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Martes, 11 de enero de 2005 - 21:27 GMT
Krakatoa: el primer tsunami moderno
Simon Winchester
Historiador, estudioso de la erupción de Krakatoa

El maremoto del 26 de diciembre en el Sudeste Asiático no fue la primera vez que un fenómeno sísmico en Indonesia acapara los titulares de todo el mundo.

Monte Merapi, en Indonesia.
La explosión del volcán de Krakatoa, hace más de 120 años, tuvo consecuencias dantescas.

A fines del siglo XIX, olas gigantes arrasaron con las costas de los países alrededor del Océano Índico, como consecuencia de la erupción de un volcán, muy cerca del epicentro de la reciente catástrofe, en la extinta isla de Krakatoa.

Era la mañana de un lunes de agosto de 1883. Un alemán, gerente de una cantera, dejó para la historia el relato de cómo fue arrastrado por un torrente de agua que alcanzó la cima de su edificio de tres plantas, a su vez ubicado sobre una colina de 30 metros sobre el nivel del mar.

La ola gigante provocada por la explosión del vecino volcán debe haber tenido un frente de por lo menos 40 metros.

El hombre decide dónde vivir; el planeta decide dónde se lo permite

El sobreviviente recuerda en sus notas ser llevado, sobre la cresta del tsunami, muerto de miedo, mientras el gigante devoraba la jungla a sus pies.

El relato incluye a un cocodrilo, al que el empresario se aferró a modo de tabla salvavidas, hasta que fueran depositados en suelo firme a unos 3 kilómetros tierra adentro.

"Primera catástrofe moderna"

En síntesis, ése es el relato oficial de lo que se considera la primera catástrofe moderna de la que se tiene registro preciso.

Más de 120 años después, la misma falla geológica que causó el colapso del volcán de Krakatoa, causó el maremoto con epicentro en Sumatra.

Los efectos, trágicos y devastadores, también fueron muy similares, y repercutieron en todo el mundo.

Mapa de la extinta isla de Krakatoa.

En aquella ocasión, primero, hubo una detonación ensordecedora, la más potente desde que el hombre empezó a registrar tales fenómenos.

El jefe de policía de la isla Rodríguez lo escuchó bien claro, como el disparo de un cañón naval - sólo que él estaba a 4.776 kilómetros de distancia.

Es como si en Londres se escuchara, con perfecta claridad, una explosión ocurrida en Washington, Estados Unidos.

Entonces, la isla explotó con una poderosa erupción, lanzando un chorro de cenizas, humo y fuego de 48 kilómetros de altura.

Más tarde, sobre la superficie, se encontraron enormes islas flotantes de piedra pómez, llenas de cadáveres, a 6.500 km de distancia.

Y también llegaron las olas gigantes, cuatro de ellas. Inmensamente altas, inmensamente rápidas.

Chocaron contra las costas de Java y Sumatra, arrasando con todo y matando a unas 40.000 personas.

Después de la tragedia

Durante años, los escombros quedaron como mudos testigos de la catástrofe.

Una lancha patrulla quedó varada a unos cinco kilómetros adentro de una isla, y permaneció allí por más de un siglo. Yo incluso encontré algunos trozos, oxidados y cubiertos de enredaderas en los años 90.

Una puesta de sol en Phuket, Thailand, 10 días después del maremoto.
Ya apenas quedan escombros en una playa de Phuket, Thailand

Al final, y como siempre ocurre, los habitantes de las islas del sudeste asiático se recuperaron de la catástrofe de 1883.

Después de todo, los volcanes más grandes que recuerda la historia, Toba y Tambora, explotaron muy cerca, aunque el único legado que nos queda de aquello es puro mito, y las heridas que dejaron se perdieron en la historia.

Tanto psicológica como físicamente, los efectos de Krakatoa fueron profundos, como lo son las intangibles consecuencias de las tragedias verdaderamente grandes.

La diferencia clave acerca de Krakatoa fue que la noticia corrió alrededor del mundo en minutos, gracias a los cables submarinos de telegrafía que acababan de ser instalados.

Se trató, si usted quiere, del primer gran evento de la "aldea global".

En busca de respuestas

Sin embargo, la noticia del hecho no fue suficiente para contener la especulación y el miedo ante la falta de respuestas sobre el cómo y el por qué.

Recién en los últimos 50 años la ciencia ha sido capaz de explicar los fenómenos relacionados con las erupciones volcánicas y los terremotos.

Por ello, y a pesar de toda la información disponible, en 1883 el mundo estaba asustado y desconcertado con lo ocurrido.

Muchos optaron por una interpretación divina, como en la isla de Java, donde los sacerdotes islámicos decretaron que la erupción era una señal del descontento de Alá, y promovieron un levantamiento contra los colonizadores holandeses.

Pero lo que más me sorprende de la condición humana, en especial después de semejante catástrofe, es que la gente no sólo se recupera, sino que regresa a la puerta del peligro.

Atracción fatal

Los sitios más vulnerables ante las fuerzas de la naturaleza son, invariablemente, los más atractivos.

Parque Nacional de Yellowstone, Estados Unidos.
El volcán bajo el parque de Yellowstone, en EE.UU., es una bomba de tiempo.

Cadenas montañosas, líneas costeras, penínsulas, islas, consecuencia de alguna dramática razón geológica, ejercen una atracción fatal para el ser humano.

Por citar algunos ejemplos, millones viven en las inmediaciones de San Francisco, en California, Estados Unidos, un sitio de gran peligro por la amenaza de terremotos, al igual que gran parte de Japón.

De igual forma, bajo el parque estadounidense de Yellowstone duerme un volcán gigante, que puede entrar en erupción en cualquier momento.

En las Filipinas, tras una erupción volcánica, nuevas villas son construidas encima de los fértiles campos de lava, exactamente en la senda de la próxima catástrofe.

Y también son miles los que ahora viven en las costas que miran a las hermosas reliquias de la isla de Krakatoa, aún humeante hoy día.

Pronto, sin duda, los pueblos florecerán una vez más en Banda Aceh y en el sur de Trincomalee, Sri Lanka, y en las costas de Tamil Nadu.

La humanidad prefiere vivir al filo del peligro, y escapar de sitios seguros, como las grandes planicies de Siberia.

El hombre decide dónde vivir; el planeta decide dónde se lo permite.



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