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Lunes, 19 de marzo de 2007 - 11:34 GMT
Un día en Irak, a tres voces
A cuatro años del comienzo de la guerra en Irak, los habitantes de ese país intentan seguir con sus vidas entre la violencia y la falta de recursos y servicios básicos.

Tres iraquíes relataron al servicio árabe de la BBC cómo es un día "normal" en sus vidas.


ABDUL HUSSAIN AL-RUBAIE, ABOGADO EN BAGDAD

Madre llora la muerte de su hijo
Escucho a las madres y a los familiares llorando cuando reciben los cadáveres de quienes murieron en las explosiones.

Mi oficina se encuentra a 15 kilómetros de mi casa, pero me demoro casi dos horas en el auto para llegar. El plan de seguridad incluye muchos puntos de control y medidas de seguridad muy estrictas pero, hasta ahora, no le han podido poner fin a las operaciones terroristas.

Mi especialidad en derecho es el registro de compañías. Por esto, todos los días me entero de que alguna empresa extranjera se va de Irak debido al deterioro de la situación. Ya no tenemos muchas compañías con las cuales hacer negocios.

También tengo problemas porque, como es el caso de muchos abogados, no puedo ir a trabajar a los distritos con mayoría sunita, porque me pueden matar.

Lo mismo le pasa a los abogados sunitas, que no pueden ir a los distritos chiítas, y viceversa... La profesión legal es otra víctima más del sectarismo en Irak.

Es que, además, los abogados tendemos a creer en un proverbio egipcio que dice: "mantente alejado del mal y acompáñalo con una canción".

Los abogados no aceptan los casos de robo o de asesinato por temor a la venganza. Tampoco se atreven a presentar casos en los tribunales contra las fuerzas de seguridad o las agencias de gobierno, porque temen morir.

Desafortunadamente, mi oficina queda cerca del hospital de Ibn Anafees en la plaza al-Andalus.

Las horas que paso allí son muy dolorosas. Escucho a las madres y a los familiares llorando cuando reciben los cadáveres de quienes murieron en las explosiones.

El ruido de las sirenas de las ambulancias también es constante.

Muchas veces decido regresar temprano a casa y realizar mi trabajo por internet, lo cual me permite ahorrar en costos en la oficina, como electricidad y agua.

Mis noches son mejores que mis días, porque son más tranquilas y me permiten encontrarme con mis colegas abogados y con otras personas sin temor.

AMEEN HASSOON, CONTADOR EN BASORA

Tráfico en un puesto de control en Bagdad
El tráfico se vuelve lento por las medidas de seguridad.

La organización humanitaria para que la trabajo está a pocos kilómetros de mi casa, pero me toma dos horas llegar allí.

Las fuerzas británicas a veces cierran las carreteras por motivos de seguridad, pero eso no es ningún problema. El problema está en trabajar para una organización internacional con sede en Londres.

Somos un blanco perfecto, porque nos ven como colaboradores de las fuerzas extranjeras. Tenemos que trabajar casi en secreto.

No puedo revelar el nombre de la organización para la que trabajo a ningún conocido.

Los grupos armados matan a la gente que trabaja en oficinas como la mía. Hace seis meses, un amigo y colega fue asesinado cuando esperaba el transporte de su organización.

El automóvil no tenía ningún símbolo que revelara de dónde venía, pero igual le dispararon.

Por esto, intento permanecer en la oficina todo el día y no hago muchas salidas de campo, a menos de que sean realmente necesarias.

Los grupos armados matan a la gente que trabaja en oficinas como la mía. Hace seis meses, un amigo y colega fue asesinado cuando esperaba el transporte de su organización.
Siempre me acuerdo de algunos conocidos que trabajaron como traductores de las fuerzas británicas cuando comenzó la guerra. Los mataron, porque los acusaron de colaboradores.

A veces tenemos problemas con la misma gente a la que queremos ayudar, como las que fueron desplazadas de Al Alwar, tras el drenaje de los pantanos.

Muchas veces damos la imagen de ser gente adinerada trabajando para compañías extranjeras muy ricas. Entonces tenemos que darles dinero para que nos permitan trabajar sin amenazas o problemas.

ZEINAB AL ABBOUDI, DENTISTA EN BAGDAD

Hospital
Muchas veces no tenemos suficiente anestesia, y sólo tenemos dos opciones: si los pacientes aguantan el dolor, los tratamos sin anestesia. Si no, les pedimos que la compren en el mercado negro, cosa que no siempre pueden costear.
Mi esposo y yo vamos juntos a trabajar en el auto. Como muchos iraquíes, tenemos que sufrir el tráfico que generan los cierres de carreteras y los puntos de control. Pero no podemos quejarnos, porque sabemos que tienen como objetivo mejorar la seguridad.

Mi sufrimiento, sin embargo, se hace más agudo cuando llego al trabajo. Hay muchos cortes de electricidad y no tenemos gasolina o diesel para hacer funcionar los generadores. Entonces no podemos ayudar a los pacientes, lo cual me pone muy triste.

Muchas veces no tenemos suficiente anestesia, y sólo tenemos dos opciones: si los pacientes aguantan el dolor, los tratamos sin anestesia. Si no, les pedimos que la compren en el mercado negro, cosa que no siempre pueden costear.

Como dentista, soy responsable de cerciorarme de que la anestesia provenga de una compañía seria y de que no se haya vencido.

En la tarde, la situación se pone más difícil. Mi esposo y yo trabajamos en una clínica privada para mejorar las condiciones de vida.

Cuando ya son las cinco de la tarde, los pacientes privados comienzan a pedirnos que los examinemos rápido antes de que caiga la oscuridad y comience el toque de queda.

Caminar por la calle después de esa hora es poner la vida en riesgo. Pueden matarte fácilmente, y es difícil identificar a los que lo hayan hecho.

De regreso a casa, mi esposo conduce a toda velocidad por miedo a que nos secuestren.

De regreso a casa, mi esposo conduce a toda velocidad por miedo a que nos secuestren. También tenemos miedo a que nos disparen las fuerzas estadounidenses o iraquíes, pues tienen instrucciones de abrir fuego contra cualquier auto que parezca sospechoso. Y a veces, ir a alta velocidad puede ser sospechoso.
También tenemos miedo a que nos disparen las fuerzas estadounidenses o iraquíes, pues tienen instrucciones de abrir fuego contra cualquier auto que parezca sospechoso. Y a veces, ir a alta velocidad puede ser sospechoso.

Cuando llegamos a casa, tenemos que llamar a nuestros familiares para avisarles que llegamos bien, gracias a Dios. Como somos médicos, sabemos que en cualquier momento podríamos perder la vida.

Lo que más me entristece es que no puedo abrir una clínica privada y ponerle un letrero en la entrada. Los secuestradores piensan que la gente profesional es rica y puede pagar un rescate muy caro.

Eso le pasó a un compañero de mi esposo. Un grupo armado secuestró a su suegro y luego lo mató, pues su yerno no pudo pagar el rescate.



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