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Miércoles, 18 de abril de 2007 - 21:07 GMT
Después de la tragedia
Matt Frei
BBC, Washington

Estados Unidos ha presenciado al menos 19 tiroteos mortales durante la última década.

Norris Hall
La policía dice que el tamaño de la universidad hizo que fuera difícil cerrarla.
¿Qué es lo que hace que hombres, y en algunos casos niños, se levanten por la mañana, masacren a civiles inocentes en un lugar de enseñanza y después se quiten la vida?

La pregunta nos persiguió en nuestro camino a la Universidad Tecnológica de Virginia. En las afueras de Washington, la sede del NRA (Asociación Nacional del Rifle, organismo de cabildeo por el derecho a portar armas) destella ante los automóviles que pasan.

En muchas oficinas las luces estaban encendidas. ¿Era eso normal? ¿O acaso estaban ocupados trabajando en la reacción frente a las inevitables críticas?

Avanzando otros 160 kilómetros por la autopista se llega a la región llamada del "Cinturón de la Biblia". Periódicamente, crucifijos gigantes e iluminados compiten por la atención con grandes vallas que anuncian los servicios de abogados especializados en el reclamo de daños personales, y establecimientos de comida rápida. Justo antes de la ciudad de Roanake hay un supermercado Wal-Mart. "Armas a la venta todo el año", anuncia, "excepto el día de Navidad".

Tras el tiroteo

Estábamos a los pies de las montañas Blue Ridge, a pocos kilómetros del estado de Virginia Occidental. El frío era intenso. Las antenas satelitales de un grupo de camiones apuntaban silenciosamente hacia las estrellas. El escenario estaba dispuesto para el ritual de luto y sanación que sigue a cada tragedia de esta clase.

Glock
Algunos de los asesinatos se hicieron con una Glock 9mm.

El resultado de cada tiroteo escolar puede haber producido su propio ritual, pero cada tragedia es diferente y llena de detalles desconcertantes.

En octubre pasado, en Pensilvania, en donde un lechero mató a cinco niñas en una escuela de pueblo, el mundo de los Amish, de carretas tiradas por caballos, sombreros de paja y pacifismo militante, se estrelló con la moderna violencia de las armas, que afectó a niñas inocentes por medio de un vecino amistoso.

En la Universidad Tecnológica de Virginia, una institución dedicada al aprendizaje y a la claridad de pensamiento, fue vejada por la mente turbia de un tímido asiático-estadounidense. Mientras salía desenfrenado de la clase de matemáticas a la de ingeniería, de la de alemán a la de francés, quizá se sentía como Rambo, pero aún así se seguía viendo como el típico estudiante retraido de ciencias.

El estereotipo no se ajusta. Y como lo descubrimos, tampoco se ajusta el lugar. El campus de la universidad de Virginia se extiende sobre el paisaje ondulado. Es enorme. La universidad tiene 100 edificios. Tiene su propio aeropuerto y central eléctrica. El tamaño es una de las razones por las cuales la policía dice que no pudo "encerrar" fácilmente lo que es prácticamente una ciudad que alberga a casi 26.000 estudiantes.

Sin embargo, el lugar es sorprendentemente hermoso. Los edificios están construidos con buen gusto, con rocas ocre de cantera. Los prados de color verde fluorescente son mantenidos meticulosamente.

Claramente, se han gastado bien un montón de dinero. Un campo de golf serpentea entre media docena de lagos artificiales y los estudiantes con los que hablamos eran impecablemente educados, a pesar de nuestra intromisión en su dolor. En suma, ésta es la clase de universidad a la que uno quisiera enviar a sus hijos.

El derecho de llevar armas

En el campo de deportes entre la residencia en donde Cho Seung-Hui mató a sus dos primeras víctimas, y Norris Hall, en donde disparó contra las 30 restantes, encontré a Chris Mucklow, un estudiante de sociología de 22 años que es amante del fútbol.

George Bush ve a Laura Bush mientras firma el altar
Bush dijo que era imposible que tanta violencia tuviera sentido.
Estaba sentado solo y lloraba en silencio. Le pregunté si creía que debería haber leyes más estrictas contra la posesión de armas. "Definitivamente, tiene que haber más controles", respondió. "Pero quisiera haber tenido un arma ese día. Quisiera que algunos de los profesores tuvieran armas. Podrían haber detenido al asesino".

Esa era una opinión que oí de muchos estudiantes y que va más allá del debate abstracto sobre el "derecho de portar armas" consagrado en la Constitución. Se trata de defensa propia ante una amenaza rampante.

Si el profesor Liviu Librescu, el sobreviviente del Holocausto de 76 años de edad que murió acuñado contra una puerta para evitar que el pistolero matara a sus estudiantes, hubiese tenido un arma, quizá hoy estaría vivo.

Pero se me ocurre que esta es una reacción más que una solución. "Por Dios, no se puede controlar las armas con más armas". Así es como lo planteó Brendan Quirk, un estudiante de ingeniería que vio cómo las víctimas saltaban desde las ventanas del segundo piso de Norris Hall.

Si el estado de Virginia hubiera tenido la obligación de llevar a llevar a cabo una revisión cuidadosa de antecedentes y de pedir referencias antes de otorgar a Cho el derecho de portar armas, habrían descubierto lo que su profesora, Lucinda Roy, sabía por sus escritos: que él era un individuo profundamente perturbado que fantaseaba en sus ejercicios de escritura acerca de dispararle a personas en el rostro -primero en un ojo, luego en el otro.

Debate

¿Habría querido John Markell, el propietario de la tienda de armas de Roanoke, vender a Cho la pistola Glock de 9 milímetros si hubiese leído esas páginas? Después de todo, cuatro pistolas vendidas en su tienda ya habían estado involucradas en otros homicidios.

Cho Seung-Hui
Una profesora describió a Cho Seung-hui como un joven perturbado.
Y sí, esta tragedia ha encendido un debate sobre el control de armas, pero, sobre todo, por fuera de Estados Unidos. Incluso el primer ministro de Australia, John Howard, el amigo incondicional de George W. Bush, se apresuró a culpar a "la cultura de las armas de Estados Unidos".

En el Congreso estadounidense, los demócratas, quienes han hundido sus colmillos en casi todos los demás aspectos del gobierno, se han mantenido callados ante esta cuestión. El control de armas no es popular entre los votantes de los estados indecisos, según lo han averiguado. Es mejor no hablar mucho al respecto, especialmente con unas elecciones que se acercan.

¿Recuerdan a Howard Dean, el médico rural que se convirtió en gobernador, en candidato presidencial, en líder del partido demócrata? Criticó a George W. Bush por "disparar sin desenfundar", pero nunca habló abiertamente de control de armas. ¿Por qué? Porque su estado liberal de Vermont odia la comida rápida tanto como ama la caza.

A pesar del baño de sangre de esta semana, no va a haber una exigencia abrumadora de controlar las armas en este país. Al igual que el cristianismo evangélico, el béisbol, y su amor por los pasteles de calabaza, simplemente ésta es una de esas cosas que separa a los europeos de los estadounidenses.

¿Ocurrirá el próximo tiroteo en otra universidad, en una secundaria, en una guardería o en un instituto secretarial?

En nuestro hotel repartían moños hechos por los empleados, con los colores de la universidad Tecnológica de Virginia. Rojo y naranja. Fue un gesto conmovedor. En el campus, miles de estudiantes se reunieron con velas en sus manos para recordar a los muertos.

Anteriormente se habían sentado en silencio en el estadio de fútbol para oír decir al presidente Bush que las víctimas estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado. Estados Unidos tiene su aspecto más impresionante cuando está de luto y recuerda. ¿Pero logrará esto alguna vez la expedición de una ley y hará más seguras las escuelas?

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