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Domingo, 5 de noviembre de 2006 - 11:59 GMT
Saddam Hussein: un actor sin libreto
John Simpson
John Simpson
BBC

Saddam Hussein, ex presidente de Irak
A menudo, Hussein citaba frases del Corán durante el juicio.
Desde el momento en que le quitaron las cadenas y se sentó en el banquillo de los acusados por primera vez, un año atrás, Saddam Hussein dominó la corte.

Al principio, muchos de sus simpatizantes en Irak y en otras partes del mundo lo miraban con desprecio.

Éste era el hombre que los había instado a dar sus vidas para defenderlo, para después rendirse dócilmente a los estadounidenses.

Sin embargo, poco a poco, Hussein recuperó su confianza. Se lo veía bien en la corte, vestido con un traje especialmente confeccionado para él por su antiguo sastre, aprendió lentamente a expresar mejor su punto de vista, sin hacer demasiados esfuerzos.

Confianza

También contribuyó el hecho de que en ambos, el primer proceso por la matanza de civiles chiítas en la aldea de Dujail, y el segundo, por la campaña en Anfal contra los kurdos, a la fiscalía se la percibía débil e incómoda.

Las evidencias eran generalmente pobres y los argumentos, ineficaces.

Tanto los abogados de la defensa como los de la parte acusadora crecieron y se formaron en un sistema legal controlado por el ex presidente iraquí.

Bajo su gobierno, la justicia era generalmente lo último a tomar en cuenta.

Saddam Hussein, ex presidente de Irak
Los abogados que tomaron parte en el juicio crecieron en un sistema legal controlado por Hussein.
Ya sea por convicción religiosa o por conveniencia, Hussein solía llevar a la corte una copia del Corán finamente encuadernada, y ocasionalmente citaba alguno de sus versos para responder a los jueces.

Otras tácticas resultaron menos efectivas.

Más de una vez anunció que iba a entrar en huelga de hambre, pero luego no se volvía a escuchar del tema.

En las primeras instancias del juicio por Dujail, Hussein se negó a reconocer el derecho de la corte a juzgarlo, luego mansamente, se declaró "no culpable" cuando la corte le planteó la pregunta.

Sólo fue más tarde, a medida que fue aumentando su confianza en sí mismo, que gritaría que él era el presidente de Irak, que los jueces y la fiscalía debían tratarlo con más respeto y que la invasión que lo había depuesto era ilegal según las leyes internacionales.

Discursos triviales

Pese a todo, Hussein nunca demostró una estrategia de defensa coherente.

Si hubiese persistido en atacar las cuestionables bases legales de la invasión encabezada por Estados Unidos, probablemente hubiese tenido mucho más impacto.

Pero sus discursos siempre fueron un tanto confusos, triviales, como si la experiencia de haber sido derrocado hubiese afectado su intelecto.

En medio del juicio por Dujail, Hussein profirió un solemne discurso sobre la forma en que sus captores lo trataron, que cada vez se fue tornando más trivial con sus quejas.

Sin duda hubiera sido más humano si los estadounidenses le hubiesen permitido cerrar la puerta del baño, pero cuando hizo este comentario sólo provocó risillas en la corte.

Sus dos juicios no alcanzaron el estándar deseado.

Pero Saddam Hussein, por su parte, nunca logró esa suerte de dignidad y distancia que hubiese podido ganar a la gente en Irak, que en el pasado, se sentía aterrorizada por él.

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