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Lunes, 10 de julio de 2006 - 13:21 GMT
Blog desde Alemania
Aficionados argentinos en su recorrido por Alemania (Foto:Héctor Riazuelo)
La disputa de la final concluye el relato de las vivencias e impresiones de los periodistas de BBC Deportes enviados a Alemania.

Muchas gracias por los comentarios recibidos.

LUNES 10 DE JULIO

Vladimir Hernández, enviado especial.

Con una sensación ambigua de melancolía y alegría termina este viaje. Único en todos los sentidos e inigualable. Debo compartir con ustedes que todo lo que se dice de un Mundial -el ambiente, la fiesta, el fútbol, la gente- es cierto. Sin ninguna duda debe ser el mayor evento en el planeta.

Puerta de Brandemburgo
Limpieza en el "Fan Fest" de la Puerta de Brandemburgo. La fiesta terminó.

Tras muchas jornadas de trenes, poco dormir, mucho fútbol (hasta por los poros) y de persecuciones constantes a los futbolistas, llega el final de este blog. O mas bien el final de este camino.

Gracias a los que se tomaron la molestia de leernos a Héctor y a mi, que de alguna forma era una compañía mas que bien recibida tras un mes fuera de casa.

Para terminar toda esta historia les dejo con algunas de las cosas que más me marcaron durante este mes en Alemania. No es una lista de los mejores momentos, sino las cosas que en lo personal más me impresionaron.

El estadio más deslumbrante. El Olímpico de Berlín tiene esa mezcla moderno-lúgubre que no tiene ninguna otra sede. Su arquitectura es fascinante, pero además transpira historia. Vale la pena verlo sin fútbol también.

La hinchada más emotiva. Para mi sólo hubo dos momentos en que se me erizó la piel con una barra. Ambas fueron con Argentina.

El himno, el no dejar de cantar, la pasión. Mérito a todas -sobre todo la alemana- pero era difícil no emocionarse..."un sentimiento".

La hinchada más intimidante. Tienen que ser los ingleses. Dentro y fuera de los estadios eran miles siempre. A veces parecía que estábamos en Inglaterra.

El viaje de tren. La ruta Stuttgart-Kaiserlautern. Fue un viaje entre montanas boscosas, en un vagón que iba serpenteando el camino a través de pequeñas aldeas y árboles frondosos. El paisaje una verdadera hermosura.

Lo más caro. 5 euros por una cerveza o una botella de agua dentro de los estadios. Incomprensible.

La mejor idea. Los "Fan Fest". Estos centros con pantallas gigantes que se llenaban de hinchas para ver los partidos fueron un verdadero centro para compartir con miles de personas de diferentes nacionalidades. En el de Hamburgo, por ejemplo, cada país participante tenía un puesto con comida típica de su país. Una delicia.

El mejor gol. Entre el segundo de Argentina contra Serbia, que culmino Esteban Cambiasso, y el de Fabio Grosso en tiempo extra frente a Alemania. Fue difícil no aplaudir en ambos.

El mejor fútbol. Argentina y España. Entretenidos, futbolísticamente un espectáculo, excelente técnica, un medio campo para sonar. Demuestran una vez más lo injusto que es el fútbol.

Los hinchas mas deprimidos. Los australianos fueron eliminados cruelmente, con un penal controversial en el último minuto. Horas después del partido todavía estaban absortos en el estadio.

La mejor imagen. Oliver Khan animando a su enconado rival Jens Lehmann antes de los penaltis contra Argentina.

La peor imagen. Como término el partido entre Argentina y Alemania.

Decepciones. No hay mejor o peor decepción. Pero si falto ver de lo que es capaz Ronaldinho; a un Deco en su mejor forma; y haber visto por más tiempo a Lionel Messi, una pena.

El mejor partido. Para mi hubo tres sobresalientes. Argentina-Serbia, España-Francia e Italia-Alemania.

El peor partido. Ucrania-Túnez o Inglaterra-Ecuador.

El mejor jugador. Zinedine Zidane. Simplemente un maestro.

Calificar los diferentes momentos del Mundial siempre esta sujeto a la subjetividad de quien escribe. Esto es lo que yo vi y viví. Seguramente hay miles de otros instantes que he obviado por no haber visto. Pero comparto solamente los míos. Feliz Mundial 2006.

DOMINGO 9 DE JULIO

Vladimir Hernández, enviado especial.

Un jugador de Kenia besa el trofeo Andrés Escobar
Un jugador de Kenia besa el trofeo "Andrés Escobar" otorgado al equipo ganador del mundial de fútbol callejero disputado en Berlín.

Ya se jugó una final en Alemania. Simultáneamente a la Copa del Mundo se disputó también un torneo de fútbol callejero, compuesto por diferentes representaciones nacionales del planeta.

La principal diferencia es que los jugadores eran jóvenes de sectores excluidos -"niños de la calle"- y que los equipos eran mixtos.

Con una cancha de fútbol de salón y cornetas que incesantemente emanaban música a todo volumen, se efectuaban los juegos en le mejor espíritu deportivo. De hecho, las partidas no tenían árbitro, por lo que correspondía a los propios atletas pedir y aceptar las faltas o jugadas divididas.

El experimento resultó siendo bueno, una iniciativa que inevitablemente se contagio de la buena onda que ha caracterizado el ambiente del Mundial en Alemania.

Los equipos integrantes además eran totalmente diversos. Cuando yo pensaba en niños de la calle imaginaba jóvenes de países en desarrollo (o pobres a secas). Pero también había delegaciones de lugares como Noruega, que me sorprendió por ser este uno de los lugares con mayor desarrollo humano en el mundo.

"Es que no te creas, en Noruega también hay sector excluidos, que viven en dificultades", me comentó uno de las personas que organizaba el evento.

Mejor aun es que este torneo no tuvo a los equipos "grandes" entre los que llegaron más lejos.

Para muestra un botón. En la final, Kenia le ganó a Sudáfrica.

También pude ver al equipo de Brasil, que tristemente se vio superado por buena parte de los participantes. Para destacar las jugadoras colombianas y la delantero boliviana, que reafirmaron que el fútbol esta para quien lo sepa jugar, no según el género.

Un torneo espectacular, un ambiente de cordialidad y amistad. Sobre todo de solidaridad y humildad. Mucho de lo que le falta al Mundial que bien pudiera aprender una cosa u otra.

Menos espectáculo y mercadeo, y más toque humano.

VIERNES 7 DE JULIO

Vladimir Hernández, enviado especial.

Expresiones de Luiz Felipe Scolari.
El espectáculo entre Francia y Portugal lo ofreció Felipao.
Algunos entrenadores pueden ser un espectáculo. En el juego Francia-Portugal, me tocó estar sentado justo detrás de Luiz Felipe Scolari, o mejor conocido como Felipao.

En una posición de privilegio pude ver a Felipao en todo su esplendor, como también oír la opinión de los jugadores de la banca cada vez que el árbitro pitaba algo que no les parecía adecuado. Prefiero no repetir algunas de estas expresiones.

En fin. Volviendo a Felipao. El entrenador brasileño del conjunto portugués -lo que hace la globalización- se mantuvo apenas 30 segundos en su puesto cuando empezó el partido. El resto de los 90 minutos (más el descuento) estuvo corriendo de lado a lado como otro jugador más.

Pese a la exasperación de sus gritos, sus expresiones de rabia, dolor o frustración, y lo histriónico de su comportamiento (agitaba los brazos más rápido que Ian Thorpe en la piscina), también tenía lapsos para llamar a la calma.

O más bien, tenía el monopolio de las protestas.

Si el gritaba al árbitro, usted imaginara que, estaba bien. Cuando los jugadores se paraban todos juntos a decir lo mismo. Felipao se volteaba, con serenidad casi irreconocible, fruncía el ceño y con las manos les pedía calma.

Parecía el papá de un grupo de chiquillos agitados en un parque. Pero sin gritos para los jugadores, pura calma y cordura. Hasta que se volteaba al terreno.

"¡Cristiano! ¡Cristiano! ¡Cristiano!" no paró de decirle a Cristiano Ronaldo para que apretara la marca en la salida del equipo francés.

Luego caminaba de un lado para otro. Se llevaba las manos a la cabeza. Se paraba. Se volteaba a sus asistentes. Se acercó a Simao ("mira, hay algo que esta mal", le dijo en portugués). Quienes estábamos justo detrás de él (realmente encima del techo de la banca) estábamos agotados de tanto ver al hombre ir y venir.

Pero agotados en el mejor sentido de la expresión. A veces era más interesante ver y oír a Felipao que el propio encuentro. Claro esto fue Francia-Portugal, no Italia-Alemania cuando si parpadeabas se te iba el mundo en frente.

No todo el espectáculo en un Mundial es el fútbol, esos detalles como Felipao justifican la grandeza de este torneo.

JUEVES 6 DE JULIO

Vladimir Hernández, enviado especial.

Anoche tuve la mala fortuna de sentarme delante del más entusiasta de los hinchas alemanes que había en el estadio de Dortmund.

Pareja italiana durante la semifinal ante Alemania
Algunos prefieron ver los partidos acompañados.

El juego entre Alemania e Italia fue intenso. Permitía comprender que el pobre hombre estuviese histérico, de alegría o tristeza según el pasaje del encuentro, pero mis oídos acusaron el timbre de su voz mucho después de haber terminado todo.

"Nein! Nein! Nein!" vociferaba (muy cerca de mi tímpano) cuando un italiano se escapaba hacia la meta de Jens Lehmann.

"Súper, Lahm! (¿) Ja! Ballack! (¿)", cuando atacaban el otro lado de la cancha.

Cuando Fabio Grosso destapó un delicado disparo de zurda que acabo con la ilusión de los alemanes, cuando ya no quedaban sino segundos del partido, no tengo recuerdos de haberle escuchado.

Ni a él, ni a mucha gente en el estadio. Fueron algunos segundos de incredulidad. Todo paso como en cámara lenta. Cuando se vio a Grosso haciendo de Marco Tardelli en 1982, todo fue muy claro.

Todo este relato viene a colación, porque tras todas estas jornadas en el Mundial, a medida que se acerca la melancolía del final, me di cuenta que he visto decenas de maneras diferentes de ver un partido.

Esto en el estricto sentido de la frase. Hay los que lloran. Como un italiano ayer después del juego que le gritaba al cielo, tenía los ojos brillosos, se reía histéricamente y hablaba sin parar (pese a que andaba solo!).

Otros, como un grupo que vi en Hamburgo, pasan todo el juego hablando entre ellos. Casi ni prestaban atención al juego.

Algunos optan por gritar sin cesar. Otros por el silencio. Unos por los espacios bien concurridos, otros por el sofá y el silencio de la casa.

Yo soy muy malo para ver un juego acompañado. No quiero que nadie me hable, ni me pregunte, no quiero perderme un solo detalle, entro casi en trance, me siento al borde de la silla, con la espalada muy inclinada hacia delante y permanezco así 90 minutos (o 120 mas penaltis en la segunda ronda). Claro termino cada juego como un boxeador de práctica para Mike Tyson.

¿Y Usted? ¿Cómo prefiere ver los partidos?

MARTES 4 DE JULIO

Vladimir Hernández, enviado especial.

Ya no queda mucha gente en Alemania. Ya no hay tantos tumultos y multitudes como los que se veían en cada ciudad durante la primera ronda. Supongo que tiene que ver con el hecho de que sólo hay cuatro equipos aún con vida y sus respectivas hinchadas.

Auto pintado con los colores de la bandera alemana
A medida que quedan menos equipos, el colorido de la hinchada local se hace más evidente.

Extraño la primera ronda del Mundial. Pensé que todo el torneo seria un gentío en todos lados, pero a medida que empezaron a ser eliminados los equipos se redujo la cantidad de visitantes.

Era difícil no contagiarse en una ciudad cuando veías en la estación de tren gente de cualquiera de los países participantes, desde el tradicional Brasil hasta la muy alegre Trinidad y Tobago, que mostraban la diversidad y el colorido de su presencia.

Ahora, sin menospreciar a los que siguen en territorio germano a Portugal, Francia e Italia, creo que este sentimiento contagiante soóo se respira con los alemanes. Claro, también es que ya su fue esa máquina que arrastra multitudes como Brasil y a esa otra marejada de hinchas como Inglaterra.

Los alemanes como locales, tienen una ventaja competitiva en cuanto a presencia. No se puede dar dos pasos sin ver una bandera alemana. Bien sea en un vehículo, la ventana de una casa, la cara de alguien o en un perro callejero que involuntariamente se sumó a la ola de patriotismo.

Si por barras fuese, espero que gane Alemania, para que esto siga siendo una fiesta.

"No quiero que pierdan los alemanes frente a Argentina porque aguantaría la tristeza de la gente aquí", me comentó un amigo que tiene más que suficiente tiempo viviendo en Berlín.

El otro día había, según los cálculos anunciados, un millón de personas celebrando el triunfo alemán en la puerta de Brandemburgo, en Berlín.

Ya es casi un lugar común. Pero Alemania ha reinventado el nacionalismo a raíz del Mundial. Ya no es tabú, ahora es motivo de orgullo, como en cualquier país. Ya no recuerda solamente a los oscuros capítulos de la historia.

He estado más que todo en el occidente del país y me llegan cuentos de que en la antigua Alemania Oriental el entusiasmo no es igual. Puede que este sea el reto del país de ahora en adelante: unirse y dejar la separación de unos u otros.

LUNES 3 DE JULIO

Vladimir Hernández, enviado especial.

Trifulca al final del partido Alemania - Argentina
La FIFA se mostró furiosa por los incidentes al final del partido y anunció medidas enérgicas.
¿Qué pasó entre los alemanes y argentinos después del partido? Desde las gradas, algunos presentes pudimos ver algunos elementos y cada quien armó su versión.

Un lamentable final para un partido espectacular, pero comparto con ustedes mi versión, que siempre será especulación hasta que un jugador (u otro participante) oficialice lo sucedido.

Ambos equipos estaban listos para los penales. Los dos conjuntos, abrazados en línea horizontal, de cara a los porteros, héroes o villanos del resultado. La tensión era latente entre los jugadores, hinchas, periodistas y televidentes.

En el primer penal, Oliver Neuville no falló y de regreso, en el largo camino hasta el medio del campo, pareció decirle algo a Julio Cruz quien iba a tomar su turno desde el punto de la pena máxima.

Cruz lo oye, se voltea, pareció sorprendido, y sigue. Ejecuta. Gol. Y de regreso, se lleva el dedo índice a la boca mirando a algún alemán.

Hasta ahí nada. El tercero de los alemanes cobró, anotó y regresó a sus compañeros. Tomó su dedo índice, lo llevó a la boca y señaló a los argentinos. Reacción inmediata.

Varios de los albicelestes mostraron su desagrado ante lo sucedido, y todavía no había terminado Esteban Cambiasso de llegar a patear cuando el árbitro de línea tuvo que interceder entre ambos equipos.

Los ánimos más que exaltados estallaron al final. Celebró Alemania, brincó alrededor de su arquero, Jens Lehmann, pero la atención inmediatamente pasó al resto del campo. Pequeños tumultos, no de celebración, se desataron entre jugadores, técnicos, funcionarios de seguridad, etc.

¿Responsabilidades? Es más que difícil decirlo, además para eso quedaran las autoridades. ¿Argentinos malos perdedores? Quizás sea un poco injusto pensar esto simplemente. Muchas cosas pasan entre jugadores, pero todas quedan en la cancha y no se hacen públicas.

"Eso quedo allá", me dijo uno de los argentinos. "Ya pasó". Mejor así.

DOMINGO 2 DE JULIO

Vladimir Hernández, enviado especial.

La mayor parte de los aficionados ingleses contribuyeron a la fiesta en Alemania.
La mayor parte de los aficionados ingleses contribuyeron a la fiesta en Alemania.

Un Mundial musical. Por lo menos en las tribunas de los estadios ha sido así. Claro, ya a estas alturas del torneo, la variedad de canciones de cada equipo ha disminuido proporcionalmente con la cantidad de equipos que quedan. De los 32 que empezaron, solo hay cuatro: Francia, Portugal, Alemania e Italia.

En mi mente quedaron grabadas sobre todo las canciones de España y Argentina.

Los primeros con su pegajoso "a por ellos oe/a por ellos oe" y los segundos con sus ya tradicionales "vamos/vamos argentina/vamos a ganar¿" o el "volveremos/volveremos¿".

Los hinchas de todos los equipos que vi, de una u otra manera interpretaron que la música debe acompañar su sentimiento por la selección de su país, o por lo menos es la mejor forma de mostrar "un sentimiento/ya no puedo más".

Las barras de Ghana o Costa de Marfil eran un pleno de tambores que no dejaban de sonar así el equipo fuese perdiendo, así lloviese, así los eliminasen.

El tronar de los ingleses, que solieron copar los estadios o ciudades donde jugaron, era sobrecogedor.

Uno de los himnos nacionales que más me impactó fue el "God Save the Queen" cantado por los hinchas ingleses ante Ecuador. Solo comparable con el "deustchland/deustchland" de los alemanes.

Ni siquiera un Eurovisión podría haberlo imaginado mejor. Se le debe dar premios a las mejores barras. Los argentinos eran apenas una mancha albiceleste dentro de la marea germana en Berlín el pasado viernes.

Pero nunca dejaron de cantar, aupar o hacerse presentes.

Los polacos, además de inundar los lugares con su presencia, fueron también ejemplo vivo de alegría, canciones y presencia. Que presencia!

Hasta ahora, la presencia de hinchas con las ganas de cualquier cosa menos disfrutar esta fiesta del fútbol ha sido pirrica.

Claro, me imagino que entre los barrenderos de cada ciudad donde hay un juego debe haber una opinión drásticamente diferente.

No importa el país que haya jugado, las calles terminan siendo un mar de basura. Triste espectáculo para semejante desborde de alegría.

SÁBADO 1 DE JULIO

Vladimir Hernández, enviado especial.

Aficionados alemanes con entradas
El sueño de tener un boleto en las manos no está al alcance de todos.

Un negocio. El tema de las entradas en este Mundial resulta una alegría para algunos, por permitirles ver los juegos desde las tribunas, pero la alegría de otros quienes las utilizan para hacer negocio.

El otro día, cuando jugaron Argentina y Holanda, durante mi almuerzo compartí la mesa con unos argentinos. Uno de ellos acababa de recuperar el costo de haber viajado a Europa mediante la venta de su entrada por 800 euros.

"Ya estamos clasificados, tengo reservas hasta para la final, si llegamos, así que no me importa perderme este partido", indicó.

Un inglés, quien conocí en un viaje de tren me dijo que trataría de ver un partido de su selección, pero que dependía del precio que conseguiría por las entradas.

"Supe que algunos mexicanos pagaron hasta 1.000 euros por un billete para el estadio; yo no podría pagar tanto", señaló.

¿Es esto algo que beneficia al Mundial? La posibilidad de adquirir un billete, con un sobreprecio grosero, para ver a tu amado equipo.

¿De quién es la culpa que exista este mercado? ¿Del comprador, dispuesto a pagar lo que sea? ¿O del vendedor que se aprovecha que existen compradores de este tipo?

Es como el negocio de la droga. ¿Quién es más responsable, el adicto o el traficante?

Estados Unidos dice que la raíz del problema son los países productores de droga; los países productores señalan el problema de los consumidores. El huevo o la gallina.

Como un traficante, el revendedor está en todas partas. No importa qué medidas se tomen, es un negocio que cuesta erradicar.

La ley de la oferta y la demanda, me dijo alguien cercano.

En mi opinión, es una plaga que debe eliminarse.

VIERNES 30 DE JUNIO

Vladimir Hernández, enviado especial.

Argentino hinchando a su equipo
"Vamos, vamos, Argentina... vamos, vamos... a ganar"
Pasión. Esta puede ser la palabra que mejor resuma lo que se respira alrededor de la selección argentina.

Ayer, estaba en el hotel donde se alojaban los futbolistas argentinos en Berlín, antes de su juego contra los alemanes.

Como buen buitre, perdón, periodista, estaba ahí acechándolos y esperando a ver si podía enterarme que pasaría por la cabeza de, digamos, Sorín o Riquelme, a sólo horas de un partido que a todas luces pintaba difícil.

Llegue como las cinco de la tarde, sin siquiera un periódico para mantenerme distraído durante la tarea de esperar, sin ninguna certeza de saber por cuánto tiempo.

Para entrar al hotel necesitaba llevar mi acreditación, de lo contrario no te dejan pasar. Pero decenas de personas, pocas periodistas, lograron establecerse en el lobby del hotel pese a los esfuerzos del personal de seguridad.

"Yo soy brasilero, pero me gusta Carlitos Tévez y Mascherano, porque yo soy del Corinthians", me dijo, casi gritando por el gentío, uno de los presentes con una camiseta de la albiceleste.

"Que no te vean con esa camisa en tu país", pensé.

Otro, un inglés, me dijo emocionado que él sólo sonaba por lograr un autógrafo de Maradona (que se decía cenaría nuevamente con la selección esa noche). Se le quebraba la voz de solo pensarlo.

Ya va. Me tuve que pellizcar. ¿Un brasilero hinchando por Argentina? ¿Un inglés a punto de llorar por una firma de Maradona (el de la "mano de Dios")? Insólito.

Por supuesto, dentro y fuera del hotel había docenas de argentinos esperando aunque sea una mirada breve de sus ídolos. Todos se veían unos a otros, reconociéndose las mismas emociones. No todos los días se ve a la selección.

Lástima que la multitud fuese tan numerosa. Los argentinos llegaron, como a las 9 de la noche, tras su entrenamiento. Pero se les ingresó por la puerta de atrás, en el estacionamiento. Mucha gente se quedó con las ganas, pero la pasión sigue ahí.

JUEVES 29 DE JUNIO

Héctor Riazuelo, enviado especial.

Los aficionados han podido disfrutar del Mundial a través del "Fan Fest".
Cientos de miles de aficionados han compartido en los festivales que celebran las doce ciudades sedes.
El cierre de la ronda de octavos de final marca mi regreso a Londres. No es la primera vez que he estado en un Mundial - fui a Francia 98 - pero más allá del fútbol en sí, lo que más me llevo esta vez es la compenetración que he sentido entre las distintas hinchadas y la gente local.

En parte esto se ha debido al éxito de los "Fan Fest", la fiestas de aficionados montadas en las doce sedes.

Entre música y cerveza, quienes no tienen boleto han podido disfrutar los partidos en pantallas gigantes con ambiente de estadio. Un verdadero acierto.

En medio de los incontables traslados, conmigo se van historias como la del taxista turco que me condujo al campo de entrenamiento de Argentina y en el camino me contó que, pese a que vive aquí desde niño y tiene hijos crecidos, nunca ha sentido que ésta es su casa.

Aun así apoyaba a Alemania por todo lo que le había dado. Me decía lo bueno que era el Mundial para el país y se le iluminó el rostro recordando el paso de los mexicanos por su ciudad.

Justamente con los mexicanos fue con los aficionados que más platiqué. De tantas conversaciones, me quedo con una en la que apenas participé. Después de un día de especial ajetreo y múltiples conexiones de tren, me senté exhausto en un vagón lleno de hinchas cantando porras en la ruta al estadio.

Fue un poco como llegar a una fiesta cuando ya todo el mundo está borracho. Frente a mí un señor mexicano sin boleto, pero con un penacho impresionante, contaba anécdotas mientras miraba y miraba mi acreditación. Intentó decirme algo en inglés y le dije que era venezolano. Casi indignado me dijo: "¿y por qué no hablas?".

Ese conversar por conversar es algo que uno va perdiendo al vivir en ciudades como Berlín o Londres y que ha reaparecido en la Alemania mundialista. Sería interesante ver si el temperamento extrovertido que muestran actualmente sus habitantes no se pierde después del torneo.

Ese es el ambiente que dejo en Alemania. Entre leves temores por nacionalismos trasnochados, un verdadero deseo - largamente reprimido - de dejar tranquilo al pasado y de poder celebrar el presente y el futuro. Un poco lo que ocurre en el lugar al que vuelvo.

MIÉRCOLES 28 DE JUNIO

Vladimir Hernández, enviado especial.

Aficionados españoles tras la derrota ante Francia.
El fútbol entusiasma y luego pasa la cuenta.
Estamos en la ronda de la tristeza. Es increíble lo devastado que pueden quedar algunos ante la eliminación del equipo. Por ello, desde que comenzó la segunda ronda del Mundial, se acabó la fiesta a todo dar de los aficionados. Hay alegría, pero también mucho miedo de pasar de la euforia a la desesperación en sólo 90 minutos.

Testigo de esto fueron los seguidores de Ecuador, Suecia, México, Suiza, Australia, Ghana y España.

Este último país me conmovió de sobremanera. No pude ver muchas caras de los hinchas, al salir del estadio, ya que al terminar el encuentro tuve que correr a la zona donde se entrevista a los jugadores.

Una vez que llegue ahí, era asombroso ver a unos previamente entusiasmados periodistas españoles, con una mezcla de melancolía y estupefacción. Parecieran que ellos mismos hubiesen estado en el terreno. Ni los jugadores, cuando salieron, tenían semejante aire de derrota y tristeza.

"Así es el fútbol", me dijo Carles Puyol. Sabias palabras, con mucho profesionalismo, pues de verdad ya no queda de otra.

Le dije a mi hija -de pocos años- que me había lesionado y ella me pidió que le leyera un cuento. Ahí pensé que hay cosas más importantes que el fútbol
Michael Owen, delantero de Inglaterra
Un colega de una radio en España estaba recostado sobre una baranda, con las dos manos sobre la cabeza, y a punto de llorar. "No me lo creo tío", decía a quien lo escuchase.

Otra, tenía la cara igual de roja que el suéter que llevaba puesto. Con un rostro entre rabia y depresión, me dijo, "siempre es lo mismo".

España -jugadores, periodistas e hinchas- pensaba que por haber jugado bien en la primera ronda era seguro que ganaban el torneo. Pero el fútbol es muy cruel, te entusiasma y luego te la cobra.

Si no que lo digan los australianos. Fueron eliminados cuando ya parecía que llevaban el partido a tiempo extra y además con un penal dudoso. Una hora después de haber sonado el pitazo final, todavía había hinchas en las gradas, en silencio, mirando al vacío, estupefactos.

El fútbol que instantes atrás los había llevado a la euforia, de un plumazo los llevó a la devastación total.

Pero en estos momentos me acuerdo de una entrevista que recién le hicieron a Michael Owen, quien tuvo que partir de Alemania por una grave lesión en la rodilla. Devastado por no poder ayudar a su equipo, tuvo palabras para poner un poco las cosas en perspectiva.

"Le dije a mi hija -de pocos años- que me había lesionado y ella me pidió que le leyera un cuento. Ahí pensé que hay cosas más importantes que el fútbol".

Sabias palabras.

MARTES 27 DE JUNIO

Héctor Riazuelo, enviado especial.

Trenes abarrotados en Alemania.
Viajar en tren se ha complicado en los últimos días.
Como lo mencionó previamente Vladimir en su blog, agradecemos las líneas que nos mandan los lectores de BBC Mundo. Ciertamente son una compañía en medio de muchas horas de viajes y ajetreo. Hoy aprovecho un rato de balón parado para contestar algunas de las preguntas recibidas.

Desde Londres Ignacio me pide mi opinión sobre los árbitros. Creo Ignacio que en un principio casi pasaron inadvertidos, lo cual siempre es considerado como una buena señal. En los últimos días, sin embargo, han pasado a tener un protagonismo desmedido, especialmente el ruso Valentín Ivanov, quien igualó el récord mundialista de 16 tarjetas amarillas y logró uno nuevo con cuatro rojas en el partido Portugal-Holanda.

De hecho, en este Mundial ya se rompió el récord de expulsiones. Antes de los partidos de este jueves ya iban 24, dos más que el récord previo de Francia 98. El número de amarillas ya ascendía a 297.

Al inicio del torneo, la FIFA anunció mano dura y los árbitros, bajo presión, la han estado aplicando. Los jugadores también tienen su cuota de responsabilidad. La actuación de Ivanov fue un desastre, pero ambos equipos, especialmente Holanda, mostraron un pobre espíritu deportivo.

A diferencia de nosotros los latinoamericanos, a los bávaros les cuesta acostarse tarde
Desde Colombia Fredy Alexander Aguilera nos pregunta cuál es el lema del Mundial. Es "Hora de hacer amigos" y la verdad es que los alemanes se han esforzado en ser buenos anfitriones aunque en algunos lugares, como nos dice Virginia Borges desde Munich, el ambiente de fiesta no se siente tanto.

Por lo poco que he visto Virginia, me parece que parte del problema es que, a diferencia de nosotros los latinoamericanos, a los bávaros les cuesta acostarse tarde.

Paula, de La Plata en Argentina, pregunta por los Mundiales que ganó Alemania, próximo rival de Argentina. Son tres, todos como Alemania Federal, en 1954, 1974 y 1990.

El primero sirvió para elevar la autoestima de un país marcado por la Segunda Guerra Mundial. El segundo fue en casa, con Beckenbauer y Muller como protagonistas, y el tercero en Italia con la caída del Muro de Berlín como marco.

Melina, de Pontevedra en España, pregunta sobre los trenes. Te cuento que son caros. Hay muchos y frecuentes en la ruta Francfort-Berlín a la que haces referencia. Sin embargo, si vas a otro destino es mejor hacer reservación. Al principio no lo hice y no hubo problemas, pero en los últimos días la afluencia ha aumentado y los vagones han estado abarrotados. Como me pasó en un par de oportunidades, el único lugar disponible es el suelo.

También me dieron el dato de una página de internet en la que pagas por compartir un auto con personas que van al mismo destino. Es http://www.mitfahrzentrale.de/

Ya en Berlín te recomiendo andar en bicicleta como lo hacen muchos habitantes de la ciudad, especialmente en estos días de verano.

LUNES 26 DE JUNIO

Vladimir Hernández, enviado especial.

Carlos "el pibe" Valderrama en Alemania 2006.
Valderrama dijo presente en el Mundial 2006.
Personalidades. Muchas personalidades del fútbol pululan los pasillos de cada estadio en este mundial. He tenido la fortuna de poder conversar con unos y la poca fortuna de no poder con otros.

Pero en esta entrada quiero compartir una de esas experiencias.

En uno de los recientes juegos que me toco cubrir, de pronto veo una melena amarilla inconfundible en el cafetín de la sala de prensa del estadio de Nuremberg. Nadie ha llevado el cabello de esta forma sino el "Pibe" Valderrama.

Cuando pequeño, quizás como muchos, jugué incansables y añorados partidos de fútbol en la calle diciendo que yo era Valderrama, tratando de lejos de imitar los quiebres de cadera, las genialidades y el domino casi filosófico del juego. Cuando se es niño se puede ser quien uno quiera.

Recordando estas cosas me acerco a su mesa, quizás con el atrevimiento de quien cree conocerlo por haberlo visto tantas veces por televisión (nunca en persona) me siento a su lado y le digo (muy tímidamente ahora cuando lo veo en retrospectiva) "por favor, podría hacer unas preguntas".

"Nah", me dice con más desgano imposible.

Me quedo en el sitio por unos segundos, para mi fueron minutos u horas, pero me recompongo, le agradezco y me voy. En ese instante empiezo a murmurar para mis adentros, a decirme que ironía que tu ídolo te haya hecho un desplante y de la forma más grosera. De repente está agotado, me digo, mientras camino para ordenar mi cabeza, de repente es un tipo así. Qué sé yo, muchas cosas pensé.

Pero de pronto vuelvo a ver hacia su mesa y esta dándole una entrevista a otro periodista. La indignación que no había llegado empezó. Pienso, cavilo y decido ir por un segundo intento.

Tras responder a su interlocutor, y tomarse decenas de fotos con varios que habían descubierto su (melena) presencia, me acerco de nuevo y hago (de nuevo) la petición.

"Siéntate ahí, pues", me dice.

Hablamos por varios minutos, le pregunto de todo sobre el fútbol, el Mundial, lo que nos trajo a todos a Alemania.

Termino y sucede algo que no me esperaba. La entrevista nunca se grabó. Nunca le quité el botón de pausa al grabador, y sin sonido no hay programa de radio.

Respiro, y le digo, con la mejor finta de discurso digna del propio Valderrama, "usted se va a molestar, lo sé, pero no se grabó la entrevista".

Se ríe. "Te jodiste", me dice. Mi cara empalidece. Y de nuevo me dice, bueno dale de nuevo.

Uff.

DOMINGO 25 DE JUNIO

Héctor Riazuelo, enviado especial.

Aficionados argentinos y mexicanos en Leipzig.

"Si te gusta el este de Berlín, te va a fascinar Leipzig", me dijo una colega antes de tomar el tren para ver el partido Argentina México.

Tenía razón. La única ciudad sede del Mundial en lo que era la República Democrática es un verdadera joyita.

Parte de su encanto es que, a diferencia de lo que ocurrió en otras ciudades alemanas importantes, su centro histórico escapó más o menos indemne a los bombardeos que sufrió en la Segunda Guerra Mundial.

Sin esas cicatrices, supo conservar el espíritu bohemio que llevó a un personaje del Fausto de Goethe a calificarla como la "Pequeña París".

Su pasado reciente también ha contribuido a mantener esa sensación de lugar en el que uno puede tomarse un "café con la vida", como diría Serrat.

En 1989 la ciudad jugó un papel protagónico en las protestas que terminaron con la caída del Muro de Berlín.

Desde la reunificación alemana la inyección de dinero del gobierno ha sido considerable y hoy en día es uno de los lugares más pujantes del este del país.

"Llegué aquí desde Munich hace diez años y todo era un desastre", me dijo un empleado del hotel -de temática Pop Art- en el que me quedé. "Ahoras las autopistas son mejores que en mucho sitios del oeste. Es lo mismo con otros servicios".

Antes de abandonarla, sin haberla conocido de verdad, le deseé que no pierda ese equilibrio entre las necesidades materiales y el derecho a soñar. Eso, me hizo pensar en la Londres a la que me toca regresar en pocos días.

Algún día volveré a Leipzig para ver el museo dedicado a Johann Sebastián Bach que nunca pude visitar, compartir con su gente y sentarme con más tiempo que un café.

Si por alguna razón no puedo regresar por lo menos conservaré esa grata primera impresión y la imagen de sus calles llenas de eufóricos alemanes y argentinos, esperando los cuartos de final, y de cientos de mexicanos, celebrando a pesar de la derrota, quizás ya con la mente puesta en el próximo mundial.

SÁBADO 24 DE JUNIO

Vladimir Hernández, enviado especial.

Aficionados ingleses en Stuttgart.
Stuttgart ofrece buena bebida y comida.
Si llegó aquí buscando más sobre fútbol, le invito a dejar de leer y pase a nuestro índice de Deportes donde encontrará eso y mucho más. Esta entrada al blog será sobre Alemania, en época de Mundial, claro está.

Si no lo conocen, les cuento que es fantástico. Y si ya lo conocen, pues conózcanlo más! Debo reconocer que Alemania nunca estuvo entre los destinos que quise visitar. Siempre me incliné por otros, más "turísticos", "exóticos" o de playa.

Pero en las dos semanas que llevo aquí, desde el tren o simplemente caminando las ciudades, he podido borrar por completo esta impresión.

Ayer, por ejemplo, hice un ida y vuelta a Kaiserslautern (jugaba España contra Arabia Saudita) para encontrarme en un tren que serpenteaba una montaña boscosa que finalmente me llevó hasta una ciudad incrustada en una ladera entre casas al mejor estilo de los Alpes Suizos (que me imagino, porque tampoco conozco).

El verde de estos bosques invitaba a soñar con pasearse dentro de sus senderos, y quizás sentarse, con buena compañía, un buen libro, alguna que otra cosa que comer y una manta para darse algún descanso merecido. Definitivamente tengo mucho tiempo ya de tren en tren, porque sólo pensaba en un lugar, como un claro de bosque, para dormir.

Para los amantes de las urbes, calles empedradas e iglesias medievales, Munich, Nuremberg, Stuttgart, Kaiserslautern, Colonia, entre otras, no defraudarán
La cosa es que las praderas alemanas parecieran que tienden la mano para eso. Lo mejor que he visto de Alemania ha sido definitivamente fuera de las ciudades. Cuestión de gustos, ya que me inclino por los espacios abiertos en la naturaleza.

Aunque no por ello sean menos las ciudades. Para los amantes de las urbes, calles empedradas e iglesias medievales, Munich, Nuremberg, Stuttgart, Kaiserslautern, Colonia, entre otras, no defraudarán.

Para los amantes de la historia contemporánea, Berlín y Nuremberg están a la vista. Justamente esta ultima ciudad tuvo un detalle que me llamo mucho la atención. El estadio del Mundial esta construido al lado de otro estadio, con aspecto de prisión, que le da un toque lúgubre pero fascinante al sitio.

Resulta que la inmensa muralla que se encuentra al lado del estadio, con alambre de púas en la parte alta, es el estadio donde la juventud nazi hacia desfiles para Hitler. Hoy un sitio reservado para visitantes.

Y la gente del país, mas simpática no ha podido ser. Buscaba el otro día en Stuttgart algo que comer y mi cara debe haber sido un poema, porque se me acercó una joven a preguntarme que si podía ayudarme en algo. Mi sospechas iniciales se esfumaron cuando me recomendó que conocía de una zona donde podía encontrar comida típica de la región del sur, en una llamada "aleda del vino (Weindorf)".

Su sugerencia no pudo ser mejor, según sus indicaciones llegué a una cuadra cerrada con pequeñas casas de madera (todo esto en el medio de una gran urbe), como un oasis, donde había música, comida, bebida y un excelente ambiente.

Todavía vamos a medio camino antes de que esto termine, pero los recorridos desde el tren de todo el territorio germano han llenado mi mente de imágenes, atardeceres, amaneceres, graneros, campos, bosques y montañas, que serán imborrables.



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