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Miércoles, 28 de marzo de 2007 - 13:52 GMT
Mil goles sin hacer ruido
Diego Torres
BBC Deportes, Madrid

Romario.
Para Romario, su deceso es una contingencia improbable.
El fútbol es un juego colectivo que Romario domina como el jaguar a la selva virgen. Sin hacer ruido. Sin dejarse ver. Sin relacionarse con otras especies salvo en raras y excepcionales circunstancias.

Sánchez Jara era un jugador andaluz fichado por el Barça en la época en que Romario reinaba en el Camp Nou. El hombre siempre lamenta la nula relación que tuvo con su compañero, de quien dice, sólo le dirigió la palabra una vez.

"Él estaba sentado leyendo el diario, en el vestuario. Justo enfrente mío. Era mi cumpleaños y en el diario aparecía mi foto con una reseña. Bajó el diario, me miró como relacionando mi cara con la foto, y me dijo: 'Felicidades".

Al entierro de Garrincha acudieron 250.000 personas. No se sabe cuántos irán al de Romario. Primero, porque su fuerte no es la vida social. Segundo, porque para Romario, su deceso es una contingencia improbable.

"No parece humano"

Como dice David Espinar, periodista y amigo del héroe: "Ronaldo habla y parece humano; Romario habla y no parece humano".

Ronaldo habla y parece humano; Romario habla y no parece humano
David Espinar, periodista y amigo de Romario
Romario está tan fuera del estándar que se dispone a marcar su gol número mil en partido oficial. La cifra supera cualquier precedente.

Sobrepasa lo conseguido por Ronaldo, Di Stéfano y Puskas. Va más allá de las fronteras conocidas. Está a la altura de su autor.

De ser hombre, Romario es un hombre solitario. Que se le haya visto ir de discoteca en discoteca, cuando vivía en Barcelona, no significa mucho.

Cubil felino

Pelé.
Sólo Pelé ha superado la marca de los mil goles. Él llegó a anotar 1.281 tantos.
Romario nunca bailó. Tampoco bebió otra cosa que agua. Ni tuvo casa. Su hogar era un hotel. Allí estableció algo parecido a un cubil felino.

Durante el día entrenaba. Luego dormía. Hasta la noche. Al caer la tarde se deslizaba fuera de las sábanas, sumido en su silencio prehistórico, y se perdía en la ciudad.

"La diferencia entre Eindhoven y Barcelona", explicó; "es que en Eindhoven yo miraba por la ventana y lo que tenía en la cama era mejor. En Barcelona yo miro por la ventana y todo lo que veo en la ciudad es mejor que lo que tengo en la cama".

En la cancha como en la vida, Romario siempre se manifestó con brevedad y precisión. Sus andanzas noctámbulas pronto llegaron a oídos de su entrenador, Johan Cruyff, que le llamó a capítulo.

Una treintena

"No puedes salir todas las noches", le dijo el holandés. "Yo, míster, si no salgo no puedo marcar goles", le respondió el delantero, sin inmutarse. Y Cruyff, experto en sacar petróleo, encontró un buen yacimiento: "Vale, si usted me hace 30 goles, puede salir".

Johan Cruyff.
Johan Cruyff le dijo a Romario que si marcaba 30 goles podía salir por las noches. Y así lo hizo.
Esa temporada, la 1994-1995, Romario anotó 30 goles en la Liga. Ni uno más. Lo hizo con una exhibición de recursos como no se ha vuelto a ver en España. Su repertorio era soberbio. Muy particular.

Nunca tocó el balón con la cabeza. Pero con las dos piernas hizo cosas que quedarán grabadas en la memoria de los hinchas para siempre.

Sombreros a medida, controles mágicos, regates desconocidos, tiros con la punta del botín, todo lo hizo con una elegancia natural. Sin esfuerzo. En la plenitud de su esplendor salvaje.

"Cinco metros y cuatro cosas"

Observando a Romario, el ex técnico del Madrid, Ángel Cappa, recordó una reflexión fundamental atribuida al gran Fatiga Russo, cuando le preguntaron: "¿Qué es el fútbol?". Dijo: "Cinco metros y cuatro cosas". Dominando lo esencial se domina el universo más complejo.

No complacía a la gente con sacrificio. Cuando lo estaban mirando no hacía nada.
Jorge Valdano
Jorge Valdano coincidió con Romario en el Valencia. Allí descubrió que Romario exigía un lenguaje aparte.

El brasileño se negaba a entrenarse con el resto de sus compañeros, argumentando que su propio método era el ideal. Que no necesitaba correr durante media hora todos los días para estar en forma.

Valdano le dejó hacer, y el jugador se preparó su propia tabla, mezcla de carreras cortas en la arena de la playa con 'sprints' en la bicicleta estática del gimnasio.

Una virtud

Romario.
Su fanatismo llegó a tanto que incluso pagó de su propio bolsillo los sueldos de los jugadores del Flamengo.
"No complacía a la gente con sacrificio", recuerda Valdano. "Cuando lo estaban mirando no hacía nada. Después se subía a la bicicleta y pedaleaba con carga máxima durante seis segundos. Luego sin carga durante cinco minutos. Y luego otra vez, seis segundos a máxima potencia. Y así..."

"Un día", apunta Valdano; "le preguntaron que cuál era su mayor virtud como jugador. Él dijo: 'Que nadie me ve'".

"¡Ah, Romario!", sonríe Valdano; "¡gran bebedor de agua!".

Incomprendido por entrenadores de mirada corta, harto del politiqueo del fútbol español, un día Romario regresó a Brasil a dedicarse exclusivamente a lo que más le gustaba, jugar al fútbol, y jugar al futvoley.

"Hasta los cincuenta"

Su fanatismo llegó a tanto que incluso pagó de su propio bolsillo los sueldos de los jugadores del Flamengo, que atravesaba una bancarrota.

Hacia finales de los noventa Romario recibía a sus raros amigos en Río, como en un púlpito. Ausente, siempre intangible, dejó sentencias premonitorias.

Hubo una que llevó implícita su intención de superar los mil goles. "Con lo malos que son los futbolistas de hoy", dijo; "yo juego hasta los cincuenta".



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