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Viernes, 17 de septiembre de 2004 - 15:37 GMT
La aventura cotidiana
Manuel J. Gómez
Cádiz, España

Llueve. Camino a largos trancos, pendiente de la hora, pensando que voy bien, no he salido muy tarde del trabajo y si el tren es hoy puntual, podré encontrar algo abierto a mi llegada y comprar esa botella de vino que olvidé ayer.

Tren
Viajar en tren puede ser una aventura.

Mucha gente en la estación. ¿Otra huelga? Busco con ansiedad en los tablones de anuncios... Nada.

Hay que encender un cigarrillo. Es sabido que eso acelera los acontecimientos que impiden fumar, como la llegada del tren. Una voz distorsionada atrona en las estación. Vía dos. Significa esperar bajo una lluvia inclemente (no hay marquesinas) en el andén de enfrente. La muchedumbre se divide. Podré sentarme, empapado, probablemente.

El tren llega con sólo cinco minutos de retraso. Dentro, un vapor tenue se escapa de vaqueros, camisetas, revelando un calor animal, mezclando el olor de la lluvia con el humano, haciéndome escudriñar a la gente que me rodea, en busca de los de siempre: la chica que lee durante el trayecto, sentada enfrente esta vez; el deportista que sostiene la bicicleta en la plataforma, vestido de absurdos colores; el ruidoso grupo al final del vagón, como cada día, fumando un aromático hachís sin que nadie les moleste, de vuelta de alguna misteriosa terapia, ajenos al resto de los pasajeros.

A mitad de camino, hay un apartadero para dejar pasar un tren que viene en dirección contraria. No hay manera de saber si ocurrirá hoy. Sé que si el tren frena en las inmediaciones, nos haremos a un lado y esperaremos... y no podré llegar antes de que cierren las tiendas.

El tren no frena, pero apenas tengo tiempo de alegrarme. Apartándose violentamente a la izquierda, el vagón de delante aparece inclinado en un ángulo inverosímil. A continuación son las ruedas del nuestro las que abandonan la vía de la izquierda, distorsionando la cara de la chica del libro en una mueca de terror. Cae la bicicleta en la plataforma, al tiempo que el ciclista intenta con ambas manos alcanzar un asidero.

Todas las conversaciones han cesado para cuando el vagón, con estruendo, cae sobre la vía. El tren se detiene. El alivio de todos es casi respirable.

Llega el revisor, pidiendo billetes con una asombrosa apariencia de normalidad.

Le pregunto: "¿Qué ha pasado?"

"Había un obstáculo en la vía"

"Ya"

Reconozco que ahora regresar del trabajo es mucho más emocionante.


Nota: estos textos fueron remitidos por los usuarios de BBC Mundo. Las opiniones vertidas no reflejan el punto de vista de la BBC.



 

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