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Viernes, 8 de abril de 2005 - 15:43 GMT
Cuentos cortos: "A las cinco de la tarde..."

En el mes de marzo lanzamos una convocatoria a todos los lectores de BBC Mundo para que nos enviaran un cuento corto.

Las únicas condiciones eran que el relato no superara las cien palabras y que la frase final fuera: "A las cinco de la tarde, se callaron todos los relojes".

Recibimos muchos cuentos y muy buenos. Tantos llegaron que no todos pudieron ser publicados.

Nos costó mucho elegir al ganador pero finalmente llegamos a una decisión. El primer premio es para Allan MacHin y las otras cuatro menciones para Antonio García Vargas, Leonardo Arias, Silvia Blanco Rosales, Mauricio Castaño y Carlos Miño.

Muchas felicitaciones a los cinco ganadores. Y si su cuento esta vez no fue seleccionado, no se desaliente y espere a la próxima propuesta que será publicada en breve en el "Espacio del lector".


Primer premio

HISTORIA CRONOMETRADA
El primer reloj -Temor- calló a las 12 pm. Pudor detúvose media hora después. A la 1 pm calló Inocencia. Luego de una hora, Deseo. Amor, renunció marchar a las 3 pm... Sin esperanzas, a las 5 de la tarde, se callaron todos los relojes.

Allan MacHin, Naples, EE.UU.


Menciones

SANGRE EN LAS CERRADURAS
Entre el día y la noche construyo instantes que retornan al inicio para crear el primer instante de un nuevo día. Son instantes plagados de mimbres y duraznos. Se diluyen en el manto gris del abandono. Entretanto, sigo con la llave escondido bajo la lengua, esperando ver sangre en tus cerraduras.

Al fondo, imperturbable, aguarda un carruaje de nubes nocturnas y ciudades recortadas en horizontes fingidos. Detengo el tiempo. Deberás, amor, darte prisa. Miro en derredor, consulto mi cronómetro. Efectivamente, tal como había previsto, a las cinco de la tarde, se callaron todos los relojes.

Antonio García Vargas, Aguadulce, Almería, España


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Amaba su trabajo. Se sentía un cirujano de esos cuerpecitos llenos de minúsculas y delicadas ruedas dentadas, a las que trataba como si fuesen pequeños corazones metálicos. El infaltable monóculo, la luz sobre el enfermo, su espalda corva y un pulso preciso daban vida una y otra vez. La alegría lo desbordaba al verlos despertar de la agonía. Podía pasarse horas mirándolos vivir. Pero el viejo relojero se estaba muriendo, y ellos no podían hacer nada. Por eso decidieron irse con él. Y ese día de abril, a las cinco de la tarde, se callaron todos los relojes.

Carlos Miño, Córdoba, Argentina


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¡Atención!: los segunderos manifestaron su inconformidad por dar tantas vueltas sin rumbo. En forma de protesta a las cinco de la tarde, se callaron todos los relojes.

Mauricio Castaño, Medellín, Colombia


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Él escuchaba el tictac de los relojes. Despertadores, relojes de pared y de pulsera, los oía a todos. Cuando le mostraron una foto del Big Ben casi queda sordo sólo de imaginar el ruido de semejante maquinaria. Incluso oía el funcionar de los relojes digitales, el de esos era un punzante zumbido electrónico. En una de sus estancias en el psiquiátrico la vio, le pareció una mujer común pegada a un barato reloj rojo de plástico. Ella dulcemente le sonrió y entonces por fin ese día, a las cinco de la tarde, se callaron todos los relojes.

Silvia Blanco Rosales, Managua, Nicaragua





 

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