El presidente de Estados Unidos, George W. Bush, prometió poner todo su peso político para lograr un reforma migratoria que permitiría legalizar la situación de muchos indocumentados.
Bush quiere volver a abordar la reforma migratoria, aunque también hay otros temas urgentes.
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En una entrevista que publica en su edición del miércoles el periódico The Washington Times, el presidente estadounidense dejó claro que una de las prioridades de su segundo mandato, que empieza en una semana, será la reforma de las leyes migratorias.
Desde que el año pasado Bush presentó su plan para "cerrar la puerta trasera a los inmigrantes ilegales", la iniciativa perdió impulso en medio de la polémica y de la necesidad de avanzar en temas más urgentes en el calendario político, como la reforma de los servicios de inteligencia.
Consciente de lo sensible del tema, lo primero que dijo el presidente Bush en la entrevista con The Washington Times es que la idea no es darle la ciudadanía instantánea a los inmigrantes como temen algunos y como esperarían muchos de los eventuales beneficiarios.
Amnistía o legalización
La reforma permitiría legalizar a por lo menos la mitad de los 10 millones de indocumentados que se estima existen en Estados Unidos, un gran porcentaje de ellos latinoamericanos.
"Un mejor futuro es posible".
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Pero para eso, los aspirantes al estatus de legalidad primero tendrían que demostrar que los trabajos que ejercen no pueden ser realizados por estadounidenses, o que éstos no quieren hacerlos.
Para los críticos, regularización se lee como amnistía, figura que no merecerían quienes, según estos grupos anti-inmigrantes, han quebrantado la ley y puesto en peligro la seguridad nacional.
Es la posición del grupo de 71 parlamentarios conocido como Asamblea de Reforma de la Inmigración ("Immigration Reform Caucus").
El grupo sostiene que los problemas sociales son provocados por la inmigración ilegal, y promueve mayores controles al flujo de extranjeros, ilegales o no.
Del otro lado, el Foro Nacional de Inmigración, una coalición que favorece la reforma, asegura que los críticos del presidente no logran presentar una mejor opción a la propuesta gubernamental.
Acuerdos difíciles
Para muchos analistas, la mejor y casi la única manera de lograr la aprobación de las nuevas leyes migratorias, sería un acuerdo bipartidista.
Los inmigrantes deberán aspirar a trabajos que no puedan o no quieran hacer los estadounidenses.
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Pero incluso dentro del Partido Demócrata, muchos se oponen a los planes presidenciales, como muestra el hecho que sólo tres de los representantes de la Asamblea de la Reforma de Inmigración son demócratas.
Si a eso se suman los compromisos derivados de las negociaciones hechas a fines del año pasado, que garantizaron la aprobación de la reforma del sistema de inteligencia, pueden presagiarse dificultades para la reforma migratoria.
Algunos temen que una reforma sea como una invitación para que muchos decidan venir a Estados Unidos y eventualmente puedan sacar provecho del nuevo sistema.
Si los parlamentarios prestan atención a las cifras de inmigrantes ilegales capturados en 2004 en la frontera con México, más de un millón, y consideran que creció un 25% desde que Bush anunció su plan, es posible que el músculo político presidencial deba emplearse a fondo.
Un problema mayor, según algunos analistas, es que hay temas más urgentes en la agenda legislativa como la reforma del seguro social o la política tributaria, por lo que la reforma migratoria puede pasar a un segundo plano.
Mucho dependerá de cuánto capital político la Casa Blanca esté dispuesta a invertir en el esfuerzo.