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Jueves, 8 de septiembre de 2005 - 21:42 GMT
Shakespeare en Kabul
Alfonso Daniels
BBC Mundo, Afganistán

Shakespeare aterrizó en Kabul, o así les debió de parecer a unos 400 afganos que presenciaron atónitos "Trabajos de Amor Perdidos" (Love's Labour's Lost) del dramaturgo inglés. Es la primera vez en 27 años que se muestra una obra suya en Afganistán.

Actrices representando obra de Shakespeare en Kabul, Afganistán.
Las actrices no llevaban burkas ni velos en el escenario.

La obra se representó en los jardines de Bagh-e-Babur del siglo XVI que dominan la caótica y polvorienta ciudad.

Éste otrora frondoso rincón de Kabul está siendo reconstruido tras sufrir las consecuencias de años de guerra civil.

Los espectadores más pobres, vestidos con trajes raídos y todo ellos hombres, se sentaron sobre una pared situada al borde del patio, alertados por la música que provenía del lugar.

Mientras, abajo, los más pudientes estaban sentados en sillas de plástico distribuidas alrededor del escenario.

La obra trata sobre cuatro nobles que buscan la inmortalidad, encerrados para dedicarse completamente al estudio y la contemplación, ayunando, rezando y comprometiéndose a no ver a ninguna mujer en tres años.

Sin embargo, la visita de cuatro hermosas doncellas da al traste con estos planes.

Pero esta historia de amor estaba ambientada en Afganistán y no en España, los diálogos transcurría en dari -un dialecto afgano del farsi- en vez de inglés y los personajes habían sido cambiados por lo que Fernando de Navarra se convertía en el flamante Rey Haroon de Kabul.

De rusos a indios

Muestra de obra de Shakespeare en Kabul
El auditorio estaba dividido entre pobres y pudientes, los que veían la obra desde arriba y los de abajo.

También algunas escenas debieron de modificarse para no herir la sensibilidad local.

La escena en que los nobles intentan seducir a las doncellas disfrazados de rusos, por ejemplo, tuvo que sustituirse por otra donde aparecen como indios al ritmo de música de Bollywood.

La invasión soviética en 1979, que duró diez años, seguida de una cruenta guerra civil, se saldó con 1,3 millones de afganos muertos.

A medida que desfilaban los actores, vestidos con llamativos trajes de colores, y la historia se desgranaba, las miradas serias del público se tornaron en sonrisas y finalmente en carcajadas cuando los nobles recitaban cartas de amor, escondiéndose apresuradamente cuando aparecían sus compañeros por temor a que se descubriese que estaban enamorados.

El público no daba crédito a sus ojos, contemplando sorprendido los continuos coqueteos entre hombres y mujeres que aparecen en la obra.

Algo hasta ahora impensable en un país donde los talibanes habían prohibido hasta la música y el teatro, antes de ser derrotados hace poco menos de cuatro años por una coalición liderada por EE.UU..

Un final feliz

Muestra de obra de Shakespeare en Kabul
A medida que desfilaban los actores las miradas serias del público se convertían en carcajadas.

El público aplaudió al final de la obra, la última de cinco representaciones que se han presentado en Kabul durante estas últimas dos semanas.

El actor que actuaba de Rey Haroon comentaba sonriente, rodeado de los otros actores todos ellos profesionales: "Estoy contentísimo. No me puedo creer la reacción de la gente. Esta es la quinta vez que actuamos y siempre ha habido muchísimo público".

Pero el éxito de la obra no ha conseguido evitar duras críticas de la prensa conservadora afgana que ve la obra como una imposición de valores occidentales.

La presión aún antes que la obra fuese presentada fue tal que una de las actrices hasta debió de abandonar su casa porque los vecinos pensaban que era una prostituta pues los ensayos no le permitían llegar temprano a la casa.

La directora Corinne Jaber, una actriz canadiense de origen libanés, recordaba: "Tuvimos muchísimos problemas al comienzo para encontrar actrices. Ha sido muy duro pero estoy feliz. Hemos demostrado que la mujer puede trabajar y que actuar no es lo mismo que prostituirse".

Uno de los espectadores, Kefyatullah Nabikhil, periodista local de 30 años, comentaba serio: "Me he sorprendido a mí mismo riendo en algunos momentos. Pero los afganos que viesen esto pensarían que Occidente quiere imponerles su cultura".



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