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Domingo, 4 de septiembre de 2005 - 03:55 GMT
Weblog: en Nueva Orleans

Carlos Chirinos
BBC Mundo, enviado especial a Nueva Orleans

El corresponsal de la BBC en Washington, Carlos Chirinos, viajó a la zona del desastre tras el paso del huracán Katrina.

Además de su cobertura y sus imágenes, nuestro colega nos envía un blog desde Nueva Orleans y el resto de la zona costera afectada por la tormenta.

Participe. Usted puede comentar sobre cada segmento al final de cada uno.



3 de septiembre
Ahora si puede decirse que la ciudad esta vacía. Hace tan solo doce horas, los periodistas que presenciábamos el caos, empezábamos a compartir la sensación de los refugiados: de que nunca iban a poder salir de esta ciudad.

Pero se produjo un cambio. Literalmente de la mañana a la noche.

De la masa desesperada que eran el domo y el centro de convenciones, solo queda una estela de basura, colchones, sillas y un reconcentrado mal olor. Con ellos se fueron sus historias.

Me pregunto que habría sido de la suerte del animado grupo de turistas australianos que se tomaba con humor la experiencia del refugio...

O, del taxista hondureño, Pedro, quien conservaba su vehículo listo, porque en las próximas semanas habría que volver al trabajo...

O, de George, un maestro de escuela que al ser rechazado como voluntario, se dedico a ayudar a los demás por cuenta propia...

Apenas anoche parecía que íbamos a estar condenados a esta ciudad para siempre.

Quizás por ese morbo profesional, la avalancha de periodistas que llega hoy a Nueva Orleans tiene la sensación de que se perdieron lo "grueso" de la historia.

Los árboles siguen en el piso, las casas derruidas y el agua fuera de sus causes, pero los colegas saben que falta el inexplicable drama de una gente que sufrió durante días por la falta de coordinación en el rescate.

La ciudad esta vacía pero el drama sigue, porque la vida debe seguir y hay que reconstruirla, ver cómo volver al trabajo, a los estudios, a la normalidad.

Dejar de ser refugiados.

Publicado a las 11:17 GMT del 04-09-2005
2 de septiembre
Llegó la caballería. El mismo alivio que sentían los colonos amenazados por los indios en las películas del Oeste debieron sentir los miles de desamparados que siguen retenidos en el Centro de Convenciones de Nueva Orleans.

La Guardia Nacional "tomó posiciones" como si fuera un despliegue bélico y eso trajo cierta sensación de seguridad a una zona donde crecía una anarquía peligrosa.

La gente miraba hacia el final de la avenida tratando de ver los prometidos autobuses que todavía hoy siguen sin llegar.

Parecía una ecuación lógica: militares, seguridad, transporte, fin de la pesadilla.

Pero la pesadilla continúa. La mayor parte de las 15.000 personas que se calcula que están acá, deberán esperar a que sus compañeros de infortunio que están en el aún más atestado domo sean desalojados.

No deja uno de asombrarse con la lentitud de la respuesta federal, estatal, municipal. A medida que se asegura la zona empiezan a desembarcar las grandes cadenas de televisión y se vienen con su ejército particular. Con sus autobuses-cama, logística. Y en cuestión de horas se ha establecido el tradicional "circo mediático" de estas ocasiones en la Calle Canal, al borde del Barrio Francés.

Sin duda esta es la zona más segura de la ciudad en estos días. Allí la BBC tiene su "carpa", por supuesto.

Pero se pregunta uno qué tan difícil puede ser para una operación que cuenta con poder irrestricto sobre bienes y personas, multiplicar esos esfuerzo por todas las veces que haga falta para que esta gente pueda ir a otro lado.

¿Qué tan dificile es establecer hospitales de campaña para que las decenas de personas enfermas puedan recibir al menos algún consuelo?

Yo no quiero decir que hay negligencia, no lo puedo saber. Pero tampoco puedo decirle a la señora Delma Dillbert Almendárez, miembro de la gigantesca comunidad hondureña, cuándo podrá tener otra botella de oxígeno para su madre de 92 años. A la última que tienen le quedaba la mitad al atardecer del viernes.

Publicado a las 17:36 GMT del 03-09-2005
Jueves 1º de septiembre
Nadie parece que está preparado nunca para lo peor.

Una sociedad como la estadounidense, de funcionamiento envidiable en muchos aspectos, se ha mostrado tan vulnerable como cualquiera ante un desastre de estas magnitudes.

Si bien el huracán sorprendió a todos, ya en su cuarto día la emergencia parece empezar a dar signos de mala gerencia.

Eso es lo que perciben en todo caso los afectados, quienes no comprenden por qué los hacen pasar tantas horas bajo el sol sin alimentos ni agua suficiente para esperar un simple autobús que los lleve una hora al norte del estado.

Es difícil no darles la razón al menos a los miles de refugiados que se reúnen en el centro de convenciones de Nueva Orleans, en condiciones insoportables y sin que ninguna autoridad los controle ni los consuele.

Allí la anarquía es total y las imágenes recuerdan las que tantas veces se han visto desde zonas devastadas por la guerra en cualquier lugar de África o los Balcanes.

Pero también se ve el esfuerzo del otro lado.

La larga fila de autobuses, de camiones refrigerados, de ambulancias y de transportes del Ejército con maquinaria de construcción en que se ha convertido la autopista entre Nueva Orleans y Baton Rouge, habla de un esfuerzo colosal.

Es claro que la logística no es sencilla. Pero esa explicación no le consuela a los ancianos a los enfermos o a los niños.

Algunos han fallecido por falta de cosas básicas como oxígeno o insulina. Algunos toman la iniciativa, como el grupo con el que me topé y que decidió "tomar prestado" un autobús de la alcaldía para llevar a vecinos enfermos a un hospital.

La iniciativa no tuvo recompensa inmediata. El autobús permaneció detenido por los soldados hasta que un patrullero policial se ofreció a escoltarlos por el intricado camino de escape, que es la forma correcta de llamar a esa única vía que queda para salir de Nueva Orleans.

Publicado a las 10:03 GMT del 02-09-2005
Miércoles 31 de agosto
Lo que más me impresiona de lo que he visto al llegar al centro de Nueva Orleans es la devastación humana.

No la de los muertos que de hecho no he visto aún, sino la de los vivos. No tienen nada, sólo lo que pudieron recoger en unas bolsas plásticas o lo que empujan en algún carro de algún supermercado saqueado, por ellos mismos quizá.

Tampoco parecen esperar nada. Muchos se concentran en las calles del distrito financiero aprovechando la sombra que dan los altos edificios de oficinas, vacíos para siempre. Están totalmente ajenos al caos de helicópteros militares y lanchas con los que se realiza la segunda evacuación de la ciudad.

Otros deanbulan por las autopistas vacías, sin rumbo fijo, pero siguiendo instintivamente una vía que los saque de esta ciudad que ya no les sirve.

En una de esas rampas, bajo el techo de una parada de autobuses totalmente rodeada de agua, me encontré una pareja anciana, tranquilamente sentada. Me detuve. Les pregunté qué esperaban. Me miraron pero no respondieron.

Les ofrecí llevarlos a un puesto de socorro militar. Aceptaron sin demasiado entusiasmo.

La devastación de esta pareja me dejó sin palabras. No tenía nada que decirles. Ellos no querían dejar Nueva Orleans, por eso no evacuaron el domingo. No lo dijeron, pero temí que estuvieran a punto de decirme que habrían preferido morir.

La ciudad ya no sirve.

Publicado a las 12:17 GMT del 01-09-2005




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