Benedicto XVI da sus primeros pasos al frente de la iglesia católica.
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En la misa solemne que dio inicio a su pontificado, Benedicto XVI definió su
responsabilidad como "cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad
humana". Sus palabras hacen recordar una leyenda medieval con la que él mismo
se ha identificado.
Cuando era cardenal, Joseph Alois Ratzinger, quien fue arzobispo de Munich y
Frisinga (Freising, en alemán), antes de ser nombrado en 1981 Prefecto para
la Congregación de la Doctrina de la Fe, tenía un blasón en el que se
destacaba un oso con un fardo.
El animal está presente en la leyenda de San Corbiniano, el primer obispo de
Frisinga, un monje que predicó el evangelio en Francia y en Alemania, con
especial dedicación en Baviera, la región de donde es oriundo el actual Pontífice.
Cuenta la historia que un oso mató el caballo de Corbiniano de camino a
Roma. El santo lo reprendió y como castigo le puso el fardo que hasta ese
momento llevaba el caballo. En su autobiografía, Ratzinger se compara con
el oso, que debió llevar la carga hasta la Ciudad Eterna.
Cuán pesado es el "fardo" que lleva sobre sí el ahora papa Benedicto XVI depende en gran medida de cómo entiende su misión.
Ideas
En la homilía de su entronización, Ratzinger dijo que no expondría un programa de gobierno porque ya explicó las ideas que definirán su pontificado en el mensaje del pasado 20 de abril.
Si aquella homilía un día después de ser electo es la pauta de su ministerio, entonces hay que pensar que la Iglesia pondrá énfasis en la prédica del evangelio. ""Quiero proseguir preocupado únicamente de proclamar al mundo entero la presencia viva de Cristo", dijo ante los cardenales en la Capilla Sixtina.
Benedicto XVI también se refirió en esa ocasión a la unidad de todos los cristianos, una tarea emprendida por su antecesor Juan Pablo II que no alcanzó los frutos deseados.
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En su mensaje del 20 de abril, el nuevo Papa destacó entre sus prioridades
el papel de los jóvenes a los que calificó, como Juan Pablo II, de 'futuro y
esperanza de la Iglesia'
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En su mensaje del 20 de abril, el nuevo Papa destacó entre sus prioridades
el papel de los jóvenes a los que calificó, como Juan Pablo II, de "futuro y
esperanza de la Iglesia", la importancia de la comunión y el diálogo con
otras civilizaciones emprendido por sus predecesores.
Cuatro días después, Ratzinger, como respuesta a las especulaciones sobre la
posibilidad de que dirija a la Iglesia con mano de hierro, señaló que está
abierto al diálogo.
"Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis
propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de
la palabra y de la voluntad del Señor", dijo en su homilía de este domingo.
Estas palabras parecerían confirmar la tesis de que Ratzinger Papa será más
dialogante que el Ratzinger cardenal, el guardián del dogma católico, enemigo implacable del disenso en el seno de la Iglesia.
Sin embargo, algunos analistas no ven contradicción en estas palabras y
otros mensajes recientes, muy severos, del entonces Decano del Cuerpo
Cardenalicio y Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe.
Homilías
El pasado Viernes Santo, el cardenal Ratzinger denunció durante la
conmemoración de las Estaciones de la Cruz lo que calificó de "suciedad en
la Iglesia".
Se pudo haber referido no sólo a los casos de pedofilia de sacerdotes si no
también, según un diario italiano, a otros serios problemas como el no
cumplimiento de los votos de celibato, el mal manejo de los fondos de los
fieles e incluso la violación del secreto de confesión.
El cardenal Ratzinger dejó Baviera en 1982 para dirigirse al Vaticano.
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Todo esto estaba contenido en un informe que circuló entre los cardenales en
los días previos al cónclave, señala el periódico. El documento habría
contado con la aprobación de Ratzinger, quien pronunció otras dos
importantes homilías antes de su elección.
La primera fue en los funerales de Juan Pablo II. En ella, brillantemente
escrita, rindió tributo a su predecesor y amigo.
En la segunda, durante la misa celebrada antes del comienzo del cónclave el
pasado lunes 18 de abril, instó a los católicos a afirmarse en su fe y no
dejarse llevar por las corrientes del marxismo, el liberalismo, el
libertinismo, el colectivismo, el individualismo radical, el ateismo, el
vago misticismo religioso, el agnosticismo y el sincretismo.
Condenó con vigor lo que calificó de dictadura del relativismo para la que
nada es definitivo y cuya única medida es la satisfacción del ego.
Estos mensajes podrían ser señales de que el pontificado de Benedicto XVI se
caracterizará por un énfasis en el cumplimiento de los principios de la fe
católica por parte de los fieles, comenzando por sus sacerdotes. Como
alguien lo definió, se dirá a los católicos que hay que serlo de palabra y
práctica.
Muchos creen que el Papa emprenderá un proceso de rescate de los valores
cristianos en Europa, cada vez más inmersa en el secularismo. En ese sentido,
su elección del nombre Benedicto podría ser simbólica, al tomar como
inspiración a San Benedicto de Nursia, el creador de las ordes monásticas
que cristianizaron a una Europa bárbara y sin rumbo, salvándola de la
anarquía en la Edad Media.
Su nombre también podría ser referencia a Benedicto XV (1914-1922) quien
abogó por la paz durante la Primera Guerra Mundial, una contienda que
calificó de inútil.
Sin embargo, a diferencia de Juan Pablo II, el nuevo papa no se
caracterizaría por pronunciamientos políticos sino se concentraría en
cuestiones de fe y doctrina.
El pontificado del "humilde obrero en la viña del Señor", como él mismo se
define, acaba de comenzar.
El Papa Ratzinger, aclamado por los fieles en la Plaza de San Pedro, deviene cada vez más ante los ojos del mundo un hombre
afable que sonríe y saluda con confianza.
Comienza a verse el políglota, capaz de pasar de un idioma a otro sin
dificultad y se le advierten ciertas dotes de comunicador sin llegar,
todavía, al carisma de Karol Wojtyla, el papa de las multitudes.
Lejos de la imagen de "rotweiler de Dios" que le atribuyen los críticos, se proyecta como un profesor paciente y como abuelo benévolo.
El tiempo dirá quién es realmente Benedicto XVI. Como el oso de Corbiniano
tiene sobre sí una carga, en su caso enorme.
Según la leyenda, el santo liberó al oso de su fardo cuando llegó a Roma y
no se supo más de él. En su narración autobiográfica publicada en 1997,
figura ya importantísima en la Iglesia, Ratzinger dice no saber cuando
llegaría su liberación.
Para él y más de un sexto de la población del planeta, solo Dios puede ahora
liberarlo de tamaña responsabilidad.