Zarqawi fue el rostro de la más violenta oposición al nuevo gobierno iraquí.
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En esta era dominada por los medios de comunicación, Abu Musab al-Zarqawi se transformó en la personificación de la lucha yihadista en Irak.
Él fue el rostro de la más violenta y brutal oposición al nuevo gobierno iraquí y sus aliados de Washington.
Inevitablemente su muerte será proclamada por los estadounidenses como una significativa victoria en la llamada "guerra contra el terrorismo".
Y será asumida por el nuevo primer ministro iraquí como un estímulo a su nuevo gobierno.
Pero se requiere precaución. Ninguna muerte va a traer paz a Irak.
¿Fin de la violencia?
La violencia está muy arraigada y muchas de las quejas que la impulsan son imposibles de conciliar.
Sin embargo, la muerte de Abu Musab al-Zarqawi se produce en un momento crítico.
Una nueva serie de instituciones democráticas han sido establecidas en Irak.
Ciertamente dan una fuerte representación a la comunidad chiita, pero ésta es una realidad con la que la alguna vez dominante minoría sunita deberá lidiar.
Ellos pueden optar por la lucha o por buscar algún tipo de pacto.
Hay señales de que algunos de los que han estado luchando, están ahora más bien ansiosos por explorar qué tipo de acuerdo podría estar en oferta.
Esta situación ha creado enormes tensiones al interior de la insurgencia, entre los yihadistas mayoritariamente extranjeros liderados pro Zarqawi y algunos líderes sunitas.
De hecho se han registrado varios informes sobre enfrentamientos armados locales.
La clave para la estabilidad en Irak radica en la posibilidad de incluir a la comunidad sunita en el proceso político.
La muerte de Abu Musab al-Zarqawi no pondrá fin a la violencia, pero quizás sirva para convencer a algunos sunitas indecisos de que la anarquía sectaria impulsada por los yihadistas representa un futuro desagradable que no beneficia a nadie.