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Viernes, 19 de septiembre de 2008 - 21:59 GMT
Camiseta de mal agüero
Martin Shankleman
BBC

A través de los años, todo tipo de señales poco ortodoxas han servido para vaticinar si una empresa está en dificultades financieras.

Cristiano Ronaldo
Los jugadores del Manchester United son vallas ambulantes de su patrocinador.
Una pecera en la recepción de una compañía fue considerada durante mucho tiempo como un presagio de malas noticias.

Recientemente, cualquier vínculo corporativo con la Confederación de Industrias Británica (CBI, por sus siglas en inglés) podría augurar problemas en el camino.

Si el director de una compañía llegaba a ser designado presidente de la CBI, el temor era que su propia empresa estaría a punto de encallar.

Un ejemplo es la empresa exterminadora de plagas Rentokil, admirada en el mercado de valores hasta que su jefe Sir Clive Thompson se hizo cargo de la CBI en 1998.

¿Clubes propensos a la crisis?

Pero, ¿podrá ser que la crisis crediticia haya producido el mejor vaticinador: el inequívoco acuerdo de patrocino en las camisetas de fútbol?

Consideremos la evidencia. Cuando el equipo de fútbol inglés Manchester United firmó un acuerdo con AIG hace dos años, ¿pudo el onceno de Old Trafford preveer que la gigante aseguradora de EE.UU. pronto estaría tambaleándose al borde de la catástrofe financiera?

Ese sería un destino que sólo podría por asociación manchar la imagen de los campeonísimos Diablos Rojos.

Hay paralelos inauditos en otros lados. Otro equipo inglés, Newcastle United, está inexorablemente vinculado al fracaso banquero más estrepitoso en el Reino Unido en los últimos 150 años, Northern Rock.

Mike Ashley  dueño de Newcastle United
El fracasado banco Northern Rock patrocina al Newcastle de Mike Ashley.
El nombre del banco todavía se despliega con orgullo en la camiseta de rayas blancas y negras del equipo norteño -dado el lamentable estado tanto del club atlético como de su patrocinador el vínculo parece extrañamente apto.

Por su parte el West Ham, también de la liga Premier inglesa, se quedó sin auspicio comercial, después de que su patrocinador, la agencia de viajes XL Travel, se desplomara de manera espectacular y abandonara a su propia suerte a miles de turistas que se encontraban en el extranjero.

El equipo se ha desentendido del nombre XL, presumiblemente porque no quiere estar asociado con una empresa que le ha traído miseria a miles de personas.

Sin embargo, algunos fanáticos de West Ham podrían pensar que el legado de su antiguo patrocinador estaría ligado a algunos de los peores momentos del equipo.

En conclusión, todo parece indicar que un buen número de los principales clubes de fútbol inglés se han convertido en pequeñas vallas publicitarias ambulantes para las empresas afectadas por la crisis crediticia.

La peor suerte

Mirando un poco los antecedentes, la tendencia parece haber estado presente durante un buen tiempo.

Manchester City debió haber lamentado sus vínculos con la aseguradora First Advice, que formó parte de la funesta Accident Group que se desplomó en 2002 y despidió a todo el personal con un mensaje de texto.

La implosión de la empresa automotriz MG Rover provocó un fin prematuro a su asociación con el Aston Villa en 2004.

El club que peor suerte ha tenido con los patrocinadores es el relegado Charlton Athletic. Durante sus días en la liga Premier, el equipo del sur de Londres se asoció con Allsports, el vendedor de artículos deportivos que quebró en 2005.

Charlton se repuso entrando en un acuerdo con Llanera, una firma inmobiliaria especializada en el mercado español. Pero el pacto se vino abajo el pasado otoño cuando Llanera fracasó quedando con una deuda de casi US$1.000 millones, irónicamente porque no logró llegar a un acuerdo de refinanciamiento con una serie de bancos, incluyendo el recientemente fenecido Lehman Brothers.

Dada la inhabilidad de los analistas para predecir muchas de las recientes bajas corporativas, algunos piensan que no sería mala idea observar de cerca las actividades de aquellas empresas que patrocinan equipos de fútbol.

Después de todo, ¿quién sabe dónde golpeará de nuevo "la maldición de la camiseta"?



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