue el precio inevitable que el pueblo ruso tuvo que pagar para que una economía anquilosada por la rigidez improductiva pudiera ser reemplazada por una más dinámica y abierta.

Occidente, en todo caso, aceptó lo inevitable de este trauma y apoyó las reformas, invirtiendo en la nueva Rusia e incluso aceptando los excesos de un Yeltsin que recurrió a los tanques para aplastar a la disidencia parlamentaria que obstaculizaba sus planes de reforma.

Uno de los efectos colaterales del fin del sistema centralista y policíaco soviético fue un considerable incremento de la corrupción y el crimen organizado, lo que, a su vez, dio origen al surgimiento de un revitalizado Partido Comunista, con una agenda de promesas que incluyó medidas de orden del viejo estilo, con un respeto a las reformas económicas del sistema en funciones.

Al mismo tiempo, en lo que después calificó como "posiblemente un error", Yeltsin inició una ofensiva militar contra la república separatista de Chechenia.

Fin de una era

En 1996, al aproximarse las elecciones, los mercados habían calmado su fiereza, la inflación se redujo y la pobreza se calmó.

Imagen de Vladimir Ilich Lenin y otros recuerdos soviéticos, a la venta en Moscú.
Imagen de Vladimir Ilich Lenin y otros recuerdos soviéticos, a la venta en Moscú.
Yeltsin, revitalizado, convocó a varios líderes separatistas chechenos a conversar en el Kremlin y se embarcó en una nueva campaña electoral como si sus problemas cardíacos no existieran. Fue reelegido.

Los últimos años de su gestión al frente de la Rusia postsoviética vieron a Boris Yeltsin errático y muchas veces embriagado, protagonizando escenas embarazosas en una arena internacional que lo había acogido con una mezcla de respeto y diversión.

Las reformas económicas sufrieron varios retrocesos debido a escándalos financieros, lo que dio origen al despido de varios primeros ministros en 1998 y 1999.

Relativa paz

En agosto de 1999, un antiguo miembro de la KGB, Vladimir Putin, tomó las riendas del gobierno como primer ministro.

Yeltsin renunció a la presidencia a fines de ese año.

A pesar del desastre militar checheno, la gestión del presidente ruso transcurrió en relativa paz, las reformas económicas no dieron origen a levantamientos populares o intentonas de golpe y la elite económica siguió prosperando.

A pesar de ser un jubilado político, Yeltsin criticó a su sucesor por considerar que había desempolvado el viejo fantasma soviético para mantener las reformas, exacerbando el nacionalismo y confinando en la cárcel o el exilio a aquellos "oligarcas" que se han vuelto díscolos y se oponen a la vocación autoritaria del Kremlin.

Sea cual fuere la percepción que se tenga de Yeltsin, lo cierto es que parece inconcebible entender la historia de la Rusia postsoviética sin ese político robusto como un oso que deja un legado de controversia y admiración.

Así es la historia, como diría Gorbachov.

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