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Viernes, 20 de julio de 2007 - 11:32 GMT
"No podía hablar de mis males"

Jaime Espinoza
Jaime Espinoza tiene ahora 60 años.
Yo tenía unos 17 años cuando empecé a trabajar en la bananera. Ofrecían trabajo y fui a la bananera. Ahí empecé cuatro meses, tres meses. Después de casado, en el año 67, tenía una obligación y ya entonces trabajé más formalmente.

En la bananera hice de todo: sembrar, cortar, deshijar, embolsar, acarreo, todo este trabajo, incluyendo una extra, que por algún tiempo sostuve, que era arreglar el nemagón en la planta empacadora, después de las cortas, e ir a inyectarlo junto con otros compañeros.

En ese entonces yo no podía decir los males que pasaba, porque estaba necesitado de trabajo. Se me despedazaba la cabeza, el olor era fuerte, y seguí trabajando, algunas veces hasta me bañe con ese producto.

Yo llevaba el veneno a la casa, lo llevaba en la ropa. Muchas personas dicen que el nemagón tiene un poder residual de 120 a 140 años.

El producto, como todos los productos químicos, tenía su etiqueta, con su crucita y la calavera puesta.

Pero, como empleado, no se nos permitía a nadie ver qué decía aquello. Usted es mandado a distribuir esto y está ciego, está sordo, y está sin voz.

Las primeras consecuencias, no me daba cuenta. Empecé a padecer de una gastritis que no me daba vida. Con el paso del tiempo, surgió la pregunta: ¿por qué no tenemos hijos?

Una serie de molestias

Jaime Espinoza
Como consecuencia de todas estas cosas, vienen una serie de enfermedades. En los últimos años lo que trabajé fue solo para pagar medicinas
Mi esposa hizo exámenes y no tenía problemas. Entonces empezó todo un proceso para averiguar que yo no tenía espermatozoides vivos, sino espermas muertos, sin cola, sin cabeza.

El consejo de médico: 'procure no tener un hijo, porque puede nacer un monstruo'. Yo era estéril y punto.

Mis molestias son alta presión desde los 20 años casi, problemas de los riñones, gastritis crónica, esterilidad, y otras más, productos del trabajo, como un desgarre en la cintura, que me paralizó.

Con los añitos, se abrió la queja esa, el pleito en los Estados Unidos, que había que indemnizar, que todo eso era producto del nemagón.

Hicimos otros exámenes y se nos indemnizó con unos dineros, después de 13 o 14 años de lucha. En ese bufete firmamos que estábamos aceptando eso y renunciado a todos las otras cosas.

Me dieron 2,5 millones de colones (US$19.000), creo que en el año 82.

Ahora demandamos que se aclaren las cosas que en ese momento se firmaron, cuando se renunciaba a todo y no sabíamos qué firmábamos.

Firmamos un montón de hojas, en inglés, con el bien entendido de que era: o lo toma, o lo deja. Así nos dijeron. Y lo tomé.

No podía ser de otra manera, porque, como consecuencia de todas estas cosas, vienen una serie de enfermedades. En los últimos años lo que trabajé fue sólo para pagar medicinas.

El asunto está en que estaba todo este montón de veneno afectándonos y no se podía decir nada. Y todavía no se puede decir nada. Y todavía no se puede decir nada.


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