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Lunes, 8 de marzo de 2004 - 16:21 GMT
Desde Irak: diario de viaje
Protestas en Basora
Antonia Paradela
Enviada especial de BBC Mundo a Irak

Antonia Paradela, enviada especial de BBC Mundo, inició un viaje por Irak para recoger testimonios sobre la vida cotidiana en el país, a casi un año del inicio de la guerra liderada por Estados Unidos.

Desde distintos puntos, Antonia nos envía testimonios que recogió durante su recorrido, contándonos sobre el reencuentro con hombres y mujeres que conoció durante los días del conflicto.

Estos son sus despachos más recientes:


Domingo 7 de marzo de 2004

Niño iraquí
Muchas deformaciones de los niños iraquíes se atribuyen al uranio empobrecido.

Es mi última tarde en Basora. Una de las personas que he conocido en este viaje, la doctora Meisun, quiere llevarme de compras. Es la única tarde libre que tiene durante la semana.

Aquí, el domingo es jornada laboral. El viernes, es el día de descanso. La doctora Meisun trabaja por las mañanas como radióloga en el Hospital Universitario de Bagdad. Por las tardes tiene su consulta privada.

Tiene tres hijos y esta casada con uno de los doctores más conocidos de la ciudad, el profesor Thamer Hamdan, que es el rector del Hospital Universitario y también uno de los expertos en las deformaciones causadas entre los recién nacidos desde la primera Guerra del Golfo hace 13 años. Los expertos lo relacionan con el uso de armas con uranio empobrecido, que se utilizaron en el conflicto

Me escapo una hora con ella en el sopor de las tres de la tarde. En la semana que llevo aquí parece que hemos pasado de la primavera al verano.

La doctora Meisun me lleva al mercado de Ashar, en la ciudad vieja de Basora. Es un bazar enorme, calles y calles de tiendas, en cada calle los comercios se especializan en algo en concreto: tejidos, vestidos, chadores y velos, disdashas, el largo batón que usan los hombres árabes; especies, porcelana y cerámica, verduras, carne, productos electrónicos.

Es un bazar enorme, calles y calles de tiendas, en cada calle los comercios se especializan en algo en concreto: tejidos, vestidos, chadores y velos, disdashas, el largo batón que usan los hombres árabes; especies, porcelana y cerámica, verduras, carne, productos electrónicos

Está lleno de basura y cajas vacías, de agua estancada y pútrida que se acumula en los canales de desagüe de muchas de las calles. La doctora Meisun me dice que antes de la guerra el mercado estaba mas limpio, que sin la imposición de normas, sin mano dura, los iraquíes se descuidan. Es un comentario que he escuchado muchas veces en Irak.

Le pregunto si hay algo tradicional de Basora pero me dice que no en el mercado. En alguna tienda cerca de mi hotel venden alfombras y antigüedades.

Mientras caminamos por calle tras calle de vestidos y textiles, la doctora Meisun me pide que elija algo, que me quiere comprar un recuerdo de Basora.

Yo le digo que no se moleste, pienso en que llevo solo 15 kilos de chaleco antibalas y casco, cosas que la BBC nos obliga a traer si queremos trabajar en Irak.

Nos detenemos en las tiendas de cerámicas y adornos, ella busca las cerámicas tradicionales de Kerbala. Sólo encuentra jarrones de China e Irán. La fabrica de Kerbala cerró después de la guerra.

En todo el mercado no se encuentra nada iraquí. Después de mucho buscar, la doctora Meisun encuentra unas cerámicas iraquíes cubiertas de polvo. En el mercado de Ashar, descubrimos que no se venden productos manufacturados en Basora, ni tampoco prácticamente en el resto de Irak.

Con la maquina de coser esperamos que Zouad pueda trabajar en casa y suplementar los ingresos de su familia

Fuera del petróleo y la agricultura, desde el fin de la guerra no se produce casi nada en el país. Seis de cada diez iraquíes en edad de trabajar se encuentra sin empleo. Son cifras de las fuerzas de ocupación.

A la caída de la tarde voy con mi traductor y otra amiga iraquí a comprar una maquina de coser. Es un regalo para Zouad, de la que ya he hablado.

Esta viuda joven con tres niños, vive con su madre y de los 70 centavos de dólar al día que le da su cuñado. Éste no quiere que ella trabaje fuera de casa. De hecho Zouad me dice que si contraria a su cuñado, tiene miedo de que él le quite a los niños.

En un país sin ley como Irak, esto sería hoy por hoy posible. Con la maquina de coser esperamos que Zouad pueda trabajar en casa y suplementar los ingresos de su familia.

Llegamos casi a oscuras a su casa. Ella da saltos de alegría. Nos promete que le pedirá a alguna vecina que le enseñe a utilizar la maquina de coser.

Ella me da unos dibujos que le pedí a ella y a las niñas sobre su vida y sus deseos para el futuro. Los veo de vuelta en el auto. El de Zouad muestra a la familia entera, las niñas con vestidos alegres dibujando sentadas en un tapete, Ibrahim jugando con una pelota. Zouad, con el cabello descubierto, esta sentada frente a la maquina de coser.

Le cuento la historia a una corresponsal de Associated Press que también se queda en mi hotel. Me dice que le sorprende que en sus sueños los iraquíes sean tan modestos. Pero después de mas de dos décadas de guerra, de sanciones económicas, de miedo, dolor y muerte, un poco puede ser mucho. Espero que Zouad esté ahora mas cerca de su sueño.

Sábado 6 de marzo de 2004

Hace dos semanas hacia frío en Basora. Estos últimos días sin embargo se siente que el calor del verano está a la vuelta de la esquina. Cuando por el trabajo y por las colonias en las que ando debo ponerme una gabardina larga y un pañuelo cubriendo el cabello, la temperatura se siente de forma más opresiva.

Por eso ha sido un alivio salir al campo, a las afueras de Basora, a las orillas del río Shat al Arab. En él desembocan las aguas del Tigris y el Éufrates.

No se pueden imaginar algo más agradable que la sombra de las palmeras, ver árboles frutales y huertas, el rumor del viento en las hojas de los árboles, sentir el frescor que emana el agua del río.

Basora ha pasado de tener 9 millones de palmeras de dátiles a poco más de dos millones. El doctor Ali Attaha, experto en estos árboles de la Universidad de Basora, me muestra enormes terrenos desforestados, en áreas donde estaban las posiciones de batalla del ejercito iraquí

Pero no he ido a Abu al Khasib a dar un paseo, sino a ver como se están recuperando los palmerales y los canales que le dieron a Basora el sobrenombre de la Venecia de Oriente.

Las palmeras de dátiles son el árbol más importante de Irak. Pero cientos de miles fueron arrancadas o destruidas durante la guerra entre Irak e Irán en la década de los ochenta. Particularmente en esta área.

Basora ha pasado de tener 9 millones de palmeras de dátiles a poco más de dos millones. El doctor Ali Attaha, experto en estos árboles de la Universidad de Basora, me muestra enormes terrenos desforestados, en áreas donde estaban las posiciones de batalla del ejercito iraquí.

Los granjeros están intentando recuperar la zona, plantando esquejes de palmera, limpiando los canales que traen el agua del Shat el Arab.

Cuando le pregunto al dueño de la plantación, Ahmed Yussuf Issa, por qué son importantes las palmeras de dátiles, me dice que el hombre y la palmera han vivido siempre juntos en estas tierras.

No sólo los dátiles son un alimento fundamental en la dieta de los países árabes y en la de los iraquíes del campo o los iraquíes pobres cuando hay pocas cosas que llevarse a la boca. Se aprovechan además las hojas para hacer viviendas tradicionales o para alimentar al ganado. Los troncos para combustible. Todo se utiliza.

Al lado las mujeres aplanan con las palmas de las manos las bolas de masa y cuecen el pan plano árabe en un horno de barro. Me dan a probar uno de los panes calientes. La leyenda dice que el jardín del Edén se encuentra en Irak, en las tierras fértiles regadas por los ríos Tigris y Éufrates. Ahora entiendo por qué

Los palmerales de dátiles son también la base de un ecosistema muy especial. Dan sombra a los árboles frutales que se plantan bajo sus hojas y éstos, a su vez, protegen las plantas de huerta como los tomates, los pepinos o las berenjenas. Y ayudan a que la temperatura sea más moderada, esto en un país en el que en verano se alcanzan los 55 grados de temperatura. Sí, estoy hablando de grados celsius.

Al final de nuestro recorrido me acerco a grabar a unas vacas mugiendo. Exigencias del trabajo de periodista radiofónico. Sonidos que den textura.

Las vacas están al lado de las casas de barro y fronda de palmera de las familias que trabajan la tierra. Se acercan niños curiosos y a la vez asustados.

Al lado las mujeres aplanan con las palmas de las manos las bolas de masa y cuecen el pan plano árabe en un horno de barro. Me dan a probar uno de los panes calientes. La leyenda dice que el jardín del Edén se encuentra en Irak, en las tierras fértiles regadas por los ríos Tigris y Éufrates. Ahora entiendo por qué.

Viernes 5 de marzo de 2004

Niños iraquíes.
Según la ONU, la población iraquí es muy pobre.

Escribo estas líneas cuando en Bagdad se ha pospuesto de nuevo la firma de la ley básica o Constitución provisional interina de Irak.

Al parecer cinco de los miembros chiítas han pedido cambios de nuevo. Lo fascinante de seguir las noticias sobre Irak y vivirlas en suelo iraquí es ver como se conforma día a día un país, un nuevo sistema político de las cenizas del régimen anterior.

Lo trágico es que el futuro de los iraquíes, y el de muchas de las personas con las que he estado hablando estos días en Basora, se esta jugando en estas semanas cruciales.

Es un péndulo, que a veces se inclina hacia la tolerancia y el respeto por la diversidad y otras hacia la imposición de los códigos de un grupo, quizás una mayoría, al resto de la población.

Rana es una joven estudiante de 21 años. Es la única de su clase en la universidad que no lleva velo. Pero tiene que dejar sus jeans en casa, en el mismo cuarto donde tiene los CD de Enrique Iglesias y J-Lo, y la carpeta con la foto de Shakira.

Su vida y su futuro de alguna forma depende de este péndulo, de si Irak se acerca al modelo de Irán, donde las mujeres pueden trabajar fuera de casa y votar pero deben cubrirse con un velo; al de Líbano, donde conviven a pocos metros el chador y la ropa más ajustada. O al de Arabia Saudita, donde las mujeres no ponen un pie en la calle. Ella cree que hoy por hoy no tiene futuro en su país.

El péndulo también se mueve entre la miseria actual y el bienestar que debería estar al alcance de todos los iraquíes. Al fin y al cabo, este país tiene las segundas reservas de petróleo en el mundo. La pobreza que he visto estos días en Basora no debería existir.

Ayer hablaba de mi visita a Zouad, la joven viuda con tres hijos que depende junto con su madre de 70 centavos de dólar al día y la ración de alimentos del gobierno.

Hoy tomando fotos de un edificio bombardeado durante la guerra, he encontrado una situación todavía peor. Un ex preso político, Hassan Ali, viviendo con su mujer y ocho hijos en un cuarto de tres metros cuadrados, posiblemente la caseta de los guardas. Sin empleo y sin perspectivas de obtenerlo.

Rana es una joven estudiante de 21 años. Es la única de su clase en la universidad que no lleva velo. Pero tiene que dejar sus jeans en casa, en el mismo cuarto donde tiene los CD de Enrique Iglesias y J-Lo, y la carpeta con la foto de Shakira.

Esto en un país que en los años 70 tenía un nivel económico parecido al de España o Australia. En un reciente informe del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas se estableció que la mayoría de la población iraquí es muy pobre, particularmente en el sur del país donde se encuentra Basora. Y donde están la mitad de los campos de petróleo del país.

En Irak hoy hay mucha desconfianza de las motivaciones de los políticos. Algunos iraquíes creen que lo que más les interesa es hacerse con el poder y controlar los recursos económicos. Ojalá que se equivoquen en su pesimismo.

A mi me da esperanzas la dignidad de Hassan Ali. Cuando hablamos con él nos quiere ofrecer una taza de té. Cuando al irme le intento dar el equivalente de ocho dólares, los rechaza. Le convenzo después de varios forcejeos de que los acepte para comprarle algo a los niños.

Jueves 4 de marzo de 2004

Mujeres en Irak
Se calcula que de cada 100 iraquíes, 60 son mujeres.

La casa de Zouad queda a escasos diez minutos en auto de mi hotel. Éste queda en uno de los cruces de las principales vías de la ciudad: calles asfaltadas, aceras, semáforos, policías de tráfico, luces de neón.

La suya es una calle de barro, en un barrio de casas bajas, en una de las áreas más pobres de la ciudad vieja de Basora. Esta tarde hay uno de los frecuentes cortes de luz.

Conocí a esta joven viuda iraquí en mayo, semanas después del fin de la guerra. Su situación era un buen ejemplo de las cientos de familias de Basora que dependen de las raciones mensuales de comida que reparte el ministerio iraquí de Comercio. Los fondos vienen del Programa "Petróleo por Alimentos", que la ONU estableció en los años 90 para paliar el efecto de las sanciones económicas contra el régimen de Saddam Hussein.

La reunión después de tantos meses es muy emotiva. Primero Zouad me da tres besos, la tradición iraquí y me abraza muy fuerte. Khadiya hace lo mismo y me espeta: ¿"Dónde has estado todos estos meses?".

Zouad, que tiene 28 años, perdió a su marido antes de la guerra. Esta joven de rasgos delicados y cabellos y ojos oscuros tiene tres niños: Marian, que está en 5º de la primaria, Erfan, en 1º, y el pequeño Ibrahim. Viven con la abuela, Khadiya, en dos cuartos con suelo de cemento.

Me cuentan que su vida ha cambiado poco desde nuestro primer encuentro.

Su único ingreso como familia, aparte de la ración mensual de trigo, arroz y legumbres, azúcar, té, leche en polvo y detergente, son 1.000 dinares diarios que le da a Zouad su cuñado. Al cambio actual, son unos 70 centavos de dólar. Eso les da para añadir algún tomate y un poco de yogur a su dieta habitual. Desayunan té con azúcar y pan, comen arroz con tomate, cenan pan con yogur.

Me cuentan que su vida ha cambiado poco desde nuestro primer encuentro. Su único ingreso como familia, aparte de la ración mensual de trigo, arroz y legumbres, azúcar, té, leche en polvo y detergente, son 1.000 dinares diarios que le da a Zouad su cuñado. Al cambio actual, son unos 70 centavos de dólar

Pero esto no impide que envíen a Marian a buscar Pepsis frías para agasajarnos a mí y a mi traductor. Se habrán gastado en ellas fácilmente la mitad de los 70 centavos de dólar con los que cuentan cada día. La hospitalidad, hasta para el más pobre de los iraquíes, es algo en lo que no se escatima dinero.

La abuela ha cobrado la pensión sólo una vez, apenas el pasado 20 de febrero. Los 95.000 dinares que le pagaron por tres meses (unos US$65) se fueron en instalar un sistema para tener agua en la vivienda, tuberías, una pequeña bomba de agua de segunda mano. Ahora los niños en verano se pueden duchar con un manguerazo de agua en una esquina del patio.

Le pregunto a Zouad que podría hacer para encontrar un trabajo. Me dice que es muy difícil. Tiene que cuidar a sus hijos, las niñas van apenas cuatro horas a la escuela. La abuela está mal de las piernas y no se puede hacer cargo de ellos. Aunque estudió hasta los 14 años, no tiene ningún oficio. Lo que mejor le sale es dibujar. De hecho me regala un cuaderno con dibujos de muchachas, que visten pantalones y vestidos escotados, sus cabellos rubios descubiertos. Ella, una bata oscura que la cubre del cuello a los pies y tapa su cabello negro con un pañuelo.

Además sus cuñados, que la ayudan desde que se quedó viuda, lo hacen a condición de que no trabaje fuera de casa. Para una joven viuda chiita la presión social es muy fuerte.

Además sus cuñados, que la ayudan desde que se quedó viuda, lo hacen a condición de que no trabaje fuera de casa. Para una joven viuda chiita la presión social es muy fuerte

Entra una vecina a buscarla y se queda atónita viendo que yo y mi traductor estamos de visita, sentados todos en la única cama de la vivienda. Zouad quiere volver a verme, pero dice que prefiere venir a mi hotel. Tiene miedo de qué dirán de los vecinos. Casarse de nuevo tampoco es una opción fácil, una viuda lo tiene difícil en general.

Pero además, tras casi 25 años de guerras y conflictos, se calcula que de cada 100 iraquíes, 60 son mujeres.

Basora ha sufrido en este sentido enormemente. Fue frente de batalla durante el conflicto contra Irán, en el que se calcula que murieron un millón de hombres de ambos lados. Sufrió la primera guerra del Golfo y la represión de los levantamientos de los chiitas contra Saddam Hussein después de la liberación de Kuwait.

Miles de hombres salieron como refugiados a Irán o como emigrantes a los Emiratos Árabes Unidos. Centenares murieron en el último conflicto.

Protestas en Basora
Miles de hombres salieron como refugiados a Irán o como emigrantes a los Emiratos Árabes Unidos.

En Basora no hay trabajos para mujeres como Zouad. No hay fábricas. Prácticamente todo se importa. Incluso en mi hotel, todos los trabajos, de mesero a camarero, a la lavandería, los desempeñan hombres.

La propia CPA (siglas en inglés para la Autoridad Provisional de la Coalición) calcula que seis de cada 10 iraquíes en edad laboral no tienen empleo. No sé si cuentan a mujeres como Zouad. Ella me dice que le encantaría verme de nuevo en Londres, ir allí aunque sólo fuera por una semana.

Hoy por hoy, su único futuro está en las raciones de alimentos del gobierno, cuya continuación no es segura después de junio, y la pequeña ayuda que recibe de su familia. La joven viuda dice que lo único que le queda es confiar en la protección de Alá.

Miércoles 3 de marzo de 2004

Basora es una ciudad mayoritariamente chiita, una ciudad que sufrió inmensamente durante los últimos 35 años, sobre todo bajo el régimen de Saddam Hussein.

Sin embargo, hablando hoy con varias personas, parece que aquí el recelo no es entre musulmanes chiitas (aproximadamente seis de cada 10 iraquíes) y los musulmanes sunitas (un 20% de la población). Es entre los propios chiitas. Entre los que quieren que el Islam forme parte de la política y de las leyes del nuevo Irak y los que prefieren que cada uno viva la religión como quiera y que la vida política sea estrictamente secular.

Viví este contraste hablando hoy con un decano de una de las facultades de la Universidad de Basora. Este hombre, educado en un país anglosajón, prefiere no ser nombrado. Me cuenta como hay una presión tremenda en la ciudad de grupos islámicos, bien organizados, que han buscado llenar el vacío que ha provocado la caída del régimen de Saddam Hussein. Y uno de los escenarios es las universidades.

Hablando hoy con varias personas, parece que aquí el recelo no es entre musulmanes chiitas (aproximadamente seis de cada 10 iraquíes) y los musulmanes sunitas (un 20% de la población). Es entre los propios chiitas

Su hija, chiita como él, ha sido amenazada por no llevar velo. Su mujer, que tiene un doctorado en ciencias, se lo ha puesto para evitar el acoso. Pero coloca la tela de forma relajada, incluso coqueta. Se ve el cabello cayendo sobre la frente, no se ata el pañuelo al cuello.

Desde el fin de la guerra, el decano de una de las facultades de ciencias de Basora ha sido asesinado. Nadie sabe quien esta detrás del crimen. Pero los británicos, que controlan el sur de Irak, han dado a todos los decanos una pistola y permiso para portarla.

Este hombre me dice que es tan chiita como aquel, pero reclama el derecho a vivir su religión de forma personal. En su caso, él no ve problema en tomar un trago de vez en cuando. Pero sabe que los islámicos pueden usar eso en su contra.

Desde su elección después del fin de la guerra, ya han intentado empañar su reputación por ello. Hablamos sin grabadora. Me dice: "Gracias por escucharme, me he quitado un peso del corazón, como dice la expresión iraquí. No me atrevo a decir estas cosas en público. Lo único que se tolera ahora es decir que Saddam era malo".

Le pido que grabemos una pequeña entrevista para la radio. Acepta, pero se empieza a autocensurar. Su lenguaje es más críptico, hay que leer entre líneas. No pone el dedo en la llaga de la intolerancia. Es como si estuviéramos de nuevo bajo los tiempos de Saddam. Me da tristeza.

Gracias por escucharme, me he quitado un peso del corazón, como dice la expresión iraquí. No me atrevo a decir estas cosas en público. Lo único que se tolera ahora es decir que Saddam era malo
Decano de una universidad de Basora

Aunque en Basora hay más calma que en Bagdad y que en las ciudades del llamado triángulo sunita, ha habido una violencia de baja intensidad.

Hay grupos de vigilantes en las calles. Tres comerciantes que vendían alcohol, cristianos iraquíes, han sido asesinados. La prensa local reportó recientemente la muerte también por arma de fuego de una mujer joven que trabajaba como empleada en una tienda donde se rentan videos, algo que los islámicos ven como pornográfico.

Para el decano, la libertad que se vive en el Irak de hoy no sirve si tienes miedo. Temor a expresar tus opiniones, preocupación por el bienestar de tu mujer y tu hija, recelo por las presiones que sufren las estudiantes. Hay gente, me dice, que ya empieza a echar de menos la vida bajo Saddam Hussein. En una ciudad como Basora, decir esto es romper el ultimo tabú.

Martes 2 de marzo de 2004

El estómago se me encoge en un puño cuando cruzo la frontera de Kuwait con Irak. Es mi segunda visita al sur, la primera fue en mayo del año pasado, con el polvo de la guerra apenas asentándose. He vivido desde mayo a enero en Bagdad. Me alegra volver, pero regresa la ansiedad, la sensación de que alguna cosa desagradable puede pasar en cualquier momento. La incertidumbre.

Safwan
Safwan fue el primer pueblo al que llegó la ayuda humanitaria.

Ahora hace casi un año que se inició el conflicto. Esta vez tengo un sello en el pasaporte, la tinta roja dice Irak CPA, las siglas en inglés de la ocupación estadounidense.

Cruzamos Safwan velozmente. Éste fue el primer pueblo al que llegó ayuda humanitaria después de la guerra. Todavía recuerdo las escenas de las peleas de los hombres jóvenes para acaparar y revender las latas de atún y los paquetes de jugo que enviaba el gobierno kuwaití. De hecho choca, el contraste entre Kuwait y Safwan, entre una ciudad moderna y rica de estilo estadounidense y este pueblo polvoriento, lleno de escombros, con aire de desolación.

Las calles están sin asfaltar, las casas son de planta baja de cemento. Hoy es un día festivo y se ve poca actividad en la calle. Lo que me asombra es el enorme número de autos en venta. Son de segunda mano, me dicen, vienen de los Emiratos Árabes Unidos. La falta de tasas de aduana ha creado la bonanza de los importadores. También se venden decenas de puertas que parecen usadas. Me pregunto de dónde habrán salido.

Me alegra volver, pero regresa la ansiedad, la sensación de que alguna cosa desagradable puede pasar en cualquier momento. La incertidumbre

La carretera está vacía. Un colega de la BBC, un canadiense de origen libanés que viaja conmigo, me pide que me cubra la cabeza con un pañuelo. Entre más inadvertidos pasemos, mejor. No es la primera vez que hay asaltos en esta carretera.

Desde la caída del régimen de Saddam Hussein hay cosas en Irak que recuerdan a las películas del Oeste. En este paisaje de desierto, los hombres armados tienen la última palabra. Esta vez en menos de una hora de recorrido, pasamos por dos controles de la policía iraquí y dos del ejército británico.

El ambiente es también tranquilo en Basora, la segunda ciudad del país. Es la festividad religiosa chiita de Ashura, que marca el martirio del fundador de la secta: Hussein, un nieto del profeta Mahoma. Es una jornada de procesiones religiosas, el equivalente para los católicos de alguna forma, al Viernes Santo.

Cuando entro al hotel, veo en la televisión de satélite que ha habido atentados en la ciudad santa chiita de Karbala y en el principal santuario chiita de Bagdad.

Me entristece, he estado en los dos sitios y tienen esa atmósfera especial, el fervor religioso de los centros de peregrinación. Las explosiones de Karbala en un día como éste equivaldrían a atentados en el Vaticano en Semana Santa.

Al poco se ven más patrullas en la calle, tanto de policía iraquí como de militares británicos, incluso una larga fila de tanques. Basora está en el sur de Irak, una zona de mayoría chiita. Y cuando salgo a la calle a ver la procesión de Ashura, las medidas de seguridad son evidentes.

Los espectadores están a varios metros de la procesión, en la que hombres y niños cantan episodios del martirio de Hussein y se golpean el pecho con fuerza (en Karbala lo hacen con cadenas, e incluso se hacen cortes en la cabeza con sables). Es la primera vez que se celebra de forma pública esta procesión, que estaba prohibida por el régimen de Saddam Hussein. El ex dirigente iraquí era de la minoría sunita.

Las mujeres van de negro, cubiertas de pies a cabeza por la abaya, el chador iraquí. Yo llevo una gabardina larga y un pañuelo en la cabeza. Hace calor, quizás casi 30 grados, más que de costumbre en esta primavera iraquí. Consigo permiso de la policía para fotografiar y grabar el sonido de la procesión, varias veces revisan mi bolso. No quieren arriesgarse a que ocurra otro atentado como los de esta mañana.

Cerca de la procesión visito a una familia. La mujer se siente incómoda con la celebración de Ashura de una forma tan emocional. Ella también es chiita pero preferiría que se recordase el martirio del Imán Hussein hace 1.300 años de forma más relajada, leyendo el relato de sus últimas horas.

Regreso al hotel a la caída de la tarde, que en esta época del año es en torno a las seis. Hay más vida en la calle, y se siente mucho más relajado que Bagdad donde decenas de edificios están aislados por barreras de cemento y varias calles cerradas por motivos de seguridad. Se siente menos ansiedad en el ambiente. Es un alivio.



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