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Viernes, 2 de junio de 2006 - 23:26 GMT
Blog desde Perú

José Baig
Enviado especial a Lima, Perú

El domingo se lleva a cabo en Perú la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, para definir quien será el sucesor del actual presidente Alejandro Toledo.

Nuestro enviado especial a Perú, José Baig, nos envía desde allí esta bitácora.

VIERNES, 2 DE JUNIO

Este David no va a poder enfrentarse a Goliat porque no tiene ninguna razón para suponer que Dios está de su parte.

Si le va bien, apenas logrará escabullirse entre las piernas de los filisteos y probablemente no salga ileso.

Ni siquiera tiene con qué comprarse una honda.

Y si la tuviera, seguramente no tendría fuerzas para tirar las piedras porque en todo el día sólo se ha tomado medio vasito de gaseosa que le regalaron y seguramente se va a acostar sin comer.

Este David no va a ser rey. Será muy afortunado si logra llegar a la madurez con trabajo mal pagado y un lugar apenas digno para vivir.

Es más, si sigue como va, es probable que en cuestión de meses sea víctima de abuso sexual, o drogadicto o aprendiz de delincuente.

Si alguna vez llega a cobrar algo de fama será exponiendo sus vergüenzas en el "talk show" de moda o como protagonista de la crónica policial en la última página de un tabloide.

Este David tiene tres años y sale de noche a vender caramelos por las calles de Lima.

A pocas cuadras del restaurant de donde acaban de echar a David para que no moleste a los clientes, un político habla de la futura grandeza de Perú.

MIÉRCOLES 31 DE MAYO

A lo largo de los últimos siete años he ido acopiando una serie de objetos relacionados con situaciones políticas de países que he visitado o en los que he vivido.

A esa colección ecléctica, incompleta e inconexa me gusta llamarle "el museo de la ignominia política".

Hay varios afiches de campañas electorales, gorras, llaveros, cartuchos vacíos de bombas lacrimógenas, camisetas y un par de posters que en algunos países podrían ser considerados como una apología del terrorismo.

El andar recolectando estos objetos por el mundo me ha generado algunos inconvenientes.

El primero es cómo trasladar de un país a otro algunas de estas cosas que, como dije antes, pueden herir algunas sensibilidades.

Otro de mis problemas es que la colección no reposa bajo un mismo techo, sino que está desperdigada por al menos tres países distintos, producto de mis seis mudanzas en un septenio.

El tercer problema es que ya se me convirtió en adicción y trato de conseguir todo lo que me parece que podría tener un lugar en mi "colección privada".

Eso significa gastar plata. En este viaje por dos países en elecciones ya llevo gastados unos 30 dólares en objetos que podrían formar parte de la muestra.

El cuarto problema es que parece mentira la cantidad de soportes sobre los que se puede plasmar la propaganda electoral o política.

Llaveros, vinchas, discos, calcomanías, camisetas, gorras, destapadores, bolígrafos, banderas, banderines, afiches y quién sabe qué posibilidades más que deben estar tramando ahora mismo los genios del márketing político.

Y la verdad es que no puedo comprar todo lo que una campaña pueda financiar sin comprometer el presupuesto familiar.

Me imagino que en el futuro mi colección de "la ignominia política" va a ser un desafío interesante para la museografía y la curaduría. Por ahora es un reguero de llaveritos, afiches y camisetas en varios cajones anónimos.

MARTES 30 DE MAYO

Está pasando algo raro con los relojes que tengo cerca.

Ninguno parece indicar la hora correcta.

Todos los días estoy en contacto con por lo menos cuatro artefactos que indican la hora.

El monitor de pulso que me pongo para trotar, el reloj de pulsera Tag Heuer de acero inoxidable que me regaló mi esposa, el reloj del celular y el de la computadora.

Como estoy viajando por América del Sur, le ajusté la hora a todos ellos. Un retroceso de 30 grados para la manecilla corta.

Y creo que ahí empezaron mis problemas.

A pesar de que me aseguré de que todos indicaran la misma hora, las diferencias que me muestran entre ellos en estos días puede ser hasta de diez minutos.

En mi habitación de hotel de Bogotá tenía un reloj despertador sobre la mesa de noche del lado izquierdo.

Claro, la pantalla del radio-reloj General Electric tampoco coincidía con los otros aparatos que me indican el paso de la horas.

Lo peor es que el reloj que parece estar diez minutos adelantado en la mañana, en la tarde parece que se quedó rezagado seis minutos.

Es como si a partir del momento en que los ajusté, se hubieran dado cuenta de que la hora puede variar y de que el paso del tiempo es relativo.

Máquinas del tiempo con vida propia.

Por cierto, ya son como las siete de la noche, ¿no?


 

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