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Miércoles, 15 de noviembre de 2006 - 16:22 GMT
BBC Mundo en Corea del Norte
Ramiro Trost
Ramiro Trost
Enviado especial a Corea del Norte

Corea del Norte
El clima de tensión se hace más evidente a medida que uno se acerca a la frontera.

El autobús va zigzagueando por la carretera rumbo al norte, esquivando vallas y madejas de alambre de púa. La tensión se respira a medida que nos acercamos a las últimas inspecciones militares del Sur y a los portones que nos darán paso a otro mundo.

Atrás quedaron los controles migratorios de salida de Corea del Sur y los trámites para recibir las identificaciones, que desde ese momento comenzaríamos a tener colgadas en nuestro pecho todo el tiempo.

Empleada sirviendo comida a los turistas

En respectivas bolsas con nuestros nombres también esperarán nuestro regreso al sur los teléfonos móviles, grabadores y cámaras de fotos cuyas lentes superaron lo permitido.

Dos soldados surcoreanos fueron los encargados de abrir la última barrera de hierro. A la par del camino, en la costa del este de Corea, corren los rieles ferroviarios que tienen su recorrido trunco.

Ningún accidente geográfico impide el paso. Incluso las vías del tren están colocadas. La mano del hombre sembró la discordia y la separación artificial.

La Zona Desmilitarizada

La última puerta nos dio paso a un mundo de fantasía. La denominada Zona Desmilitarizada (ZDM) es el colchón que impide el contacto directo entre los soldados de ambos lados. Es una reserva ecológica dominada por una naturaleza rebosante y colonias de aves y animales silvestres.

Corea del Norte
La última puerta nos dio paso a una reserva ecológica dominada por una naturaleza rebosante.
Ya no hay alambres, barricadas ni armas. Nada hace pensar que estamos en una zona en conflicto. La sensación es estar en un paraíso. Un paraíso que anticipa el infierno.

Atravesar por tierra la frontera es surcar la herida más profunda que tienen los coreanos. El último vestigio de la Guerra Fría en el mundo se impone dramática y silenciosamente.

La zona de demarcación entre las dos Coreas se sitúa en el paralelo 38. La ZDM tiene un ancho de 3,2 kilómetros y una longitud de 242,9 kilómetros de oeste a este de la península.

Aquí no hay civiles pero sí miles de soldados de uno y otro lado, haciendo irónicamente de la Zona Desmilitarizada el área más fortificada del mundo.

La puerta de entrada

Corea del norte
Soldados parados como estacas, por todas partes.
El nerviosismo crece. El latir del corazón se acelera. Las manos nos transpiran. Una sensación de angustia nos invade. Entramos a Corea del Norte con la carga de los preconceptos y las imágenes televisivas que conocemos y nos condicionan.

Nuestros sentidos no alcanzan para registrar todo lo posible. Las fotos están vedadas en los traslados y sólo permitidas en los sitios habilitados. Éste no es uno de ellos. Pero el instinto puede más.

El autobús se detiene por primera vez. Dos soldados norcoreanos abren un gran portón. Otros cuatro nos observan desde el interior de una garita. Sus uniformes, mezcla de estilos soviético y chino, nos erizan la piel.

El panorama que vamos divisando es opaco, lúgubre. Soldados parados como estacas a la vera del camino, en medio del campo y en los contornos de las montañas.

Un sello de ingreso

En cuestión de kilómetros hemos entrado al pasado. Otra nueva detención. Todos debemos descender del coche con los bolsos y cumplir un extraño proceso de ingreso. Suena por los altoparlantes una canción norcoreana: pangapsumnida, encantado de conocerlo.

El Sur no reconoce al Norte como otra nación. Es por eso que el sello norcoreano quedará impreso sólo en ese papel improvisado. Tendremos la marca de salida e ingreso a Corea del Sur. En medio, no habrá registro de dónde estuvimos
En una improvisada tienda en medio de la nada, un guardia en actitud marcial y muy serio revisa los pasaportes. Una cartilla de identificación provista previamente en el Sur funcionará a modo de visado.

El Sur no reconoce al Norte como otra nación. Es por eso que el sello norcoreano quedará impreso sólo en ese papel improvisado. Tendremos la marca de salida e ingreso a Corea del Sur. En medio, no habrá registro de dónde estuvimos.

La sensación de desaparecer del mundo por unos días parece confirmarse.

Volver al pasado

A uno y otro lado de la carretera las imágenes se repiten. Campos que parecen recién cosechados. Montañas de no gran altura. Soldados parados en medio de la nada, como espantapájaros.

Corea del Norte
Construcciones de cemento cerca de las montañas albergan tanques militares y cañones.
Comienzan a aparecer los primeros camiones militares, viejos y desvencijados. A lo lejos se divisan cubos de cemento en las cimas de los montes e incrustados en las laderas.

Del interior de esas construcciones asoman cañones y tanques. Otro camión estacionado a un costado de la ruta brinda una imagen de película. Hombres y mujeres militares, amontonados en la parte trasera del vehículo, fuman y hasta parecen disfrutar de un momento de distensión.

Gris de pobreza

Pequeñas aldeas van adornando los pies de las montañas. Adornar es una forma de decir, en medio de la desolación que es difícil embellecer.

Corea el Norte
"La agricultura aquí no sabe de máquinas y tractores".
Las casas son bajas y precarias. La gente camina kilómetros y kilómetros por estrechos senderos. No pudimos ver ni un solo coche civil durante los días que permanecimos en esta parte de Corea del Norte.

Un hombre muy delgado lucha con un buey y su arado. La agricultura aquí no sabe de máquinas y tractores.

Una casa larga y chata oficia de escuela. Las paredes están negras y faltan muchas tejas en su techo. Decenas de niños corretean en el fondo. Todos están descalzos y con el cabello cortado como en serie.

La pobreza es notoria y se ve, pese a las restricciones. Los controles y la vigilancia permanente no pueden ocultar la obviedad. Sólo la oscuridad cerrada de la noche disimula la miseria.

El líder omnipresente

Las construcciones algo más grandes son estaciones ferroviarias y sedes del Partido de los Trabajadores de Corea del Norte. Grandes carteles rojos con letras blancas contienen consignas socialistas y se multiplican por doquier.

Un gran retrato de Kim Il Sung. Otro y uno más. El padre fundador y presidente eterno de Corea del Norte murió hace doce años, pero su figura se exalta ante una población que tiene devoción ciega.

Corea del Norte
Un "guía" norcoreano controla mientras los turistas sacan fotos.
Empleados y acompañantes norcoreanos se ven bien alimentados. Pertenecer al partido tiene sus privilegios. A nadie le falta un prendedor en la solapa con la cara del líder.

El "guía" norcoreano que nos acompaña nos transmite un reflejo parcial del pensamiento norcoreano. No aparece en sus dichos el nombre de Kim Jong Il.

La estrategia del régimen parece ser reforzar la figura del "Gran Líder" y atar a la gente a ese liderazgo. Eso posibilitaría un reemplazo de las autoridades temporales.

La pregunta es si Kim Jong Il es también una pieza de recambio. Su ausencia en el discurso de los norcoreanos y en la parafernalia propagandística parece confirmarlo. Aquí el líder es Kim Il Sung.

Ver lo permitido y más allá

En Corea del Norte uno tiene la sensación de estar observado y controlado todo el tiempo. Da la impresión de que la vida se detuvo en una era de espías e intrigas, con un Estado que todo lo vigila y un ejército multitudinario y bien alimentado.

La población, por su parte, parece pobre y sumisa, presa de un gobierno enigmático y oculto. ¿Qué piensa el demacrado norcoreano que arrastra dos enormes bultos en su bicicleta ante el soldado de prolijo uniforme, medianamente bien alimentado?

¿Cómo podemos comprender una mentalidad marcada por casi 60 años de aislamiento?

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