Los habitantes de Nueva Orleans pasan la noche en la oscuridad casi absoluta.
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Sólo se comprende la magnitud de lo sucedido cuando se experimenta la oscuridad absoluta de una noche en la ciudad.
Son las seis de la tarde, empieza el toque de queda.
Con las últimas luces del día se multiplican los vehículos militares y policiales que recorren estas calles que ya no son de nadie.
Estoy "montando guardia" con un colega de la BBC, en la puerta del hotel de Canal Street donde desde hoy tenemos cama, aunque no tengamos ni agua ni luz ni servicios.
Estamos del lado de adentro, claro.
Esperamos a que Henry, un inmenso guardia privado tejano y su también inmenso rifle, regresen para poder ir a dormir.
Va a ser difícil.
Por el calor, porque las ventanas están todas cerradas y no hay circulación de aire.
Por la tensión, porque el silencio y la oscuridad absolutas se ven cada tanto interrumpidos por los gritos de la calle.
No es típico toque de queda
Hay mucha gente deambulando y la policía no puede arrestarlos a todos o llevarlos a los centros de refugio.
Les pasan al lado, los analizan, siguen su camino.
Si ven a alguno sospechoso le gritan "freeze", algo así como "alto ahí".
Creo que algunos no atienden el alto porque se escuchan los pasos y el jadeo de quienes corren.
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Los gritos ocasionales de la policía y las fogonazos de luces de tanto en tanto te recuerdan por qué estamos donde estamos
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El calor no me deja conciliar el sueño y decido volver a la cama que ha sido todos estos días para mi la camioneta que alquilé.
Henry no me desaconseja volver a la calle, me dice que Canal Street, donde se ha establecido "de hecho" el centro de la prensa, es el sitio más seguro de la ciudad.
También podría decirse que es el más apetecible.
Islote de vida
En los últimos dos días han venido llegando decenas de camiones de transmisión con provisiones y con plantas eléctricas.
Es el único sitio con vida de una ciudad que ya no es más que una carcaza.
Esa luz podría atraer a los miles de desesperados que sólo unas cuadras más allá se preparan para terminar la semana como la empezaron, como refugiados en su propia ciudad, sin la asistencia que necesitan.
Hasta el viernes éramos pocos, ya somos una villa periodística.
Problemas al atardecer
Cuando cae el sol empiezan a complicarse las cosas.
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Cuando cae el sol es que las cosas se complican en Nueva Orleans.
Los refugiados se quejan del calor y la luz que hiere los ojos, pero cuando es de noche sustituyen la expectativa de la ayuda que no termina de llegar por el miedo y la inseguridad.
Al final paso la noche en el autobús que sirve de "centro de operaciones" a la BBC.
Las delgadas cortinas me aíslan de la desolación circundante.
En este sofá de cuero podría olvidarse uno de lo que pasa afuera.
Pero los gritos ocasionales de la policía y las fogonazos de luces de tanto en tanto te recuerdan por qué estamos donde estamos.
Optimismo pese a todo
Solo de noche se comprende la magnitud de lo sucedido en Nueva Orleans.
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Pienso en Pedro, un optimista hondureño que en su muy olvidado español me dice que pasará la noche junto a un viejo vehículo americano de lujo con el que hacía de taxista a los ahora abandonados hoteles de la zona.
Se queda ahí en esa oscuridad porque se siente cómodo en una zona que conoce.
Además, me dice, hay que "cuidarla" porque "aquí seguiremos trabajando dentro de pocas semanas".
Pero si alguien comparte el optimismo de Pedro, con toda seguridad una noche en Nueva Orleans sería suficiente para reevaluarlo.