Quizás no haya otra ciudad europea con una historia más extrema que Berlín. En un siglo vivió la dura y agónica monarquía del último rey prusiano, la fugaz república de Weimar, el fascismo, el socialismo, la economía social de mercado y ahora el incipiente capitalismo sin más.
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Quince años después
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Berlín occidental fue por cuarenta años una extravagante isla poblada de náufragos felices (por lo menos eso dicen ellos) que apenas se interesaban por el resto de Alemania.
De los berlineses del oeste que he conocido en los últimos años, ninguno estuvo en más de tres ciudades alemanas, mientras que yo he conseguido en poco más de cinco años y sin el menor esfuerzo turístico conocer por lo menos veinte. Mucho de ese carácter insular se conserva en el Berlín reunificado; la gente no se quiere ir.
Berlín no es Alemania
A quince años de la caída del muro, Berlín sigue siendo una ciudad en estado provisorio.
No sólo las muchas obras sin terminar, sino también la infinidad de clubes clandestinos improvisados en el sótano de algún viejo edificio, los bares que cambian de ubicación cada semana.
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La generación de la Alemania unificada todavía no se ha dado
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También los alquileres a precios ridículos comparados con otras capitales europeas, las viviendas, también, que parecen del Tercer Mundo, con calefacción a carbón y baño en el pasillo de la escalera del edificio.
En el resto de Alemania la confrontación entre la ex Alemania comunista y la capitalista es inexistente o sólo se conoce por televisión; Berlín es exactamente el empalme entre los dos mundos.
Ambos mundos
El barrio en que vivo se llama Prenzlauer Berg, un área de trabajadores de la ex Alemania comunista ahora colonizado por gente más o menos cosmopolita y ociosa.
No muy lejos, quizás unas diez cuadras al norte, comienza otro mundo. Ya no se ven cafés ni bares de moda; se ven muchos edificios altos. Para un alemán, vivir en un edificio de más de 4 pisos es estar pasándola mal.
Allí están, como confinados, muchos de los habitantes de la ex Alemania oriental; más al norte se comienzan a ver neonazis que circulan con sus uniformes como quien sale con su atuendo de trabajo. En el resto de la Alemania occidental es impensable ver a alguien vestido de neonazi; sólo se ve en el este alemán y en Berlín.
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27 años diviendo Europa
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Hasta hace muy poco era muy fácil saber cuando alguien venía de Alemania del este: cuando se presentaba y venía la pregunta fatal: "¿De dónde eres?", comenzaba la turbación, la furtiva mirada hacia abajo y la confesión: "Del este".
La vergüenza muestra que los alemanes occidentales no trataron nada bien a sus compatriotas orientales; la mezquina manera de recordarles lo que han gastado e invertido en ellos y cierta condena por "haber vivido en lo falso" los marcaban.
Desde hace muy poco, sin embargo, comencé a ver que la incomodidad ya no es automática; algunos, los muy jóvenes, responden sin el menor problema.
La típica pregunta del turista de "por dónde estaba el muro" se hace cada vez más difícil de responder. Muchos berlineses ya no lo recuerdan y los restos que aún están en pie son tan pocos que parecen falsos.
Pero los mundos que delimitaba están lejos de haber desaparecido. Quince años, quien lo diría, es aún poco; la generación de la Alemania unificada todavía no se ha dado.