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Jueves, 11 de noviembre de 2004 - 04:22 GMT
La muerte de un mito
Yasser Arafat
La vida privada de Arafat siempre fue un misterio para sus biógrafos.

En París, Francia, murió este jueves a los 75 años Yasser Arafat, el mito más grande de la historia moderna del pueblo palestino.

Se llevó a la tumba todos los secretos que tan celosamente guardó en vida y la frustración de no haber visto cumplido su sueño más querido: la fundación de un Estado palestino independiente con Jerusalén como capital.

Para intentar hacerlo realidad utilizó todas las armas que le parecieron válidas, desde la lucha armada hasta las negociaciones diplomáticas. Ninguna le dio los frutos que deseaba, pero sí pusieron el tema palestino en el primer plano de la política mundial.

El suyo no es un epitafio fácil de escribir. De él se dijo todo lo imaginable: pese a todas las críticas, para sus seguidores era la imagen más representativa de la lucha palestina; para los que lo detestaban, a lo menos un architerrorista, como le gustaba llamarlo a la radio Voz de Israel.

Casado desde 1992 con su ex secretaria, Soha Tawil -más de 30 años menor que él- a Mohammed Abder Rauf Arafat al-Kudwa al-Husseini -apodado Yasser "el afable"- le sobrevive además su hija Zahwa.

Sin sombra

Yasser Arafat
A Arafat le gusta decir que nació en Jerusalén, pero hay quienes le atribuyen nacionalidad egipcia.

A pesar de haber sido uno de los hombres más públicos de los últimos decenios, los detalles de la vida privada de Yasser Arafat siempre fueron un misterio.

Ni siquiera se sabe a ciencia cierta dónde nació. A él le gustaba decir que en Jerusalén, pero algunos de sus biógrafos aseguran que lo hacía para fortalecer su leyenda y que su acta de nacimiento certifica que nació en la capital egipcia de El Cairo.

El líder palestino por antonomasia quería ser recordado más como un símbolo que como un hombre de carne y hueso.

Tenía el talento de convertir sus fracasos en victorias y la obsesión de no compartir su liderazgo con nadie que pudiese hacerle sombra. Por eso no tiene un sucesor natural. Quienes lo conocían, dicen que desde su juventud fue un dirigente nato, ambicioso y trabajólico.

Padre constructor

Yasser Arafat, 1969
Arafat nunca fue un dirigente de escritorio.

Arafat estudió ingeniería en la Universidad Rey Fuad de El Cairo y fue en sus días de estudiante cuando se entrenó como fedayín (comando militar) y se implicó en el incipiente nacionalismo árabe.

Se cree que adoptó el nombre de Yasser para hacerle honor a una víctima árabe del mandato británico en Palestina.

Eran los años 40 y no dudó en elegir la violencia como método de acción.

Participó en los cruentos combates que enfrentaron a árabes y británicos en Palestina y tras la creación del estado de Israel, se exilió en Kuwait, donde trabajó como empresario y siguió amasando su futuro como político y guerrillero.

Nunca fue un dirigente de escritorio. Como jefe militar, muchas veces él mismo lideraba las acciones contra los israelíes, sin importarle si arriesgaba su propia vida.

Más tarde sería conocido en el mundo árabe como Abu Aminar, el "padre constructor".

Nobel polémico

Yasser Arafat, 1972
Arafat se dirigió a las Naciones Unidas en 1972.

La causa palestina convirtió a Arafat en un errante crónico. Pasó 27 años instalándose y huyendo por Jordania, Líbano, Túnez e Irak antes de regresar a Gaza en 1994 como presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP).

Su historia está llena de hitos, entre ellos la fundación de Al Fatah en 1959, su posicionamiento en la Organización de Liberación Palestina (OLP) y la ANP o su aparición ante la Asamblea General de Naciones Unidas en 1972, llevando una rama de olivo y una pistola, como simbólica representación de la paz y la guerra en Medio Oriente.

Sin embargo, su logro más destacado se produjo en 1993 cuando firmó con el entonces primer ministro israelí Yitzhak Rabin los llamados acuerdos de Oslo, que establecieron el autogobierno palestino en la Franja de Gaza y Cisjordania y el reconocimiento mutuo entre Israel y la OLP.

Ese paso le valió al año siguiente la adjudicación junto al propio Rabin y el canciller israelí Shimon Peres del Premio Nobel de la Paz.

Sus detractores no pudieron reaccionar peor a este hecho y dijeron hasta el cansancio que era una agresión imperdonable para los israelíes.

"Después de los nazi, no conozco a nadie que tenga tanta sangre judía en sus manos como Arafat", insistió en esos días el actual premier de Israel, Ariel Sharon.

Yasser Arafat
Kafiya y barba, una imagen que marcó la historia de Medio Oriente.

Con esta aseveración quería recordar la serie de secuestros aéreos, asaltos a embajadas y atentados atribuidos a Arafat durante los años 70, cuando el terrorismo era su principal vía de lucha.

Los acuerdos de Oslo no lograron, sin embargo, resolver temas significativos como los asentamientos judíos en territorios ocupados ni el futuro de los refugiados palestinos.

Rabin fue asesinado en 1995 y, como presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Arafat tuvo dificultades definiendo su papel.

En 2000, un nuevo levantamiento palestino o intifada se desató en la Franja de Gaza y Cisjordania. Tras una ola de ataques suicidas, el ejército israelí sitió las oficinas de Arafat en Cisjordania acusándolo de no controlar a los grupos de militantes extremistas palestinos.

Arafat y Sharon

Después de los nazi, no conozco a nadie que tenga tanta sangre judía en sus manos como Arafat.
Ariel Sharon

Sharon y Arafat fueron enemigos acérrimos y a lo largo de sus trayectorias paralelas se enredaron en diferencias que los llevaron una y otra vez a callejones sin salida.

Paradójicamente, mientras más esfuerzos hacía el líder palestino por desprenderse de su imagen terrorista y sustituirla por la de un estadista moderno, pragmático y moderado, más se cerraba Sharon a la posibilidad de dialogar con él.

Los palestinos de línea dura tampoco estaban contentos con la posición más conciliadora que adoptó el dirigente en sus últimos años. Para ellos, aceptar la existencia de Israel era simplemente una traición.

En vida, Arafat despertó tantas pasiones, que su muerte no es suficiente para lograr un consenso de alabanzas, como sucede con otros hombres prominentes.

Musulmán practicante -dicen que hizo la peregrinación a La Meca que exige el Islam a sus seguidores y que llevaba en el pecho un colgante con una inscripción del Corán-, luchador y político controvertido y complejo, para bien o para mal, Arafat fue sin lugar a dudas uno de los arquitectos principales de la actual situación de Medio Oriente.



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