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Sábado, 28 de enero de 2006 - 17:39 GMT
Todos somos chipriotas ahora
Raúl Fain Binda
Raúl Fain Binda
Columnista, BBC Mundo

Marcos Baghdatis
Baghdatis y Nadal conmueven al público con su juventud, su audacia y su generosidad en el esfuerzo.
La aparición del chipriota Marcos Baghdatis es lo mejor que le ha pasado al tenis desde... bueno, desde la aparición del español Rafael Nadal.

Esta comparación vale aunque Roger Federer le dé una paliza a Baghdatis en la final de mañana del Abierto de Australia.

No estamos comparando la calidad de Baghdatis con la de Nadal. La semejanza estriba en la capacidad de ambos para encender la imaginación del público, con su juventud, su audacia, su generosidad en el esfuerzo.

Comparten un don de gentes muy especial: la tribuna se identifica con ellos, tanto en el estadio como ante el aparato de televisión.

El caso de Nadal

Rafael Nadal
Ambos deportistas se entregan al máximo en todas las pelotas.
Nadal ya tiene un torneo de Grand Slam en su haber, el de Roland Garros, que ganó dos días después de cumplir 19 años, pero esto no sorprendió a nadie, porque su trayectoria en los meses previos fue arrolladora.

En París todos esperaban su victoria, especialmente tras superar a Roger Federer en semis. Vamos, decían, que después de ganarle al número uno no tendrá problemas en batir a Mariano Puerta, un tenista de segunda fila.

Federer en una final es un hueso más duro de roer que Puerta, pero la cabalgata del chipriota en Melbourne ha sido más impresionante que la de Nadal en París el año pasado.

Campañas respectivas

Baghdatis superó en forma consecutiva a Andy Roddick (preclasificado número 2), Ivan Ljubicic (7) y David Nalbandian (4). Antes había eliminado al checo Radek Stepanek (17).

Los pellejos más valiosos arrancados por Nadal en París fueron los de Federer (1), David Ferrer (20) Sebastien Grosjean (23) y Richard Gasquet (30).

Pero insistimos, la comparación entre el chipriota y el español no se debe dar en el plano del mero rendimiento, algo que en jugadores tan jóvenes (Baghdatis 17/6/85, Nadal 3/6/86) puede cambiar en cualquier momento.

Lo realmente importante es la capacidad de conmover a la multitud.

En esto, Baghdatis y Nadal parecen hermanos.

Ambos se entregan al máximo en todas las pelotas y todavía disfrutan del placer de jugar y de la emoción de la victoria, sin que les pese la responsabilidad y el temor a perder.

Ambos dan la sensación de interesarles más el tenis que el dinero, de vivir más intensamente la emoción del partido que el poder que da la victoria.

Confianza o experiencia

Están en esa dichosa y cada vez más breve etapa del deportista, cuando la victoria es valiosa porque da confianza, antes que experiencia.
Están en esa dichosa y cada vez más breve etapa del deportista, cuando la victoria es valiosa porque da confianza, antes que experiencia.

La experiencia es una virtud ambigua. Nos llega con la terca persistencia de los años.

Pero el deportista no puede aprovecharse de ella durante mucho tiempo. Un anciano puede sacar provecho de su experiencia para dar buenos consejos durante una crisis, pero no le servirá de mucho si se propone alcanzar nuevamente la gloria deportiva.

La experiencia llega de cualquier modo, gota a gota; y una vez instalada no se va más.

La confianza, en cambio, es preciosa porque llega y desaparece en un relámpago, como los fantasmas.

La experiencia es cínica: nos dice que lo verdaderamente importante es el dinero, la seguridad, el poder. La confianza es generosa, nos lleva a suponer que transpirar es bueno, que el cansancio ennoblece, que el placer de ganar no tiene necesariamente un correlato en metálico.

Requisito indispensable

Pete Sampras
Nadal desbordaba de confianza al igual que Sampras y Becker en sus primeros triunfos.
Se puede ser campeón sin experiencia, pero es imposible serlo sin confianza.

Nadal desbordaba de confianza cuando ganó el abierto de Francia; Pete Sampras desbordaba de confianza cuando ganó el abierto de Estados Unidos, a los 19 años; lo mismo que Boris Becker cuando ganó Wimbledon, a los diecisiete años.

Ninguno de ellos tenía mucha experiencia entonces.

La confianza es fácilmente detectable porque tiene la misma composición íntima de la arrogancia.

Lo que ocurre es que en un mundo de hombres y mujeres crecidos, la arrogancia de los jóvenes no es un defecto; al contrario, porque viene a desafiar a la arrogancia de los veteranos, que nos fastidia más de la cuenta.

Tres placeres legítimos

La Vida es Juego está convencida de que el placer que nos da el deporte tiene tres estaciones morales, de lo más bajo a lo más alto: regocijarse ante el fracaso de nuestros enemigos, disfrutar con el éxito de nuestro pollo o equipo, y maravillarse ante la aparición de un futuro campeón, aunque no sea de los nuestros.

Alegrarse ante la desgracia ajena es malo en el plano social, convencional, pero es perfectamente natural y hasta terapéutico en el plano deportivo, porque en el fondo repite la experiencia de los antiguos griegos con el teatro.

Deleitarse con el triunfo propio, bueno, no hace falta el elogio de esto.

Y emocionarse ante la aparición de Baghdatis, Nadal, Messi, Rooney, Robinho, Walcott, Giovani dos Santos y todos los chicos que andan por allí, listos para golpear a la puerta.

Eso sí que es sublime.


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