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Jueves, 27 de julio de 2006 - 00:03 GMT
Blog desde Beirut
Carlos Chirinos
Carlos Chirinos
Enviado especial de BBC Mundo a Líbano

Humo en Beirut con un caracter de arroba

El conflicto se recrudece en el Medio Oriente y cobra cada vez más víctimas civiles en Líbano e Israel.

El enviado especial de BBC Mundo a Líbano, Carlos Chirinos, escribe una bitácora con sus apreciaciones del día a día en Beirut, la capital libanesa.

MIÉRCOLES 26 DE JULIO

Siempre se le queda algo a uno cuando se va. Este miércoles me sucedió cuando fui por el camino de Damasco, que debe ser hoy tan azarozo como lo describen las antiguas escrituras.

Cuando como periodista se cubren eventos trágicos o catastróficos generalmente se tiene la reconfortante sensación de que se dispone como de una línea salvavidas, utilizable ante cualquier emergencia.

Una llamada y lo sacan a uno de allí donde corra peligro. Es una línea frágil a veces.

Esa línea no la tienen la gran mayoría de los israelíes ni de los libaneses que seguirán sufiriendo quíen sabe por cuanto tiempo más una cotidianidad de cohetes y bombardeos.

Por eso dejo Beirut compadeciéndome de su suerte.

Me he encariñado con esta ciudad descascarada, que sin embargo tiene brillo. Tiene espíritu o "duende" como se diría de Sevilla.

Un ejemplo: caminando por la calle Hamra me topo con una libreria abierta. "A quíen se le ocurre" pienso.

Pues a los clientes que están dentro haciendo lo que suele hacer la gente en una librería.

Sólo que a pocas cuadras de esta, se bombardea y se muere.

Me uno a la clientela. Me llama la atención un título: Líbano, poemas de amor y muerte, de Nadia Tuéri (1935-1983).

En un verso dice "Beirut ha muerto mil veces, y ha renacido mil veces más". Tuéri era una mujer "común" que tras varias tragedias familiares buscó una manera de expresar un dolor personal y nacional.

Estoy seguro de que no le gustaría saber que su dolorosa descripción del Líbano sigue siendo muy actual.

Como también son las crónicas que escribió por aquellos años Tomás Alcoverro, el "decano" español, uno que se queda porque ha decidido no tener otra elección. Nada de lo que pasa parece demasiado nuevo.

Lo dicen todas las paredes de la ciudad, cuyos agujeros cuentan como alguna vez les tocó servir de parapeto.

Me voy con una sensación de que volveré por estas calles, no se si pronto. Sólo espero que no a reportar ninguna desgracia. Sino a conocer la ciudad que creo adivinar.

MARTES 25 DE JULIO

Vino Condoleezza Rice y las cosas se tranquilizaron un poco, pero esto no duró mucho: hace unas horas, se sintió de nuevo el remezón de las explosiones en algunas partes del sur de Beirut.

Vimos las columnas de humo espeso cuando bajábamos de las montañas del sur, después de visitar a un grupo de refugiados en un colegio.

Los refugiados no estaban bien, pero estaban mejor que en los pueblos del sur, de donde provienen.

Entre ellos, me encuentro con Nayarih, una muchacha que vive en Chile con su esposo y sus hermanos.

Nayarih vino de vacaciones hace dos meses y la agarró esto. Además, está embarazada de cinco meses. Ella quisiera tener a su hijo en Chile, pero duda que las cosas se arreglen a tiempo.

Nayarih les explica a sus hermanas que en América Latina las cosas son diferentes, que hay comida y trabajo.

"Aquí todo es seco, todo está destrozado", me dice en su mal español, en el que sin embargo se le siente ese pegajoso acento chileno.

Y pienso que en verdad, puestos a comparar, los problemas latinoamericanos no tienen, en la mayoría de los casos, la gravedad de los de estas tierras.

Ojalá que la imagen de Nayarih de un continente feliz fuera cierta, pero estando aquí se convence uno de que allá las soluciones son más fáciles, si tan sólo se pudieran poner en práctica.

No le refuto sus elogiosos comentarios sobre mi región porque cuando los comparte con sus hermanas, en el pequeño salón de clase que se ha convertido en su casa, se le ilumina el rostro.

A sus hermanas también y dicen que quieren vivir allá. Para ellas, el nuestro, es el continente de su necesaria esperanza.

LUNES 24 DE JULIO

Quisiera tomar un tiempo para salir del conflicto militar y entrar en el de la opinión.

La vida es valiosa. Cualquier muerte es dolorosa. Lo preciso, por si hiciera falta, porque algunos escriben criticando el que no me compadezca de las pérdidas del lado israelí en este conflicto.

Yo las lamento todas. Sólo que estoy de este lado del fuego y veo y reporto sobre el dolor de las familias libanesas, incompletas algunas, desplazadas otras.

Veo aquí la destrucción de un país, de por sí lleno de cicatrices, de una guerra civil no muy lejana.

No me entiendan mal. Me importan uno y cada uno de los muertos. Si son 35 así como si son 350. Sean de la ciudad libanesa de Tiro o de la israelí, Haifa.

Pero comprendan que no puedo hablar por Israel porque simplemente no estoy allá.

Al igual que entiendo el derecho de Israel a defenderse de milicias extremistas que constantemente matan a civiles inocentes en su territorio, me cuesta entender esa estrategia de castigo colectivo.

Poco importa si el gobierno de Siniora es confundido con Hezbolá y por lo tanto considerado responsable de las acciones de este grupo.

Esa responsabilidad no la deben pagar tan caro los libaneses. Tampoco los israelíes.

Dejemos aquí el debate de opinión porque afuera escucho cómo se reanuda el bombardeo sobre el sur de Beirut.

Son una...dos...cinco detonaciones que estremecen los vidrios del hotel y me traen de nuevo al conflicto.

DOMINGO 23 DE JULIO

Desde una valla publicitaria al otro lado de la autopista que pasa frente al hotel, Juan Pablo Montoya sonríe y vende un reloj, todavía con el uniforme de la escudería Williams.

Desde hace unas horas, desde un balcón de un edificio adyacente, le hace compañía Hassan Nasrallah, líder del grupo chiita Hezbolá.

No sonríe Nasrallah, quizá porque no vende nada, sino porque desafía.

En la prensa de hoy se lee que el Partido de Dios otorgó poder de negociación al gobierno libanés para un eventual intercambio de miembros de su organización, presos en Israel, por los dos soldados israelíes que tienen en su poder desde la semana antepasada y que son el orígen de todo este desbarajuste.

Así de débil es el gobierno de Líbano, dentro y fuera del país. Es tan débil que ni siquiera el frente diplomático que empieza a abrirse pasa por la castigada Beirut.

Como periodista causa cierta frustración que los esfuerzos políticos no incluyan una visita al Líbano, que ha sido el país más afectado por la crisis militar.

Allí comparte uno el abandono que, con seguridad, sienten los ciudadanos de este país que sospechan que el resto del mundo se ha olvidado de ellos. Es como si pusieran el tablero para que otros más grandes y ambiciosos movieran las fichas.

Líbano no tiene edad para jugar en este delicado ajedrez.

Como me comentaba Mahmoud Choucair, un doctor chiita del Hospital de la Universidad Americana de Beirut con ciertas preocupaciones políticas, "este país es como un niño que aprende a correr y viene otro y le rompe las piernas".

SÁBADO 22 DE JULIO

Los mensajes radiales sabatinos del presidente de Estados Unidos, George W. Bush, nunca han resultado particularmente interesantes, al menos durante mi tiempo como corresponsal en Washington.

Hoy sí lo fue porque Bush habló de la crisis en el Medio Oriente y dijo entender a Israel, en lo que llamó sus "operaciones defensivas" contra el grupo radical Hezbolá.

No soy partidario del Hezbolá ni simpatizo con los que quieren impulsar la llamada "causa árabe" por medios violentos.

Incluso tengo mi opinión sobre quien empezó todo este último desafuero, pero entiendo cuán mal puede caer ese apoyo entre la gente que sufre los bombardeos diarios por un conflicto que no buscaron.

Casi al mismo tiempo que hablaba Bush, yo escuchaba en el puerto de Beirut a un funcionario de la cancillería británica, Kim Howells, criticando los ataques israelíes.

"No son ataques quirúrgicos", dijo Howells, quien aseguró que afectan indiscriminadamente a civiles.

Yo diría que Howells estaba en mejor posición para hablar que Bush. No porque dijera algo sensato para quienes simpatizan con los que están llevando la peor parte (los libaneses), sino porque lo hizo en Beirut.

Ha visto la injusticia en zonas residenciales destruidas y la desesperación en los rostros de los que huyen de la violencia.

Pero la opinión de Howells no es la de su gobierno.

Los líderes mundiales ven televisión e incluso reciben más información que la que los periodistas pueden recabar. Saben lo que pasa y saben que no es "culpa" de Líbano y de su gobierno. Saben que la presión sobre este país es excesiva.

Me pareció sentir un tono indeciso en la voz de Bush, como si le fuera difícil mantener la cara, como si le fuera tan difícil como a Howells entender por qué todo el país debe pagar por los desafueros del Partido de Dios.

VIERNES 21 DE JULIO

Hoy Beirut pareció una ciudad más normal. Sorprendió la actividad que se registró en la mañana.

Los estacionamientos del centro de la ciudad estaban llenos y muchas tiendas abrieron sus puertas, había incluso uno que otro restaurante con sus mesas en la calle.

Daba la impresión de que una "normalidad" intentaba abrirse un espacio paralelo en el cual coexistir con la deflagración militar. Pero tanto la actividad como la ilusión duraron pocas horas.

A media tarde los comercios habían vuelto a cerrar y las calles se habían vuelto a vaciar.

Según algunos el repunte del viernes fue sólo una manifestación más del nerviosismo creciente que hay entre la sociedad libanesa.

La posibilidad de que la crisis entre en una nueva fase con una eventual invasión israelí, preocupa incluso a los más duros. Hace tres días le pregunté al camarero que hace servicio de las habitaciones en el hotel en el que me hospedo por qué no se había ido.

"Porque soy fuerte", me respondió en un rudimentario inglés.

Hoy se le notaba menos valiente. Estaba tan sombrío que temí que su familia hubiera ingresado a la estadística de las víctimas.

Pero no era eso.

Le preocupa que si Israel entra en Líbano, otros sigan el ejemplo y el país vuelva a convertirse en el territorio de las disputas de otros.

Con esa amenaza pendiente, cualquier apariencia de normalidad que ofrezca Beirut será una ficción.

JUEVES 20 DE JULIO

Con los hoteles de lujo funciona aquella máxima de genio y figura....

Al alojarse en alguno de ellos en una zona de conflicto o de tragedia se encuentra uno con una etiqueta muy curiosa que quizás podriamos llamar como "protocolo de catastrofes".

Generalmente tiene la forma de una carta de la administración ofreciendo miles de disculpas por la falta de algún u otro servicio.

En esta ocasión la gerencia explica su pesar por el hecho de que posiblemente, y de vez en cuando, tengan que cortar el servicio de aire acondicionado para ahorrar energía.

El año pasado, por los días en los que el huracán Katrina destrozó Nueva Orleans, recibí una comunicación explicando que el servicio de habitaciones y la lavandería no estaban funicionando por "razones ajenas a nuestra voluntad".

Pero por otro lado, el personal mantiene el estilo elegante de tiempos normales.

Estamos todos compartiendo lo precario de no saber si nos va a caer un cohete israelí de un momento a otro y sin embargo seguimos tratándonos con una distancia parecida a la del amo-sirviente.

Hay allí como un desconocimiento de la clientela. Este hotel en Beirut, como aquel en Nueva Orleans, y como todos los que están en áreas conflictivas, se vacían de turistas para que lleguen los periodistas que vienen porque las cosas están difíciles.

Los protocolos están de más.

MIÉRCOLES 19 DE JULIO

Beirut es una ciudad llena de cicatrices. Me asomo a la ventana del hotel ubicado en la famosa Plaza de los Mártires, donde hace poco más de un año se produjeron multitudinarias manifestaciones que lograron importantes cambios políticos en el Líbano, y veo las carcazas de los edificios agujereados por las balas de quince años de guerra civil.

Los trabajadores del hotel me aseguran que por esta parte pasaba la línea del frente de aquel conflicto. Al compartir el dato "histórico-turístico" se les nota un cierto orgullo, como si dijeran: "estamos curtidos por cosas peores que unas docenas de bombas israelíes".

Quizás esté curtidos por tanta adversidad tanto tiempo, pero no parecen resignados. En los centros de refugiados que he podido visitar no se respira angustia.

Claro que hay expectativa por el futuro incierto, pero esperaría uno que, en unas circunstancias tan difíciles, la desesperación fuera el ánimo dominante.

Se acostumbra uno como periodista a que, en casos como estos, las personas te rodeen para pedir ayuda o exigir atención a las autoridades o a la comunidad internacional.

Mientras pensaba sobre esa aparente falta de nerviosismo colectivo, me topé con un buen medidor de la confianza. Un periódico local asegura que la demanda de dólares ha aumentado, pero que dista mucho de ser tan grave como tras el asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri.

Si la ciudad tiene cicatrices, quizás sus habitantes hayan desarrollado un callo necesario para lo que les impone la dinámica política de esta región.



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