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Martes, 8 de noviembre de 2005 - 01:00 GMT
Francia, ¿como en el 68?

John Simpson
John Simpson
BBC, Paris

La primavera pasada, durante una cena en París, un amigo íntimo que dirige uno de los teatros de ópera más grandes de los alrededores de la capital francesa, me dijo: "Tengo el sentimiento constante de que 1968 está a punto de suceder de nuevo".

Un joven se para en frente de las llamas
La violencia en los suburbios más pobres ocurre con frecuencia.
No tenía ni idea de que la violencia iba a comenzar en los aburridos y monótonos suburbios de París.

Argumentaba su pronóstico en que el sistema político francés se había quedado sin ideas y sin credibilidad, y en su conocimiento de los franceses.

Es en esos momentos de debilidad cuando siempre parecen brotar los problemas.

¿Debilidad?

Si el presidente Jacques Chirac y el gobierno de centro-derecha que lo apoya estuvieran en pleno control de la vida política del país, sería difícil pensar que estos largos días y noches de disturbios continuos podrían haber tenido lugar.

La sensación de resentimiento y de rabia en los suburbios habría sido igual de fuerte, pero las multitudes, en su mayoría, se habrían contenido.

Jacques Chirac
Si Chirac no logra controlar a los manifestantes, su imagen podría sufrir un daño fatal.
Mis años de experiencia como reportero cubriendo disturbios y manifestaciones, me han enseñado que las muchedumbres muestran un misterioso sentido colectivo que, de alguna manera cobra mayor importancia que las percepciones y temores de los individuos que conforman la masa.

Y las multitudes tienen una sensibilidad extraordinaria por las debilidades del gobierno.

En los suburbios de las ciudades francesas hay por supuesto un pozo enorme de furia y resentimiento entre los jóvenes inmigrantes de origen norafricano y subsahariano.

Estas barriadas han sido ignoradas de una manera deplorable durante tres décadas, y la violencia en estos lugares es frecuente y sin excepción: durante un fin de semana cualquiera entre 20 y 30 vehículos son atacados e incendiados.

Ocaso de poder

En esta ocasión los disturbios han sido coordinados y planeados.

En algún nivel de la conciencia, los manifestantes saben que el sistema gubernamental al que se enfrentan está profundamente, tal vez incurablemente, esclerótico.

Una familia observa los restos de un edificio incendiado.
Sólo el domingo ardieron más de 1.200 vehículos.

Chirac, que se mantuvo al margen hasta que sus ministros se mostraron incapaces de acordar una línea de acción clara ante los disturbios, parece no tener respuestas cuando habla ahora .

Su presidencia está ensombrecida por una sensación ineludible de corrupción pasada y de debilidad, y su gobierno dirigió a Francia en un momento en que tanto la economía como la posición del país ante el mundo se deterioraron brusca y marcadamente.

No importa que el tiempo le haya dado la razón sobre sus críticas a la invasión a Irak -liderada por Estados Unidos y Gran Bretaña- en 2003: los adolescentes musulmanes que entonces le aplaudieron brevemente, ya se han olvidado de todo.

Aunque, por supuesto, si entonces Chirac hubiera prestado su apoyo al presidente estadounidense, George Bush, y al premier británico, Tony Blair, se encontraría ahora con problemas aún mayores.

También en 1968 el entonces presidente de Francia, Charles de Gaulle, y sus ministros, hablaron con solemnidad de restaurar el orden inmediatamente. Pero no hicieron nada.

Si la policía antidisturbios pudiera haber restaurado el orden lo habría hecho, pero estaban operando por encima de sus capacidades, y su única respuesta era el tipo de violencia que enfurecía todavía más a las multitudes.

Tono anti francés

Policía francesa
La policía no ha podido contener a los manifestantes.
Recuerdo muy bien los disturbios de 1968.

Pero por supuesto las diferencias entre entonces y ahora son tan grandes como las similitudes.

Para empezar, los enfrentamientos de 2005 tratan todavía sobre las quejas amargas y genuinas de las comunidades musulmanas y africanas, ignoradas, menospreciadas y mantenidas durante años en la pobreza por un sistema al que le importan muy poco.

Sólo si un sector mucho más amplio de la sociedad francesa se involucra y se pone de su parte se hará la situación verdaderamente pre revolucionaria, de la manera en que las multitudes de 1968 lo fueron.

Pero en el presente eso parece improbable, ya que los disturbios han tomado un fiero tono anti francés, y la violencia y la destrucción han enfurecido a mucha de la gente que vive en los suburbios.

Espíritu revolucionario

Francia tiende a avanzar mediante arranques impetuosos y "vueltas a empezar", que a menudo están asociadas a la violencia.

Nicolas Sarkosy
Sarkosy parece estar apelando al resentimiento de la Francia conservadora.
Gracias a la revolución, la violencia tiene incluso una virtud que simplemente no posee en países como Gran Bretaña.

Cuando los gobiernos son incapaces de generar cambios, las multitudes de las calles tienen que hacer los cambios por su cuenta.

Mucho tienen que cambiar las cosas. He visto en muchas ocasiones cómo la policía francesa antidisturbios, -profundamente agresiva y feroz- , atacaba a musulmanes y africanos en las calles durante los periodos de problemas.

El pasado mes de marzo, Amnistía Internacional denunció la violencia y el racismo con que la policía francesa se dirige a la población no blanca de los suburbios urbanos.

Nicolas Sarkozy, el ministro del Interior, ahora parece estar haciendo juegos políticos con la situación, al apelar a las actitudes más básicas y rencorosas de la Francia conservadora.

Mucha de la violencia en las calles de las ciudades francesas es absurda; parte de ella es maligna.

Pero aplastarla simplemente no funcionará. Y de todos modos, tanto la policía civil como las fuerzas especiales antidisturbios han tratado de hacerlo así y su dureza no ha hecho más que empeorar las cosas.

Francia va a tener que asumir cambios hacia su poco dispuesta y a menudo molesta población de jóvenes descendientes de inmigrantes, y va a tener que acomodarlos mejor.

No es suficiente pedir que esta gente abandone su percepción de sí mismos y se adapte al modo en que Francia ha ordenado tradicionalmente sus asuntos.

Sobre todo debe haber un cambio de actitudes al nivel más alto. Y si Chirac no puede hacerlo, sufrirá daños fatales como presidente.



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