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Martes, 7 de septiembre de 2004 - 21:27 GMT
Testimonios de sobrevivientes

En entrevistas con sobrevivientes, publicadas por diarios rusos, emergen dramáticos detalles de lo ocurrido en la escuela de Beslan.


Marina Kozyreva, madre de una colegiala y quien paso los tres días en el gimnasio de la escuela, habló con el periódico Kommersant.

Sobreviviente de la toma a la escuela en Beslan.
Los sobrevivientes cuentan conmovedoras historias.

Los tres días que estuvimos como rehenes, prácticamente los pasamos uno encima del otro. Éramos unas mil cien personas apretujadas allí.

Hombres armados se acercaban periódicamente y, sólo por bromear, nos ordenaban a todos pararnos o sentarnos. Y así durante todo el día.

Además, pusieron un enorme artefacto explosivo en el medio -de unos 50 centímetros por 50 centímetros-, controlado por un mecanismo detonador. Uno de los terroristas lo oprimía con el pie. Cuando se cansaba, apilaba libros encima.

Los niños estuvieron muy calmados. Mucho más que los adultos. Los adultos hablaban entre sí, por eso los pistoleros dispararon contra muchos de ellos.

Ellos estaban preparados para morir, en especial al segundo y tercer día, porque los hombres armados decían que nadie podría entrar a la escuela y que a la gente del exterior no le importábamos.

No quieren darles agua o comida", decían. También decían que nadie los había contactado y que nadie les había pedido nada.

A veces cogían las ropas de los niños, las empapaban en un balde y luego trapeaban el piso. Después nos arrojaban las prenda y nos decían: "beban eso".


Marat Khamayev, 15 años, también hablando para Kommersant.

Al principio nos dejaban ir escoltados al baño. Después dejaron de hacerlo y sólo se lo permitían a los más pequeños. Todo el tiempo los explosivos pendían sobre nosotros. Los habían pegado allí con cinta adhesiva.

Antes del asalto los bandidos empezaron a discutir entre ellos sobre algo. Yo he pasado largo tiempo en Chechenia y conozco el idioma. Ellos no hablaban en checheno, lo hacían en un lenguaje extraño, como árabe, también en ingusho.

Uno de los pistoleros leía constantemente el Corán. Yo conté exactamente 23 hombres armados. El líder estaba todo el tiempo en el techo, con un rifle de francotirador. Nos dimos cuenta de que era el jefe porque los otros iban a pedirle consejo.

A los pupilos de más edad se les forzó a cargas escritorios para hacer barricadas en las ventanas. Cuando el asalto empezó, uno de los bandidos gritó: "yo los voy a salvar". Todo el mundo empezó a correr hacia él y en ese momento hizo explotar una bomba que llevaba encima, matando a muchos.

Nunca dejaron que nadie durmiera. Si alguien se adormecía, lo sacudían y le decían que no podía dormir. La explosión se produjo debajo del techo, no hubo explosión externa. Cuando el asalto se produjo yo arrastré a dos chicas conmigo hacia afuera.


Diana Gadzhinova, una rehén de catorce años, hablando para el diario Izvestiya.

Un padre en busca de su hija.
Muchos familiares siguen en busca de sus seres queridos.

Nos tomó a todos por sorpresa. Nos habían dicho que habría conversaciones y nos ordenaron yacer boca abajo... entonces se escuchó una explosión en el patio. Luego disparos. (Mi hermana y yo) nos quedamos donde estábamos, tiradas en el piso. Pero de repente se escuchó otra explosión sobre nosotros y parte del techo se derrumbó. La gente gritaba, había mucho pánico.

Miré y vi algunos niños yaciendo en el piso, sin moverse, cubiertos de sangre. A mi lado había una mujer muerta. Por todas partes se veían brazos y piernas arrancados.

Había bombas colgando de cuerdas que habían amarrado de las cestas de baloncesto, a lo largo del gimnasio. Esas bombas empezaron a estallar una tras otra, acercándose más y más a donde estábamos.

Cualquiera que podía levantarse corría gritando hacia las ventanas o hacia la entrada del corredor. Alina y yo estábamos cerca de una ventana. (Ambas hermanas escaparon ilesas).


Irina, colegiala rehén.

Desperté debajo de los escombros, estaba cubierta en arena y no podía ver nada. Entonces nos llevaron al comedor, nos dieron agua. Entonces empezaron las explosiones. Saltamos por la ventana y nos llevaron al hospital.


Santa Zangiyeva, de 15 años, hablando para Izvestiya.

Había un hombre delgado, de unos 35 años, un checheno típico. Tenía vendada la mano derecha. Era el más furioso de nuestros captores. Nos amenazaba todo el tiempo y disparaba contra el techo.

Yo no me sentía bien porque el aire estaba muy viciado. Me desmayé varias veces. Mi madre le pidió que me llevara al corredor por unos momentos para respirar aire fresco. Para mi sorpresa, aceptó. En el corredor estuve a punto de vomitar, mis piernas me fallaron, entonces me senté en un saco que había tirado en el piso. Él me dijo: "no te sientes en ese, que tiene minas. Siéntate en este otro".

Le pregunté:

-¿Al menos dejarán que se vayan los niños?

-"No" me respondió.

-¿Por qué?

"Sus tropas rusas en Chechenia agarran a niños como tú y les cortan la cabeza. Yo tenía una hija de tu edad y ellos la mataron", me dijo.


Oleg Tideyev, cuyo hijo escapó de la escuela, habló con la revista Moskovskaya.

Vi a uno de los pistoleros caer herido desde una ventana. Milicianos evacuaban a los niños cera de ahí. Cuando vieron al pistolero, lo acribillaron en segundos. No tuve tiempo de darme cuenta de lo que estaba ocurriendo. Para ser honesto, ni por un segundo pensé: estoy viendo la muerte de un ser humano. Sentí como que aplastaban a una serpiente venenosa.

Ellos eran basura. Basura profesional y bien entrenada. Todas sus acciones mostraban gran habilidad. Su puntería era de primera. No se podía ni levantar la cabeza... Lo único que hicieron mal fue poner las trampas bomba en el edificio. No fue una buena idea hacer que los rehenes ensamblaran los artefactos explosivos.


Anzor, quien ayudó a rescatar gente del gimnasio pequeño, habló con Kommersant

Una madre llora a su hijo.
Más de 300 personas murieron en los hechos.

Cuando ingresamos vimos pilas de cuerpos de hombres, mujeres y niños. No había por dónde caminar.

Saqué a cuatro personas. Mucha gente había sido arrojada contra las esquinas por la onda explosiva. O se habían arrastrado hasta allí. Muy pocos estaban con vida. Teníamos que encontrar a aquellos que estaban vivos, ¿pero cómo? Yo cometí dos errores. Cuando estaba halando a una jovencita se presentó otra explosión.

Justo antes de eso, dos niñas nos gritaron desde una ventana. Una era de unos siete años, la otra un poco mayor. Y agité la mano para mostrarlas que iba a ir por ellas de inmediato y ellas se rieron, estaban tan felices. Entonces ocurrió una explosión y nunca más volví a ver a esas niñas. Aún las sigo buscando en la escuela...


Doctor Leonid Roshal, quien negoció con los captores, habló con la revista Nezavisimaya.

Ellos no le dieron a los rehenes comida o medicinas. Dijeron que los rehenes no las querían, que estaban en huelga de hambre porque apoyaban a los terroristas.

Les pregunté: ¿los niños de pre escolar también están en huelga de hambre? ¿Incluso los de un año de edad? "Si", me respondieron, "así que no traiga nada porque no lo recibiremos". Ese era el nivel de la conversación.

Les dijeron a los rehenes que el agua de las canillas había sido envenenada. A veces empapaban camisas y trapos en agua y se las arrojaban a los rehenes. Uno por cada cuatro rehenes.


Alan Kargiev, estudiante universitario.

Los padres enterrarán a sus hijos y luego de 40 días (el período de duelo de la iglesia ortodoxa) tomarán las armas y buscarán vengarse.



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