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Christian Fraser
BBC, Cremona, Italia
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El gran Maxim Vengerov dijo alguna vez de su violín Stradivarius: "Es mi alma gemela musical".
Los violines Stradivarius se subastan por millones de dólares.
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Crear un instrumento con tal profundidad de carácter se sustenta en siglos de tradición, gran parte de la cual pertenece al pequeño pueblo de Cremona en el norte de Italia.
Fue aquí en donde Antonio Stradivari estableció su taller a principios del siglo XVIII.
También fue el hogar de Andrea Amati, quien diseñó el primer patrón del violín moderno.
Actualmente, el pueblo tiene 130 luthiers que aún siguen haciendo violines según los patrones de los grandes maestros.
Stefano Conia, de 61 años, ha fabricado violines en Cremona desde hace 40. Es el negocio familiar.
"¡Mi padre, mi hermano y mi hijo han sido fabricantes de violines!", me dice.
El taller Stefano está atestado de medidores, cepillos, formones y abrazaderas.
En la estantería está guardada una exótica colección de ingredientes con nombres como Goma de Niño Negro, Goma de Enebro y Raíz de Curcuma: todas estas son resinas naturales que mezcla para hacer cada una de las 40 capas de barniz que aplica a sus violines.
Obsesión con la madera
Aparte de la maestría artesanal, es la madera con la que se hace el instrumento la que le da al violín de Cremona su sonido único.
Stefano posee valiosas reservas de madera antigua, parte de las cuales le fueron legadas por su padre.
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La palabra Cremona es para los músicos lo que Ferrari es para los entusiastas de los automóviles
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La madera está fechada con lápiz al respaldo, y parte de ella data de los primeros años del siglo pasado.
"Toda mi vida he buscado la mejor madera", dice Stefano. "Es una obsesión. Incluso cuando era estudiante".
"Siempre estoy comprando madera para mis violines. El mejor pino viene del norte de los Alpes italianos y el mejor arce de las montañas de Bosnia-Herzegovina."
Además de los violines, Stradivari hizo guitarras, violas, chelos y al menos un arpa, para un total de más de 1.100 instrumentos.
De estos instrumentos, sobreviven cerca de 650.
Precisión milimétrica
Stefano ha estado trabajando en una réplica de un violín de Stradivari hecho en 1715.
Las medidas y el espesor de la madera son exactos hasta el último milímetro.
Es un trabajo que toma tiempo. Apenas fabrica 12 instrumentos al año, todos hechos enteramente a mano.
Un luthier de Cremona continúa con la orgullosa tradición de la localidad.
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Cada uno de ellos se vende al menos por US$13.400. Pero al puntear las cuerdas de un violín cremonés se puede reconocer inmediatamente la claridad y la profundidad del sonido.
"Un fabricante de violines es un escultor, un artista y un músico", dice Stefano.
"Son tres elementos que no se reproducen fácilmente".
Por eso, los músicos siguen llegando por oleadas a Cremona.
Los rivales del este
Aún así, como es el caso en la mayoría de industrias, los luthiers de Cremona enfrenan una intensa competencia desde el este asiático.
En China, los violines y los violonchelos se producen masivamente por una fracción del costo de los que se pueden comprar en Cremona.
Incluso en el mismo pueblo, cada vez más, los artesanos llegan desde Asia. Entre los italianos, la fabricación de violines es un negocio agonizante.
En la Escuela internacional de Fabricación de Violines, el profesor Massimo Negrosi dice que el 80% de los estudiantes son extranjeros.
"Tenemos estudiantes coreanos, japoneses y taiwaneses", dice. "Por estos días una gran cantidad de nuestros estudiantes viene de Asia, y muy pocos de Italia".
Mientras que la mayoría va a llevar sus habilidades fuera del país, otros se quedan para seguir aprendiendo el negocio y abren sus propias tiendas en el pueblo.
Un antiguo estudiante que hizo eso es el maestro holandés Mathijs Adriaan Heyligers, quien asistió a la escuela de violines hace más de 30 años.
Buena inversión
Heyligers dice que los italianos siempre han estado preocupados de que los extranjeros que aprenden el oficio en Cremona terminen por llevarse el negocio por completo. El, simplemente, no lo cree.
"En la época de Stradivari, el mundo era apenas tan grande como Europa. Ahora vienen de todas partes", dice.
Mathijs Adriaan Heyligers llegó a Cremona hace 30 años.
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"Pero si los italianos piensan inteligentemente sobre esta cuestión, se van a dar cuenta rápidamente de que cada extranjero que llega a esta ciudad viene precisamente porque ES Cremona".
"Una vez cada año, tenemos un gran encuentro en el que miles de fabricantes de violines de todas partes del mundo se reúnen en conferencias, exposiciones y conciertos. Aprendemos los unos de los otros. Cremona es el hogar de la fabricación de violines, y siempre lo será".
Hay muy pocos instrumentos que dan una ganancia como la del violín de Cremona.
Los expertos me dicen que en tres o cinco años, uno puede esperar un retorno del 20% al 30% del dinero invertido.
Pocos pueden resistir la atracción de un cremonés, particularmente de un instrumento antiguo.
El ayuntamiento de Cremona se jacta de su colección de los instrumentos más antiguos, entre los que hay uno que data de 1556, fabricado por Andrea Amati para Carlos IX de Francia y el "Cremonese" original hecho por Stradivari en 1715.
Quizá sean piezas de museo, pero aún siguen siendo herramientas del oficio y deben ser tocados cada día.
El afortunado al que se le confía esta tarea es el compositor Andrea Mosconi.
¿Cómo compara los instrumentos hechos actualmente con aquellos de los grandes maestros?
"Hay una enorme diferencia", dice. "Estos violines son como el vino: mejoran con la edad".
"Pero si los violines están bien hechos, según el patrón de los Stradivaris y los Amatis, entonces algún día también podrán ser puestos en la categoría de grandes instrumentos".
Y esa, dicen los luthiers, es la razón por la cual la fabricación de violines en este lugar siempre va a sobrevivir.
El nombre de Cremona es para los músicos lo que Ferrari es para los entusiastas de los automóviles. Es especial, es sagrado y nadie, ni siquiera los chinos, pueden copiar eso.