|
Andrew Harding
BBC, Shenzhen
|
Shenzhen: de aldea a ciudad en 30 años.
|
Millones de personas están abandonando la China rural y mudándose a las ciudades en busca de trabajo y prosperidad. Están creciendo rápidamente nuevos pueblos, transformando a pequeñas localidades costeras como Shenzhen en vibrantes centros industriales.
Liu Xiao Yi viene de una pequeña aldea en la montañas del sudoeste chino.
Tiene 36 años, con mechas de cabello gris cerca de sus orejas, una sonrisa fugaz y un cuerpo delgado.
Cuando tenía 10 años, su madre murió arrastrada por una repentina inundación.
"Uno no puede creer lo pronunciadas que son esas colinas", dice. "Algunas de las parcelas para cultivar arroz no eran más grandes que esta mesa".
Estamos sentados en la habitación que él, su esposa y sus dos hijos comparten con otra familia que vino del campo en los enormes suburbios de una ciudad que parece crecer mientras uno la mira.
Hace treinta años, Shenzhen era una aldea de pescadores. Hoy es un océano de fábricas y edificios de apartamentos.
La población es de 11 millones y continúa creciendo.
Trabajo duro
El padre de Liu era un granjero.
"Éramos muy pobres", dice.
A la edad de 11 años, a Liu le hicieron entender que era una carga para la familia y que necesitaba partir.
"Así comenzó", dice. "Caminé a otra provincia y conseguí un trabajo arreglando zapatos".
"Me quedé en casa de un hombre conocido por la familia durante un año".
"Después trabajé en una mina ilegal de estaño. Tenía una pequeña entrada por la que uno debía retorcerse y después cargar enormes bolsas de piedras".
 |
Caminé a otra provincia y conseguí un trabajo arreglando zapatos
|
"Todos eran mucho más grandes y fuertes que yo".
Se agacha para imitar la escena.
"A los 15 años, me enteré que habían construcciones en la isla de Hainan".
"Pasé un tiempo largo ahí, haciendo un poco de todo. Trabajando con cemento, aprendiendo sobre instalaciones eléctricas".
Hacia el final de su estadía, Liu volvió a casa a contraer matrimonio con una mujer de una aldea cercana.
"Solamente firmamos los formularios y listo".
Su familia no estaba muy contenta con el matrimonio.
"Querían que me casara con alguien más rico", dice entre sonrisas. Ella también ríe.
Arreglando calzado
Hoy, Liu y Wang Yu son todavía una pareja y están notablemente enamorados.
Se mudaron a esta ciudad hace una década.
Como la mayor parte de los migrantes, comenzaron trabajando como obreros en fábricas, alojándose en residencias divididas por sexo.
 |
Hemos vendido de todo, desde frutas a llaveros
|
Wang recuerda los días laborales de 12 horas con un salario de US$0,11 por hora en una fábrica de electrónicos.
"Pero queríamos estar juntos", dice Liu, "entonces empezamos a vender cosas".
"Hemos vendido de todo, desde frutas hasta llaveros".
Ahora ha regresado a su primer trabajo: arreglar y vender zapatos descartados por las fábricas.
Hay cajones de zapatos apoyados en las paredes del apartamento, junto a un póster de Mao y una foto un poco arrugada de Britney Spears.
Sus dos hijos, de 10 y 12 años, juguetean en el piso.
Uno podría retratar a Liu y su familia como víctimas de la frenética transformación económica de China.
Su casa está abarrotada y abundan las ratas. Entre ellos, ganan unos US$187 por mes.
Además, Liu está endeudado.
No puede pagar un permiso, entonces él y Wang trabajan ilegalmente en las calles, vendiendo sus zapatos en un multitudinario paso elevado.
Tienen que tener cuidado con la policía y las bandas criminales: ambas buscan extorsiones económicas a cambio de protección.
Una pandilla local robó la bicicleta de Liu hace poco. Tuvo que pagar una "recompensa" enorme para conseguir que la devolvieran.
Después de 25 años de trabajo, Liu asegura que tiene exactamente 16 yenes -unos US$ 0,02- en su cuenta de banco.
Mejores perspectivas
Pero esa no es toda la historia.
Wang deja de tejer y se reclina en la cama que comparten.
"Extraño el aire fresco de la aldea", dice ella.
"Pero somos muchos más prósperos aquí que lo que seríamos en casa".
Tienen un viejo televisor y un reproductor de DVD.
Hace pocos meses finalmente decidieron que podían traer a sus hijos a vivir con ellos en la ciudad, en vez de vivir junto a los padres de Wang.
La educación es cara aquí -unos US$374 por trimestre para ambos niños- pero es mucho mejor que en las zonas rurales.
Sueños económicos
Liu recibe la llamada de un amigo en su teléfono móvil.
El sueño de la familia es ahorrar suficiente dinero para construir una casa en la montaña.
"Un lugar para mi padre", dice Liu.
Es un sueño que los sostiene a ellos y a otros millones de migrantes chinos que intentan aprovecharse del crecimiento económico exponencial de China, de cerca del 10% anual.
No escuché menciones de democracia o revolución.
O la gente detesta la corrupción oficial -convencida de que un sistema decrépito puede reformarse- o simplemente le da la espalda al estado y se concentran en hacer la mayor cantidad posible de horas extra en las fábricas en las que trabajan.
Está oscuro afuera, y Liu se ofrece a darme un paseo en su bicicleta por las calles de su amado barrio.
Me monto, recorremos angostos pasillos y llegamos a una calle atestada de trabajadores inmigrantes vestidos con sus uniformes idénticos.
Nos detenemos a comprar unas naranjas de un puesto y observamos la multitud que nos envuelve.
Una mezcla de energía, pobreza y optimismo.