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Consuelo Marín
Medellín, Colombia
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El sábado en la mañana los chicos llegaron felices al colegio, aunque no era
día de clases o precisamente por ello.
Jornada de colores...en el aula.
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Vestían "ropa de diario" y en lugar de la bolsa de los cuadernos, llevaban brochas, pinceles y restos de
pinturas que habían encontrado en sus casas.
La profesora, que estaba en
"ropa de pelea" como dicen nuestras mamás, los recibió mientras les revisaba
los implementos de trabajo.
Ese día los convocaba el trabajo colectivo por
la decisión del grupo de embellecer el salón de clases.
Además de alegría,
entusiasmo y muchas ideas, habían llevado el almuerzo en un recipiente plástico reciclado.
En medio de charlas y bromas las columnas grises se transformaron; a la hora
del almuerzo las finas enredaderas que las rodeaban quedaron en reposo, a la
espera de florecer.
Cuando todos habían saciado el hambre, pincelada tras
pincelada, las enredaderas florecieron; la satisfacción, entonces, sirvió de
postre a la pobreza que los limitaba, y como por encanto, las paredes
tomaron los colores que la negligencia administrativa les hubiera querido
negar.
A la tarde la luz del poniente acariciaba la obra terminada, como anticipándose a la reacción de los demás alumnos cuando regresaran el primer
día de la semana; en tanto, los pequeños artistas y su profesora volvían a
sus hogares radiantes por la que, hasta ese día, había sido la mejor jornada
escolar.
El lunes los pequeños llegaron entusiasmados a mostrarle a sus compañeros su
trabajo de decoración y fueron retribuidos con halagos.
Una iniciativa de
variados colores y desbordante orgullo no podía permanecer desconocida, así
fue como a la media mañana los alumnos de otros grupos también se enteraron.
Iniciativa de pinceles y "desbordante orgullo".
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Esa era la novedad cuando la directora irrumpió en la clase; el grupo se dispuso a recibir la esperada y justa felicitación, como ellos lo hubieran
hecho, como su sentido de la justicia les dictaba que debía ser.
Sin
embargo, la directora dirigiéndose especialmente a la profesora, los censuró
porque, según ella, su trabajo había propiciado que los demás alumnos del
colegio hicieran comparaciones con las que se descubrían en desventaja, y
concluyó sus pobres argumentos ordenándole a la profesora que despintara el
salón.
Y aunque los chicos no lo podían creer, la profesora, acostumbrada a
sortear tanto las situaciones difíciles de la pobreza de recursos como la de
pensamientos, respondió con un no rotundo y sin lugar a discusiones.
Nota: estos textos fueron remitidos por los usuarios de BBC Mundo. Las opiniones vertidas no reflejan el punto de vista de la BBC.