El boicot musulmán contra Arla tuvo un efecto negativo.
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Las revueltas generadas en el mundo musulmán por la publicación de unas controvertidas caricaturas del profeta Mahoma, están teniendo un impacto directo sobre una importante empresa danesa.
Arla es una de las empresas de productos lácteos más grandes de Europa y, normalmente, cada año le vende productos a Medio Oriente por valor de unos US$500 millones.
Pero el boicot que se declaró en esa región contra empresas danesas redujo sus ventas a cero en cuestión de días.
Según sus directivos, la empresa quedó atrapada en un juego con el que no tiene nada que ver y ha despedido -por lo menos hasta que las ventas suban nuevamente- a 170 personas.
Louis Honore, portavoz de Arla, se mostró consternado por la súbita pérdida de mercado.
"Durante 40 años nos dedicamos a levantar nuestro negocio en países de Medio Oriente; hemos estado produciendo en Arabia Saudita por los últimos 20, y de pronto, en unos cinco días todo quedó en ruinas".
Poder del consumidor
Con la caída de sus ventas en Medio Oriente, la empresa tuvo que despedir a 170 empleados.
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Como parece quedar demostrado por este incidente, los consumidores sí que tienen el poder de doblegar a poderes económicos.
Pero el caso de la empresa Arla es poco común en este tipo de boicot.
Según John Band, analista de mercado del grupo Datamonitor, "Arla ha tenido mucha, mucha mala suerte y su situación es muy rara".
Como explica el analista "estas campañas por lo general están dirigidas contra empresas que en sí mismas son responsables de algo, y no porque residan en el mismo país que un periódico cuestionado".
Poder popular
De hecho que no faltan ejemplos para demostrar cómo una acción conjunta puede ejercer presión sobre intereses comerciales, si sus prácticas se consideran poco éticas.
En 1986, el banco británico Barclays tuvo que abandonar Sudáfrica, donde tenía una posición de líder en el mercado, al darse cuenta que, como consecuencia del boicot internacional contra el régimen del aparteid, estaba perdiendo clientes en su sector universitario.
O la empresa multinacional Nestlé, basada en Suiza, que desde 1977 ha tenido que hacer frente a numerosos reclamos legales por la venta de leche en polvo a países pobres.
Una alternativa social
Consumidor Ético es una organización británica que sigue de cerca el desempeño social y ambiental de muchas empresas.
En su página de internet da una lista de los 10 boicots más populares del momento entre los británicos.
A la cabeza, están las campañas contra Nestlé, McDonalds y Shell.
Según esta organización, los "boicots ofrecen a grupos de activistas o individuos la posibilidad de ejercer presión en busca de un cambio".
Y añaden que este tipo de acción es "particularmente adecuado cuando un gobierno no quiere o no puede introducir reformas".
Efecto limitado
No todos los boicots comerciales son efectivos, como parece ser el caso de Nestlé.
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Entonces ¿de qué depende que un boicot tenga éxito?
John Band, analista de Datamonitor, cree que es más fácil darle publicidad a un boicot que conseguir afectar a una empresa.
En su opinión, el boicot contra Nestlé, que ya lleva varios años, no ha logrado tener impacto sobre la popularidad de sus productos.
Y añade que tales acciones no son un problema muy serio para empresas con productos masivos, ya que un boicot raramente será tan grande como para tener un impacto significativo.
Pero organizaciones como Consumidor Ético, opinan que una reducción en la venta de una empresa de entre el 2% y el 5% es suficiente para forzarlos a cambiar.
Para la empresa danesa Arla, en todo caso, ninguno de estos argumentos sirve de consuelo porque, como dicen sus directores, cayeron en medio de un fuego cruzado.
La empresa calcula que sus pérdidas en Medio Oriente bordean el millón y medio de dólares diarios.