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Lunes, 16 de enero de 2006 - 16:03 GMT
El gigante fatalista de Madrid
Diego Torres
BBC Deportes, Madrid

Cuando Alfredo di Stéfano llegó a España en septiembre de 1953 tenía 27 años. El club que lo había contratado, el Real Madrid, estaba llamado a transformar la historia del fútbol moderno. Sin embargo, en aquel otoño de la posguerra la suerte no estaba echada. En el escenario español, la jerarquía establecida situaba al Madrid por debajo, con dos Ligas.

El legado de Bianchi es una sucesión de decisiones contradictorias, dudas, grandes dosis de soberbia, y una larga lista de reproches hacia sus futbolistas.

El Barcelona, con Ladislao Kubala, encabezaba la lista de grandes con seis títulos. Le seguía el Athletic de Bilbao, con cinco, y el club con más recursos de la capital, el Atlético, con cuatro campeonatos en sus vitrinas.

Hace 53 años el Atlético era el primer equipo de Madrid. Pero el destino nunca estuvo de su parte. Ni entonces, ni en la final de la Copa de Europa de 1974, que perdió en el último minuto; ni en la temporada que descendió a Segunda, en 2000.

Tampoco en estos días de decadencia. Los guiones accidentados siempre formaron parte de la historia del club y sus hinchas lo asimilaron cultivando una lealtad sin tibiezas.

Eso no es nuevo. El Atlético sigue siendo un gigante, la camiseta con más trofeos después del Madrid y el Barcelona. Pero ahora algo ha cambiado.

Mal contagioso

Este Atlético ya no se revuelve contra la fatalidad. La herencia de la garra argentina de Griffa, Panadero Díaz y Simeone, se ha esfumado. El don de la felicidad, incorporado por el brasileño Luiz Pereira (que se bebía las latas de cerveza que le arrojaban a la cabeza los hinchas rivales), ha dado paso a un sopor de resignación. Este Atlético se ha vuelto fatalista.

El colombiano Luis Perea reclama una decisión arbitral
De las esperanzas del comienzo de campaña, el Atlético ha pasado al coqueteo con los puestos de descenso.

La depresión que padece el club es tan profunda que no tarda en despojar a los hombres virtuosos de sus condiciones más notables. En Argentina, Carlos Bianchi se destacó por la modestia, el discurso claro, y por una complicidad incapaz de camuflar el afecto que sentía hacia sus jugadores.

Gracias a ese carácter supo dirigir a Vélez y Boca a tres Copas Intercontinentales. En Madrid esos trazos se borraron. Después de cinco meses, el legado de Bianchi es una sucesión de decisiones contradictorias, dudas, grandes dosis de soberbia, y una larga lista de reproches hacia sus futbolistas.

El jueves 12, cuando fue destituido, la plantilla suspiró aliviada. Al frente del Atlético, Bianchi actuó con el gesto sombrío de los que persiguen el desastre. Se volvió como el club: un fatalista.

"Fernando Torres no tiene gol y eso no se lo puedo enseñar, porque el gol se tiene o no se tiene", decía Bianchi, en privado. "Pablo es demasiado bondadoso para ser marcador central", apuntaba. "Perea es rápido de piernas pero lento de cabeza", acusaba.

Miraba a su alrededor y nada de lo que veía en el vestuario le satisfacía. Fijaba su atención en el media punta, Ibagaza, y lo juzgaba displicente fuera del campo e incapaz de resistir la comparación con Riquelme dentro de él.

Repasaba a los delanteros y no conseguía distinguir valores aprovechables. Con la defensa percibía lo mismo. Y en el centro del campo no encontraba más que retales. Pedía refuerzos pero el club se había gastado todo lo que tenía en comprar jugadores inútiles. En eso y en pagar su sueldo, seis millones de euros por dos temporadas, la cifra más elevada del fútbol español.

Incomunicación

Bianchi dejó España sin decir ni una palabra en público para despedirse. Si en Buenos Aires se mostró accesible y dialogante, en su último cargo prefirió eludir los contactos con la prensa. No dio ninguna entrevista.

El presidente
El presidente Cerezo tiene en su espalda el peso histórico del equipo colchonero.

Esto, en un país donde el fútbol tiene connotaciones políticas, es algo difícil de soportar. Los medios de comunicación y los clubes conviven en una relación de equilibrio por conveniencia. El silencio de Bianchi no fue comprendido ni por la prensa ni por el propio club, que procuró convencer al técnico. "Mi trabajo es entrenar", respondió.

Sus réplicas agresivas, en las conferencias de prensa, le impusieron un halo de extraña arrogancia. Siempre dio la impresión de tener mucho que callar.

Bianchi se fue sin decir nada en su descargo, aunque siempre tuvo razones para lamentar la estrategia deportiva del Atlético. El director general, Toni Muñoz, fichó mucho pero no fichó a Riquelme, el único jugador que pidió Bianchi para fundar su proyecto.

En su lugar, el club invirtió 25 millones de euros (sólo el Madrid gastó más en contrataciones) para proporcionarle a Maxi Rodríguez, del Espanyol; a Valera, del Murcia; a Petrov, del Wolfsburgo; a Galletti, del Zaragoza; y a Kezman, del Chelsea.

Salvo Kezman, cuyo mayor logro fue meter cuatro goles con el Chelsea en 25 partidos, el resto de los contratados vino de clubes que no se habían jugado nada más grave que la permanencia en Primera.

El presidente del club, Enrique Cerezo, no tuvo en cuenta estos precedentes cuando se sintió autorizado para encabezar la campaña propagandística más atrevida de la temporada en el fútbol español. "Nuestro objetivo es la 'Champions", dijo. Hoy el Atlético apunta a Segunda División.

Panorama desolador

El sábado pasado, sin Bianchi en el banquillo, el Atlético volvió a perder. El resultado lo coloca en el mismo pelotón que Cádiz, Mallorca, Athletic, Espanyol y Betis.

Juan Román Riquelme
Riquelme nunca llegó para fundar el proyecto de Bianchi.

Peleando por no descender con un equipo con menos recursos que el que tenía cuando bajó. En aquella temporada, el Atlético contaba con Valerón, el "diez" de España; con Molina, el titular de la selección; con Kiko, un delantero con un Mundial de experiencia; con Juninho, un internacional con Brasil; y con Hasselbaink, que fue el máximo goleador de la Liga hasta la última jornada.

Este Atlético lleva 18 goles, doce menos que el año que bajó. En los últimos diez partidos ha sido incapaz de ganar y sus máximos goleadores, sus dos estrellas, Torres y Kezman, suman ocho tantos desde que empezó la campaña. Cuatro cada uno.

La estadística es sintomática. La historia es una invitación a la lucha. Pero con estos futbolistas y estos dirigentes el Atlético se muestra rígido. Lo domina una mezcla de miedo y de desdén por la competencia. Va camino del desastre.

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