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Miércoles, 20 de abril de 2005 - 19:40 GMT
Testigo de excepción
Fernán González
Fernán González
BBC Mundo, enviado especial a Roma

Voy a recordar siempre el martes 19 de abril de 2005. No sólo porque vi, casi en primera fila, un ritual milenario lleno de significado para cientos de millones de personas, sino porque tuve también la enorme responsabilidad de contar, micrófono en mano, los acontecimientos del día.

Feligreses.
Hacia las 5 pm, la Plaza de San Pedro era una mezcla de cánticos, plegarias y conversaciones por teléfonos celulares

Hacia las 5 pm, la Plaza de San Pedro, bajo un cielo nublado y la amenaza de lluvia, era una mezcla de cánticos, plegarias y conversaciones por teléfonos celulares, amén de otras cosas.

Las miradas se dirigían al lugar sobre la Capilla Sixtina donde se alzaba, diminuta, casi insignificante ante la majestuosidad del templo más grande de la cristiandad, la chimenea ocre que adquiere importancia sólo en ocasiones como ésta. Para muchos era difícil de distinguir. Algunos me preguntaban,..."quella piccolina?"

La expectativa crecía. Hacia las 5:30, la plaza se llenaba más y más, la multitud ya se desbordaba por la Vía de la Conciliación, la avenida que va en dirección al centro de Roma.

Un humo de color impreciso brotó de la chimenea a las 5:55. Confusión y más emociones. Nadie sabía si aplaudir o gritar de alegría. Los periodistas que estábamos en el centro de la plaza, cerrado por barreras y reservado a la prensa audiovisual, no teníamos idea de qué informar.

Momentos de incertidumbre

Un camarógrafo estadounidense me hizo seña de que era oscuro, a pesar de que yo lo veía blanco. Las campanas de San Pedro todavía no sonaban.

Minutos después vino la señal inequívoca de que la Iglesia católica tenía un nuevo Papa. La campana mayor de la basílica comenzó a moverse, el sonido invadió la plaza, las calles.

Papa Benedicto XVI desde el balcón.
Minutos después vino la señal inequívoca de que la Iglesia católica tenía un nuevo Papa

La gente se abrazaba, saltaba, agitaba sus banderas y pancartas. Unos niños italianos coreaban "¡tenemos Papa!". Pasaron largos minutos de espera.

Hacia las 6:40 se abrieron las puertas del balcón central con un enorme cortinaje rojo vino. El cardenal chileno, Jorge Arturo Medina Estévez, arzobispo de Valparaiso, en su cargo de protodiácono hizo el anuncio. Con solemnidad, leyó de un libro de ceremonias el "habemus papam".

Venía ahora lo mejor.

Cuando el prelado chileno reveló el nombre del elegido declinado en latín "Iosephum", no había duda. Joseph Ratzinger, el polémico guardián del dogma católico, era el nuevo sucesor de Pedro, y nada menos que con el nombre de Benedicto XVI -no Juan Pablo III, como muchos habían pronosticado.

Tímida alegría

Precedido por la cruz, el recién electo pontífice, con una expresión de tímida alegría, salió al balcón para saludar a la multitud. Desde que hizo su aparición, se hizo evidente que éste será un pontificado distinto del de Juan Pablo II en cuanto a la comunicación del jefe de la Iglesia con sus fieles.

Saludó con las palmas de las manos abiertas hacia afuera, y las unía con un gesto cansado, no vigoroso, quizás comprensible en un hombre que acaba de cumplir los 78 años.

Quizás lo que más contrastó en esta inevitable comparación con Karol Wojtyla fue el breve discurso de 75 palabras de Ratzinger, lejos de las risas y aplausos que arrancó el cardenal arzobispo de Cracovia en octubre de 1978, cuando al hablar en italiano a la multitud les pidió que lo corrigieran si se equivocaba.

Su exhortación le ganó de entrada la simpatía de los romanos y todavía se recuerda en esta ciudad.

El decano del Cuerpo Cardenalicio devenido Papa se refirió a su antecesor al que calificó de grande y se encomendó a las plegarias de los fieles.

Feligreses en la plaza San Pedro.
Desde que hizo su aparición, se hizo evidente que éste será un pontificado distinto del de Juan Pablo II en cuanto a la comunicación del jefe de la Iglesia con sus fieles

Si hubo un gesto que lo confirmó Papa fue la señal de la cruz al impartir la bendición "urbi et orbi", a la ciudad y al mundo. Decenas de miles respondieron persignándose. Era el primer acto del jefe de la Iglesia.

Después de unos minutos, Benedicto XVI se retiró del balcón dejando a la multitud con ganas de aclamarlo más. Un grupo de entusiastas adolescentes italianos coreaban su nombre al ritmo de palmadas: ¡Be-ne-de-tto! Pensé que era una familiaridad no a la par de la imagen de un hombre riguroso y ajeno a las manifestaciones públicas de afecto.

En otras partes de la plaza, bajo la mirada de los santos de las columnatas, muchos daban muestras de alegría con canciones cristianas y danzas.

Del júbilo a la cautela

Quise saber qué pensaban los fieles de la elección de Ratzinger. Las reacciones iban del júbilo y la aceptación hasta la cautela.

El común denominador era: "hay que darle tiempo, ver lo que hace". Muchos se quedaron en la plaza hasta que la policía comenzó a cerrar las barreras y los conminó a retirarse.

Horas después de presenciar el inicio de un nuevo pontificado en la Iglesia católica, el primero del tercer milenio, me pregunto qué impacto tendrá Benedicto XVI en su grey.

¿Marcará verdaderamente una continuidad con Juan Pablo II? ¿Cuál será su influencia más allá del ámbito del catolicismo?

No tengo respuestas pero sí la certeza de que ayer vi hacer historia.



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