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Viernes, 21 de enero de 2005 - 01:23 GMT
Juramentación de película

Carlos Chirinos
BBC, Washington

Si la vida imita al arte, en el caso de Estados Unidos quizá la vida imite al séptimo arte. Al menos en lo que a eventos públicos se refiere.

El presidente George W. Bush y la primera dama Laura Bush, caminan durante el desfile de juramentación frente a la Casa Blanca
Aunque se trató de un evento público, no era particularmente abierto a los ciudadanos.
La toma de posesión del presidente fue como esperaría uno que se viera en cualquier producción de Hollywood.

Seguramente que US$40 millones, el costo de las celebraciones, deben ser fondos suficientes para pagar hasta el último detalle.

Y para muestra uno, los neumáticos de los vehículos usados para el desfile presidencial posterior a la juramentación lucían un impecable negro caucho. Eso a pesar de que el asfalto de la capital estadounidense amaneció enfangado por la nevada de la víspera.

Es de esperar que la limosina presidencial luzca impoluta, pero ¿los camiones y ambulancias que venían detrás de la caravana? No parece haber dudas de que a alguien le pagaran para que estuviera atento de esos detalles.

Público, no de masas

Otro detalle es que si bien se trató de un evento público, no era particularmente abierto a los ciudadanos. Los organizadores aseguran que hasta 400.000 personas presenciaron los eventos del día.

Algunos comentaristas aseguran que podrían haber sido más, si la gente se hubiera sentido más bienvenida. Para entrar a la zona del desfile había 20 puntos de control.

El presidente George W. Bush dirige su discurso, a la izquierda, el ex candidato John Kerry
Los organizadores aseguran que unas 400.000 personas presenciaron los eventos.
En su primera página el Washington Post trata de responder la pregunta que muchos se hicieron estos días: ¿puedo o no puedo ir a la juramentación? La respuesta fue algo así como "no está del todo claro, vaya e intente".

El intento no era sencillo. Varios anillos de seguridad separaban a la gente de los centros del evento, el Capitolio, lugar de la juramentación, y la Avenida Pennsylvania, por donde se realizó el posterior desfile presidencial.

Una vez del otro lado no había manera de poner un pié en el asfalto. Barreras de hormigón, vallas metálicas, y detrás de ellas, una hilera continua de uniformados cubría los tres kilómetros que separan al Capitolio de la Casa Blanca.

A causa de ese laberinto de vallas y rejas terminé inadvertidamente al otro lado de la zona de seguridad. No pude volver a entrar, ni siquiera con el pase de prensa que se suponía que me franqueaba el acceso.

Afortunadamente, varias cuadras más allá un agente más comprensivo me dejó pasar a continuar con mi trabajo.

Los unos, los otros

En los cinco puntos de control de seguridad en los que intenté regresar a la zona del desfile, cientos de personas formaban una compacta masa que esperaba entrar.

En esa masa se mezclaban detractores y simpatizantes del presidente. Los primeros reconocibles por la cantidad de pancartas y hasta pintura en las espaldas desnudas, pese a que la temperatura rondaba los -2 grados centígrados.

Manifestantes en las calles de Washington durante la juramentación de George W. Bush
Cientos de personas se manifestaron en contra y a favor de Bush.
Un grupo le pintó un bigotito a lo Adolfo Hitler a la fotografía de página entera de portada con la que circuló The Washington Post.

"No es una comparación exagerada", aseguró a la BBC, Adela, una neoyorquina nacida en México.

"Ahora mismo quizás Bush no sea lo mismo, pero potencialmente es un peligro tan grande como el que representó Hitler en su momento".

Al otro lado de la pancarta de Adela, un hombre reconocía que aunque el presidente había tenido una política agresiva y había invadido otros países, lo había hecho "para esparcir la democracia y la libertad".

Polarización

Ese argumento difícilmente convenza a los detractores. En realidad casi ningún argumento parece capaz de modificar la opinión del contrario.

Para los seguidores de Bush, considerados como tendencia conservadora, el momento que vive el país exige unidad. Algunos consideran que los que le critican son "traidores a la patria".

Una mujer no identificada participa en las protestas en Washington durante la juramentación de George W. Bush
Algunos manifestantes abuchearon la caravana del presidente durante el desfile de juramentación.
En medio de una masa de opositores, Helen Fieldman sostenía un pequeño cartel en el que se leía "Saludo a mi presidente y comandante". No parecía molesta por las manifestaciones que en contrario hacían sus compañeros de fila.

"Eso es la democracia. Y ellos pueden expresarse en gran parte gracias a decisiones que han conservado nuestras libertades" ¿Como Irak? le pregunté, "como Irak" respondió Helen.

Cara contra cara.

Pero no lejos de allí observé una acalorada discusión en la que dos hombres de mediana edad se gritaban como suelen hacerlo los jugadores de béisbol cuando están en desacuerdo con el árbitro del juego.

Al acercarme me di cuenta de que eran "gritos" de sordos. Uno hablaba de Irak y Vietnam, el otro de la Segunda Guerra Mundial.

De haber podido conversar calmadamente, seguramente habrían encontrado un terreno común de argumentación.

Tensas

Las cosas se pusieron tensas en al menos dos de los puestos de control. La sospecha de que la policía no los estaba dejando pasar hizo que un grupo de manifestantes quisiera forzar su entrada al área del desfile.

Integrantes de una comparsa de Mobile, Alabama que participó en el desfile de juramentación del presidente George W. Bush
La toma de posesión parecía una producción de Hollywood.
Inmediatamente salieron de las calles aledañas decenas de policías en motos y con equipos de control de manifestaciones. No tuvieron que usarlos, al parecer fue suficientemente intimidante la demostración de fuerza y los revoltosos se retiraron.

Lo curioso es que mientras en los puestos de vigilancia cientos de personas hacían fila para ingresar, los bordes de la Avenida Pennsylvania se mantuvieron relativamente vacíos casi hasta el inicio del desfile.

Incluso en las graderías, sitios por los que la gente había pagado, en algunos puntos, hasta US$100.

Muchos de ellos son los tejanos que desde que llegaron a la capital no se han quitado el sombrero y las botas vaqueras. Quieren dejar testimonio público de su vínculo político y territorial con la familia Bush.



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