A principios de año el "Viejo Gran Partido", el sobrenombre del partido Republicano, parecía poderoso y confiado.
El Partido Republicano no está tan fortalecido como lo estaba a comienzos de año.
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El presidente George Bush había logrado una convincente reelección y parecía tener el camino despejado para impulsar su agenda.
Menos de un año después, la popularidad del presidente luce en picada y su capacidad para adoptar sus planes políticos parece bastante disminuida. Entre otras razones, por los problemas que enfrentan algunos de sus aliados.
El líder republicano en la Cámara de Representantes, Tom DeLay, tuvo que renunciar a su cargo en medio de una investigación por el supuesto uso ilegal de fondos de campaña.
Su par en el senado, Bill Frist, podría ser procesado si se confirma un manejo indebido de acciones en una empresa familiar que hace poco se declaró en quiebra.
Pero lo peor para el presidente es el cerco que parece cerrarse sobre su principal colaborador, Karl Rove, quien es insistentemente señalado como la persona que filtró a la prensa el nombre de una agente de la Central de Inteligencia, la CIA.
Este viernes, Rove deberá comparecer por cuarta vez ante el Gran Jurado Federal que analiza el caso, que de comprobarse constituiría un delito federal al poner en riesgo la seguridad nacional y la vida de la agente en cuestión, Valerie Plame.
Todo por Irak
El liderazgo de su partido dejó de ser un lecho de rosas para el presidente Bush.
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Plame es esposa del embajador Joseph Wilson, quien en 2003 aseguró públicamente que las acusaciones de que Saddam Hussein estaba tratando de comprar uranio en Niger para su supuesto programa nuclear eran infundadas.
Wilson acusó al gobierno estadounidense de torcer la información de inteligencia para justificar la guerra contra Irak.
Poco después, el columnista Rovert Novak escribió un artículo en el que se hacía referencia por primera vez a Plame como vinculada a la CIA.
Inmediatamente se abrió una investigación para determinar la fuente de la información. En medio de ese proceso una periodista del New York Times, Judith Miller, estuvo 85 días presa por negarse a revelar el nombre de su fuente.
Miller se presentó este miércoles ante el Gran Jurado. Tras su comparecencia todo indica que Lewis Libby, jefe de gabinete del vicepresidente Dick Cheney, también está involucrado.
En junio de 2003 Libby tuvo una conversación con Miller sobre el embajador Wilson, semanas antes del artículo de Novak, lo que podría indicar que había en marcha una estrategia para anular las opiniones del diplomático.
Enredo político
Todos los analistas coinciden en que es un mal momento para el presidente Bush perder a Karl Rove, su asesor desde tiempos de la gobernación en Texas y para muchos el verdadero estratega republicano.
DeLay interrumpió su gestión en la cámara baja del capitolio mientras es investigado.
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Bush se enfrenta a una opinión pública crecientemente descontenta por la dinámica de la guerra en Irak. Un "pantano político" como lo han definido los demócratas, donde 2000 soldados estadounidenses han muerto, sin que la población perciba que haya mejoría.
Con la mala marcha de las cosas en Irak, con su goteo diario de muertes, con el efecto que ha tenido en el precio del combustible en la gasolinera de la esquina, el ciudadano promedio empieza a preguntarse si valió la pena invadir aquel país.
Al fin y al cabo no tenía las temidas armas de destrucción masiva y ya se sabía que no tenía vínculos con al- Qaeda.
Callar y otorgar
Para el votante estadounidense las mentiras desde el poder son cosa seria. Mentir, y no tanto espiar, fue lo que le costó la presidencia a Richard Nixon tras el caso Watergate en 1974.
Ahora Rove y Libby podrían estar en problemas por no haber sido del todo honestos durante la investigación federal sobre la filtración del nombre de Plame.
Dos posibles nuevos nombres para la lista de notables del partido republicano con asuntos pendientes ante la justicia.
Con seguridad reforzará el sentimiento de muchos estadounidenses de que el gobierno no tuvo razones para invadir Irak, y lo que puede ser peor: ahora no tiene estrategia para salir de allí.
Karl Rove en la convención nacional de su partido en agosto de 2005.
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El presidente Bush suele aceptar todas las preguntas de los periodistas, aunque no las conteste como quisiera el que lo interroga.
Pero el martes, el presidente prefirió no contestar sobre el efecto de los problemas de Rove en el gobierno.
Reza el dicho de que "el que calla, otorga", así que un análisis posible del silencio presidencial sería que la Casa Blanca ya resiente los problemas que enfrenta su principal asesor.