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Jueves, 15 de septiembre de 2005 - 05:18 GMT
Nueva York es un caos por la cumbre

Carlos Chirinos
BBC Mundo, Washington

"Esto no suele ser así", me dice Goran, un taxista serbio, mientras los dos nos impacientamos en la Avenida Lexington, en pleno centro de Nueva York.

Policía en calle de Nueva York
Las barreras policiales tienen colapsado el corazón de la ciudad.
Yo debo llegar a una entrevista que he perseguido todo el día y quiero que el taxímetro deje de cobrarme por un servicio que no estoy recibiendo, porque el taxi no se mueve desde hace varios minutos.

Goran, aunque está cobrando, también quisiera que las cosas fuera distintas. Se percibe tras su fuerte acento eslavo una nostalgia de tiempos mejores, menos congestionados.

Y no muy lejanos al parecer: apenas el lunes, antes de que empezara la Cumbre Mundial con la que Naciones Unidas abrió su 60 Asamblea General.

"Todo es culpa de los jefazos" se queja Goran refiriéndose a los reyes, presidentes y primeros ministros que en número superior a 160 se van acumulando desde ese mítico lunes pasado en los mejores hoteles de la isla de Manhattan.

El problema es que los albergues para "sus excelencias" están concentrados en unas pocas cuadras céntricas de la ciudad.

Así que los cortes de calles, o los controles de tráfico, o las barreras policiales, tienen colapsado el corazón de la ciudad. No hay escapatoria porque la urbe es muy estrecha.

Son la nueve de la noche y se supone que ya más de la mitad de la gente que atesta las calles debería estar en su casa. El cálculo lo aventuro yo, que confieso no haber vivido esta ciudad desde una perspectiva laboral.

Dos horas después

Calle de Nueva York
Manhattan es una isla muy estrecha.
Yo que aquí sólo he sido en algunas ocasiones un turista, tengo que soportar el fin del verano de traje y corbata y llevando al hombro una pesada computadora con los equipos de grabación.

Para llegar a la ONU desde mi hotel tomo un taxi. Tarda más de lo que debería y me deja varias cuadras más lejos de lo que desearía.

Salgo al sol y me uno a la inmensa fila de colegas que espera el lento visto bueno de seguridad para entrar al pasillo que atraviesa el patio que entra al edificio en el que está la atestada sala de prensa.

No he hablado con nadie, no he escrito nada, ni siquiera he llegado a mi escritorio y ya tengo más de dos horas trabajando.

Pero no crean que me quejo. Es una experiencia interesante atestiguar desde adentro el desarrollo de lo que se dice que es la mayor cumbre de líderes mundiales en la historia.

Poder toparse con esa cantidad de dignatarios y de pronto poder conversar "fuera (o dentro) de micrófono" con la gente que define la política del mundo, son momentos, como asegura la gente de la tarjeta de crédito aquella, que "no tienen precio".

Sin embargo espero, como hace Goran el taxista serbio, que todo vuelva a la normalidad.

Que vuelvan los tiempos en los que el caótico tráfico neoyorquino a mi no me daba ni frío ni calor.

Y que yo regrese como un turista más al plácido Nueva York al que estamos acostumbrados.



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