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Martes, 14 de agosto de 2007 - 12:10 GMT
Despedida a un pueblo minero emblemático
Andrea Henríquez
Andrea Henríquez
Chile

Chuquicamata, la mina de cobre a tajo abierto más grande el mundo.

En medio de un paisaje árido y a pocos kilómetros de la enorme mina de cobre está el pueblo de Chuquicamata. Durante casi un siglo este campamento minero estuvo lleno de vida, sin embargo hoy sus calles están vacías y la mayoría de las casas cerradas.

"Advertencia: inmueble en proceso de desmantelamiento. No ingresar", dicen los carteles pegados en las viviendas clausuradas.

En poco tiempo, las tres mil quinientas familias que vivían aquí se habrán marchado y el pueblo quedará sepultado bajo toneladas de desechos de la mina.

Traslado

El crecimiento de los vertederos de la mina Chuquicamata, las emisiones de material particulado y de sustancias tóxicas, y la necesidad de ampliar el recinto industrial llevaron a Codelco, la empresa estatal que administra la mina, a implementar un proyecto de traslado de los habitantes del pueblo de Chuquicamata a la ciudad de Calama.

El proceso se inició en el año 2000 y actualmente está en su etapa final. De las más de quince mil personas que vivían en el campamento minero, hoy sólo quedan cientos.

Planta minera en Chuquicamata
Codelco se ha comprometido a dar una mejor calidad de vida a sus trabajadores.

Hace veinte años Carlos Craig y Marisol Friz llegaron a vivir a Chuquicamata. Mientras sus muebles eran cargados en el camión de mudanzas conversaron con BBC Mundo.

"Da nostalgia dejar una ciudad tranquila, gente amigable, eso se va a echar de menos en Calama. En esta casa es donde más estuvimos, los niños nacieron acá, los vimos crecer, da pena", dijeron.

Una burbuja

Este campamento minero fue construido hace casi un siglo por la compañía estadounidense que administraba la mina. Era como una burbuja, un mundo aparte con todo lo necesario para la subsistencia de sus habitantes. Aquí nacieron y vivieron generaciones de trabajadores del cobre y sus familias.

Durante las primeras décadas, los estadounidenses y el resto de los trabajadores vivían en mundos paralelos. La diferencia de calidad y tamaño de las viviendas dispuestas por la empresa era notoria. Con el tiempo la segregación social se fue atenuando pero nunca dejó de existir la distancia entre directivos y obreros.

Planta minera en Chuquicamata

Caminando por sus calles aún es posible ver el Estadio Anaconda, el Teatro Chile, el cementerio, un jardín infantil, el registro civil, la iglesia, la plaza, bancos y almacenes. Sin embargo, el hospital Roy H. Glover, que fue uno de los más modernos de América Latina, ya está bajo el ripio.

La leyenda dice que cuando se estaba demoliendo el hospital choferes de camiones veían a un niño y a una enfermera que habían muerto años atrás en ese lugar. Algunos habitantes del pueblo también cuentan que se prendían las luces del edificio cuando ya no había electricidad.

Alcides Lira es el dueño del Emporio La Verbena, el negocio más antiguo, y con lágrimas en los ojos recuerda la celebración de la navidad en Chuquicamata.

"Pronto tenemos que dejar Chuqui, no es lo que uno quisiera. Mire el comercio, éramos doscientos y quedamos seis. Qué le pudiera contar de Chuqui y de sus maravillas", dijo emocionado a BBC Mundo.

Sin raíces

Los habitantes del campamento están siendo trasladados a una villa con casas amplias y modernas ubicada en la ciudad de Calama, a dieciocho kilómetros de Chuquicamata.

Codelco se ha comprometido a dar una mejor calidad de vida a sus trabajadores y les ha facilitado la adquisición de una vivienda propia. Sin embargo, para algunos el cambio no ha sido fácil.

Hace casi un año que José Pérez y Saida Chocobar están en su nuevo hogar y conversaron con BBC Mundo sobre este giro en sus vidas.

"Los dos somos nacidos y criados en Chuquicamata. Todo este proceso para la industria es bueno pero para nosotros, que somos hijos de Chuqui, es doloroso dejar nuestra tierra. En un par de años no vamos a poder decir aquí nacimos, aquí se criaron nuestros hijos".

Última mirada

Planta minera en Chuquicamata
Trabajadores en la planta minera en Chuquicamata.

Luego de cruzar una plaza de juegos vacía y un edificio con vidrios rotos aparece la casa de Javier San Martín y Gilda González, la única habitada en varias cuadras a la redonda.

Mientras su hijo chuquicamatino juega con una pelota, ellos cierran las últimas cajas.

"Hoy a las cuatro de la tarde bajamos, tenemos todo listo, ya nos despedimos de la casa. Es un cambio grande pero hay que ir, estamos solos, tan solos. Nos da mucha tristeza", dijeron a BBC Mundo.

El sol se siente fuerte en esta tierra árida y de lejos sólo se escucha silbar al viento. Los árboles se van secando y los perros quedan abandonados. Poco a poco Chuquicamata va sepultando su historia y empieza a convertirse en un pueblo fantasma.



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